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Los liberales obtuvieron la victoria (…) La honestidad americana en la supervisión electoral debe constituir un testimonio y una causa de orgullo legítimo” (La Prensa, 7 de noviembre, 1928, p. 1).

Sin sorpresa, pero dado el eterno malinchismo que aún impera en ciertos círculos reducidos de nuestra sociedad, he leído en la resortera de la información política imperial, que “el Centro Carter condicionó al Consejo Supremo Electoral su participación como observador en las elecciones del 6 de noviembre, y que exhorta a ese poder del estado a que modifique el Reglamento de Acompañamiento”…etc., etc. y muchos etcéteras más.

Esta posición del Centro Carter no me extraña en absoluto por una razón muy sencilla: Ellos son consecuentes defendiendo los intereses políticos de su país, sobre todo ahora en esta etapa de recolonización del mundo, la que acampan sin pudor ni cortapisas a lo largo y ancho de toda la bolita del mundo.

Lo que no deja de darme asco es la repugnante servidumbre criolla que aplaude y apoya hasta con los dedos de los pies semejante pretensión injerencista. Vieja actitud que ya no cabe y que se quedó en su pasado perverso, con el que por supuesto estarán de acuerdo algunos Liberales y Conservadores anquilosados, eternos sirvientes con mañas con las mismas mañas de zorros que carroñan en el mismo piñal.

El ilustre Jorge Eduardo Arellano --honrado historiador granadino--, recién nos refería pasajes de ese viejo comportamiento serval, ilustrando como ejemplo los acontecimientos que envolvieron las elecciones de noviembre de 1928, cuando a las tropas de la marinería yanqui comandadas por el Brigadier Frank McCall, les fue permitido “dirigir la súper-vigilancia” de esas elecciones. Y el 17 de marzo de ese mismo año, el tal Brigadier con la complicidad del Conservador Adolfo Díaz, --también impuesto en la Presidencia por Estados Unidos y la Corte Suprema de Justicia local--, fue nombrado Presidente del Consejo Nacional de Elecciones, todo como consecuencia del “Pacto del Espino Negro” que habían convenido el Liberal José María Moncada y Henry L. Stimson, enviado del Presidente gringo Calvin Coolidge, pacto que aconteció el 4 de mayo de 1927.

El Dr. Arellano nos sigue relatando y dice que “el día de la elección, 12 aviones de la marina estadounidense volaron sobre las 432 localidades del país o cantones electorales, cuyos presidentes eran 344 marines y 88 marineros de la fuerza naval que habían en cada mesa, además, un sargento de la Guardia Nacional con la responsabilidad de mantener el orden, para así tener El control interventor (que) era absoluto… ¿Quién quiere más masa? Bueno, ni se me ocurre…

Aquí además él doctor cita la declaración testimonial de uno de los Supervisores Electorales Estadounidenses, Edgard W. McClellan quien relata lo siguiente:
El ambiente que prevaleció durante el día de la elección puede apreciarse en el testimonio de uno de los supervisores estadounidenses, Edgard W. McClellan, Y cito textualmente:

“Toques de diana despertaron a los Infantes de Marina en toda Nicaragua (…) cerca de 80 destacamentos desde San Juan del Norte hasta Cabo Gracias a Dios, desde San Juan del Sur hasta Ocotal y Poteca (…) 5,642 oficiales y hombres de la Armada y la Infantería de Marina y 1,869 guardias nacionales. Los nicaragüenses votaron pacíficamente e impregnaron sus dedos de tinta roja para indicar que ya habían votado. La propaganda era desenfrenada y hasta corrían rumores, iniciados por Sandino, de que los norteamericanos usarían un producto químico para envenenar a los votantes”. Y agrega McClellan que los Infantes de Marina trajeron las urnas electorales hasta Managua a lomo de mulas, en carretas de bueyes, en bueyes de carga, en aviones, barcos (a través de los lagos de Nicaragua y Managua), trenes, y camiones sobre los hombres.

La aceptación conservadora
Los militantes del Partido Conservador aceptaron la derrota y no hicieron ningún esfuerzo por rechazar o negar la cifra final de los votos emitidos:
El principal periódico conservador resumió la nueva actitud del partido al declarar:

“Debemos admitir francamente el triunfo de nuestros adversarios políticos. Los ciudadanos nicaragüenses fueron con plena libertad a las urnas bajo la supervisión norteamericana. Los conservadores y los liberales utilizaron su derecho al voto, y los liberales obtuvieron la victoria (…) La honestidad americana en la supervisión electoral debe constituir un testimonio y una causa de orgullo legítimo” (La Prensa, 7 de noviembre, 1928, p. 1).