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Uno se topa con un árbol y puede hablarle. Uno se encuentra con un hombre y del lado del sol, que supuestamente lo descubre hay negación, frustración y delirio de uno mismo. Qué difícil trayecto. La parsimonia ataca y desvincula. El ojo se pone triste y se resiste a olvidar. No hay manera de oxigenar la palabra que ahora divide. Que particularmente se castra y nuevamente divide como si fuera una religión.

Me quedé con el olor verde de la palabra. Con un sombrero sobre la cabeza mayor de un silencio. Me vi llegando a donde tú supieras. Me dividí el corazón para que creciera el orgullo de amar a mi país.

Conjugar la vida es un tramo muy difícil. ¿Quién juzga a quién si somos dos y entre dos: la vida y la muerte? Indignarse designa la diferencia. Se impone a la vida trepar el árbol, que ha sido ultrajado por el indecoro y la injusticia. Y sin aproximarse al quehacer perfecto: conjugar de la vida entre el oro y el barro.

La expresión de Picasso continúa manteniéndose como un rodillo de dos caras, y con avanzada permanente que: la inspiración existe, pero debe encontrarte trabajando, no es más, que impulsar a conjugar la vida de todas maneras y con exigencias de la sangre. Me pregunto cómo sufriría Kafka, siendo agente de seguros y que en medio de la plática de convencimiento a un cliente, se le viniera una idea brillante y acosadora y arreglársela para escribirla después de la jornada inquisidora.

Detrás de un árbol, la soledad también se indigna. El amor y la admiración, son los jardines pacifistas que leen sus testimonios en las plazas donde juegan los niños con juguetes del recuerdo. Así, de manera improcedente se conjuga la vida imposible. Esa vida de póker, que se revuelca en lágrimas.

Me gusta vivir dentro de la vida, que no tiene puertas avergonzadas, y que igual recoge papeles del pensamiento humillado. Es la vida que se protege para ayudar a los demás. Es la vida que no puede ser indiferente.

Para conjugar la vida hay que frenar la amoral persecución de un poema, el impuesto excesivo a los sentimientos y la obcecación del olvido, cuando abrimos los ojos al despertar del mundo.

Me gusta la vida (que lucha) que interrumpa todo: el tráfico de la bomba que mata inocentes, que ocupa el corazón de otra vida; el tráfico mortal de los indecisos. La paz que se parece a un cuarto de tortura. Aquel que no rectifica cuando una madre se ve difusa en la vida. El dinero que todo lo puede, pero, que no puede gobernar mi cabeza.

No hay que olvidar que una pistola egoísta apunta contra la mira de la vida. Otros, en sus afanes encarcelan la vida, pero no saben qué hacer cuando revientan sus semillas. Tal parece que tienen por misión destrozarla. Es un derecho humano, que se resiste a la hoguera. La dignidad contra el orden mundial.

Cada vez que sentimos que el hambre de nuestras ideas es lastimada, suena la alarma como blanco de un asunto insoportable. Es la queja y la denuncia. Es nuevamente el poder del dinero, con su cara de palo intentando socavar nuestras economías, nuestros territorios locales, regionales e internacionales. Pero no nos debemos sentir apagados.

Hay que resistir ante la adversidad, ante la desesperación.
Conjugar la vida nos arrastra a vernos en el mundo que aspiramos, y a dudar del mundo, que otros nos detienen. También a resistir la esclavitud sometidos por el microchip de la inconsciencia. Son muchos los que saben y no quieren denunciar que nos quieren eliminar como simples cadáveres obcecados.

El clamor no se oxida, ni es ambiguo. Aquí vivir nos cuesta. No se nos antoja perdernos, ni escapar de nosotros mismos porque somos la utopía de gran valor humano. Tenemos que encender entre todos esa luz que apagan las derrotas de la falta de comprensión del ser humano.

Conjugar la vida, desde los rincones de la infancia con un barquito de papel al desencanto. Con un lápiz que apunta las caídas del desconcierto y desconcertado. Con ese toque de palabra, memoria e imaginación. Con estos ojos que ahora no reconoces. Y siempre en la voz: lo que se ve no se pregunta.

Para conjugar la vida, la que nos pertenece y rebasa cualquier obstáculo del tiempo, se hace necesario, arrojarnos a la búsqueda de una fuerza, que convenga a la realidad que nos convive y desata en contradicciones y revoluciones. La convivencia está en crisis y se desbordan los límites. La guerra por el petróleo es un ejemplo. La guerra como lo más útil, en desprecio total a la paz.

Insisto, conjugar la vida es el camino necesario, diría que fundamental, pero hay que inventarla todos los días rompiendo los límites. No hay que olvidar, que hay gente empeñada, en sacarle provecho a las catástrofes. En absolverlo todo, bajo el pretexto de exponer lo social para el bienestar colectivo, pero, se equivocan, esa fórmula gris ha sido descubierta y en la marcha desarmada.

Ya es tiempo que hagamos uso del ocio y del tiempo libre. La felicidad nos espera desde hace mucho tiempo. Sin temor, ubiquémonos en la primera butaca.