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Antes, cuando no había emisoras de radio ni cadenas de televisión, ni cable ni Internet, ni celulares, eran las campanas de diverso tamaño, instrumentos sonoros de metal fundido, huecos, con un badajo que golpea sus bordes y emite un vibrante sonido que se expande con facilidad, las que daban el aviso para las buenas y malas noticias sociales, eran la única señal posible de alarma, fiesta y duelo.  Ahora han pasado a ser objetos del recuerdo, algunas todavía repican en las viejas iglesias y catedrales católicas, porque en las nuevas, usan parlantes para anunciar el inicio de sus oficios religiosos y festividades.

Cuando el beato hermano Pedro de San José de Betancourt (1626 – 1667), religioso procedente de Tenerife llegó a Guatemala, recorría desde la Iglesia de San Francisco el Grande en Antigua, la calle nombrada como “el paseo del Hermano Pedro”, se detenía en cada esquina, tocaba una campanita llamando a los vecinos a concentrarse para transmitirles su mensaje cristiano y de socorro. 

Ahora es símbolo de fe, representa la buena nueva y la caridad que el fraile franciscano compartía. Si al hno. Pedro predicara hoy, seguramente lo haría desde un canal de televisión por cable, por internet, facebook o twitter.  Sor María Romero (1902 – 1977), la beata salesiana granadina, utilizaba otra campanita para llamar la intercepción divina y ahora, con ese mismo instrumento, los fieles la llaman. A través de su sonido piden auxilio espiritual y físico desde la fe, no es para congregar a la gente como el medio de comunicación necesario que fue antes.

A principios del siglo XIX, hace doscientos años, las campanas también anunciaron la independencia de Centroamérica, se han convertido en símbolos históricos que, aunque yacen medio olvidados y pringados de cagaduras de pájaros y murciélagos, allí permanecen; podrían repicar a veces, pero ya no se les toma casi en cuenta. La hermosa campana que cuelga en el interior de la vieja torre de la Iglesia de la Merced de San Salvador, la única parte que permanece en pie del viejo templo, reconstruida en 1931 y restaurada en 1995.  Desde el campanario, el presbítero Dr. José Matías Delgado (1767 – 1832) dio el conocido Primer Grito de Independencia de Centroamérica el 5 de noviembre de 1811, cumpliéndose en 2011 el BICENTENARIO de ese importante acontecimiento para nuestra región, expresión visible del movimiento popular insurgente en Centroamérica contra las autoridades españolas.  Fue alrededor de este clérigo ejemplar que giraron las ideas y movimientos revolucionarios que resultaron en la declaratoria de separación de España diez años después.  Según el historiador Tomás Ayón, en aquella fecha San Salvador se sublevó: “quitó al Corregidor Intendente y a todos los empleados que había europeos, poniendo en su lugar criollos que eligieron en el mismo acto”.

En el interior de Iglesia donde se erige una edificación reciente al ser destruido sus últimos vestigios con el terremoto de 1986, fueron sepultados los restos de Manuel José Arce (1787 – 1847), parte del movimiento independentista iniciado en 1811 con Matías Delgado, quien llegó a ser el primer Presidente de Centroamérica (26/4/1825 – 14/2/1828). Se opuso a la anexión al imperio mexicano (1822 – 1823) y formó parte de la delegación diplomática salvadoreña que viajó a Washington para solicitar la unión de El Salvador a Estados Unidos. Sus restos permanecieron allí hasta septiembre de 2002, cuando fueron trasladados al Monumento Conmemorativo de los Próceres Salvadoreños de la Independencia erigido en ocasión del 1er Centenario del Grito de Independencia (1911), en el Parque Libertad de San Salvador.

En la Catedral de León de Nicaragua, en el lado este de la torre derecha, entre una de sus columnas, cuelga la relativamente pequeña “Campana de la Libertad”, la misma que repicó, tardía y temerosa, ante las informaciones que llegaban de la Capitanía General y la posición colonial de sus principales autoridades civiles, eclesiásticas y militares. Tres funcionarios, el gobernador don Miguel González Saravia, el obispo Nicolás García Jerez y el ganadero latifundista coronel Joaquín de Arrechavala, desestimularon las celebraciones populares, “aceptaban una independencia conservadora sujeta a una concepción monárquica” (Arellano),  cuestión que fue contraria al entusiasmo promovido desde Granada por el liberal don Crisanto Sacasa, ello profundizó la contradicción histórica, afortunadamente superada entre León y Granada, que tuvo su origen incipiente desde la fundación por los conquistadores encabezados por Francisco Hernández de Córdoba (1524).

La Declaración de la Independencia no dejó de ser un acto para preservar el estatus quo de los criollos, aunque indudablemente un replanteamiento de los esquemas de poder ante una nueva correlación de fuerzas que planteaba un cambio. El Salvador fue el primero en celebrarla y jurarla solemnemente el 22 de septiembre, al día siguiente lo hizo la Provincia de Guatemala. En León de Nicaragua, bajo el control de funcionarios de origen español y monárquicos, la reacción del 23 de septiembre fue rechazarla tajantemente, sin embargo ante lo irremediable de los acontecimientos, cinco días después, fue reunida la Audiencia por el gobernador don Miguel González Saravia la Diputación Provincial y se elaboró la célebre  “Acta de los nublados”, declarando en sus puntos iniciales: “La independencia del Gobierno español, hasta tanto que se aclaren los nublados del día, y pueda obrar esta Provincia con arreglo a lo que exigen sus empeños religiosos y verdaderos intereses”.

Fue después de aquella tímida declaratoria que la pequeña campana repicó y todo León la escuchó aunque fueron opacadas las manifestaciones de júbilo que algunos sectores progresistas ante el trascendental acontecimiento. La campana de distintiva silueta, fue llevada a León en 1808 y tenía entonces el nombre de “Campana de San Antonio”, después de los repiques sonoros pero temerosos y discretos del 28 de septiembre de 1821, pasó a ser “La campana de la Libertad”.

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