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La mayoría de las veces en que un tipo pronuncia la frase: “Te voy a matar”, no suele hablar en serio ni cumple su amenaza. Pero expresa una intención o un deseo. Si alguien alberga dicha intención con fuerza, aunque sólo sea por un segundo, es que está muerto de miedo, que es igual a estar muerto en vida, sin enterarse de ello.  

Parece que hay alguien en Jinotega que tiene el deseo de matar a una mujer periodista de este medio, Silvia González, además de hacer daño a miembros de su familia. Las repetidas denuncias de la propia Silvia y el END sobre las amenazas de muerte que ha recibido tienen una base sólida. Se ha aportado suficiente información a la policía como para llevar a cabo una investigación en firme, pero en lugar de eso, la policía le ha dado la espalda a esta mujer y colega, y se ha negado a protegerla como merece. De momento, no hay explicación.

Que se sepa, el trabajo de Silvia, que consiste en tratar de contar cosas que ocurren, no ha puesto en peligro la vida de nadie. Pero vengan de donde vengan las amenazas, el hombre o los hombres que las profieren, deben de tener mucho miedo de la periodista.   

Una de las personas de las que Silvia sospecha pertenece al partido del gobierno, pero  hasta el momento de escribir este artículo, el partido del gobierno no ha creído oportuno tomarse la molestia de dar explicaciones ni consultar sobre lo que está ocurriendo en Jinotega. Esta actitud se puede interpretar de diversas maneras. Tal vez crean (con cierto cinismo) que Silvia se ha vuelto loca o que todo no sea más que una estratagema de una campaña de la oposición; o aún peor, que no les importe lo más mínimo la vida de una mujer periodista que está pidiendo auxilio por su familia. Que no se trate de otra cosa que de un invento de Silvia es bastante inverosímil, porque está claro que ella es la que sale perdiendo con todo esto, ¿no creen?

Entre decir: “te voy matar” y decir: “la voy a matar”, hay mucha distancia. Lo primero  se suele expresar contra la víctima, y en voz alta, aunque ocultando el rostro, amparándose tras un cargo, una amistad, etc.; lo segundo, se suele pronunciar en secreto por el que ya es un asesino en potencia. Cuando alguien se lo dice a sí mismo, en voz baja, “la voy a matar”, es que se está convenciendo de que puede intentarlo. Ignoro si han llegado a ese nivel estos “valientes” de Jinotega que amenazaron a Silvia y a su familia. Pero ni la policía ni el partido del gobierno al que pertenece uno de los sospechosos pueden permitirse esperar a saberlo.

Visto desde fuera y desde dentro de Nicaragua, el hecho de que una periodista tenga que  exiliarse es un signo inequívoco de una situación descontrolada; muestra un gobierno y una policía que no pueden detener este tipo de acciones, cuando está en sus manos ponerle una solución. Sería poco juicioso no actuar ya enérgicamente. ¿O es que quizá no está en sus manos?

De las declaraciones de la periodista exiliada, destaco una frase en la que habla de  “jóvenes usados” por el partido del gobierno. Una acusación que en un clima de cierta normalidad sería muy grave. Enseguida se me vino la imagen, no sólo de menores de edad a los que “sacaban” de sus aulas para desfilar con banderas partidarias, sino también de los jóvenes “enviados” como fuerza de choque contra manifestaciones pacíficas como la del que le partió la mejilla a otro que protestaba encadenado a un monumento, o la de los que lanzaban morteros contra sus propios hermanos, desarmados.

El partido de cualquier gobierno empieza a perder la razón, que pueda haber tenido  antes, cuando se calla ante quienes actúan como matones sin sueldo, y no reacciona de inmediato con un rotundo: “nosotros no somos eso”.

No faltará quien enturbie la versión de Silvia, o diga que su exilio se debe a otras  razones. Si el partido del gobierno, por ejemplo, piensa que el caso de esta mujer periodista es parte de un juego orquestado en el que no debe caer, entonces el clima de esquizofrenia (amor, cristianismo, un día; morteros y puñetazos, otro) habrá llegado a niveles preocupantes.

Pero hay algo más que deseo señalar, y es el riesgo que lleva implícito este trabajo  cuando se trata de periodismo de verdad, es decir, comprometido con la libertad de expresión y el acceso a la información. La semana pasada, en el DF, aparecieron los cadáveres de dos jóvenes mujeres periodistas. Ambas fueron estranguladas y arrojadas desnudas a parques públicos de la capital mexicana. Es difícil describir la rabiosa tristeza que da ver a una colega muerta, simplemente por hacer un trabajo que consiste en preguntar y tratar de contar lo que ocurre del modo más verídico posible. Jinotega queda muy lejos del DF, aunque algunos traten de imitar los métodos más anticuados de los sicarios.

Sabemos, esperamos, queremos creer que, en este caso, será suficiente con una acción  policial, o con una llamada al orden por parte del gobierno para que una mujer de Jinotega pueda volver a caminar junto a su familia y a trabajar libremente en su ciudad y en su país.

Con el exilio de Silvia se pierde una periodista, pero la policía pierde más credibilidad,  y el gobierno pierde mucho más. Habrá algunos que piensen todavía que para defender los propios intereses no hay otro camino que este tipo de violencia e intimidación. Eso es lo mismo que dicen los hombres “valientes” que amenazan y pegan, o violan, a las mujeres. Eso dicen: “que son ellas las que los provocan”.

En realidad, aquellos que se atreven a amenazar con tu muerte y la de tus hijos son los  que ya estaban muertos en vida, mucho antes y sin saberlo. Pero muertos de miedo.   

sanchomas@gmail.com