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Mucha gente todavía cree que los atentados del 11 de septiembre de 2001 no fueron simples actos de terrorismo político, sino parte de una guerra cultural, un choque de civilizaciones. Las dos cosas que más agitan a la gente en los conflictos culturales son la religión y el sexo, especialmente la manera en que los hombres tratan a las mujeres. Obviamente, están íntimamente relacionadas: muchas veces se utiliza la religión como un modo de regular el comportamiento sexual y las relaciones entre los sexos.  

La interpretación cultural del 11/9 como un choque de civilizaciones explica por qué una cantidad de ex izquierdistas se sumaron a los conservadores en su hostilidad hacia el Islam. En el pasado, la mayoría de los izquierdistas norteamericanos habrían considerado la guerra en Afganistán como una incursión neo-imperialista.

Pero, desde el 11/9, el tono cambió. Los talibán subyugaban a las mujeres, les impedían acceder a la educación y las envolvían en burqas. De modo que una guerra contra los talibán y su invitado, Osama bin Laden, podría construirse como una guerra por la liberación femenina.

En rigor de verdad, es poco probable que el feminismo desempeñara algún papel en la decisión del presidente George W. Bush de llevar a Estados Unidos a la guerra. Pero las cuestiones culturales le permitieron reclutar bastantes aliados improbables.

La respuesta al 11/9 y al reciente cruce de Dominique Strauss-Kahn con una mucama africana en un hotel de Nueva York tienen muy poco en común, excepto por algo: una vez más se invocó el conflicto cultural de una manera engañosa.
Más allá de lo que haya sucedido entre el ex director general del Fondo Monetario

Internacional y su acusadora, el hecho de que fuera arrestado y se lo haya hecho desfilar frente a la prensa como un sospechoso criminal recibió muchas críticas en Francia. Una acusación, formulada recientemente por un muy reconocido publicista francés, es que el arresto fue típico del puritanismo estadounidense. Los franceses, argumentó el hombre, al provenir de una cultura latina, tienen un entendimiento más liberal del comportamiento sexual. Son más tolerantes de las debilidades humanas y tienen una apreciación más refinada del arte de la seducción.

Más que eso, el arresto de DSK supuestamente fue en venganza por la protección por parte de Francia de otro hombre acusado de delitos sexuales, Roman Polanski, y por la prohibición francesa de la burqa. En otras palabras, el caso de DSK fue parte de otro choque de culturas sobre el sexo y, aunque sólo tangencialmente, la religión.

Un problema con el argumento cultural es que muchas veces se lo utiliza para defender o excusar el comportamiento de los poderosos contra los débiles. Los hombres talibanes sin duda creen que la subyugación de las mujeres es un privilegio cultural, así como una obligación religiosa. Los líderes autoritarios de Asia suelen sostener que sus países no están culturalmente preparados para la democracia.

Pero incluso en el Occidente más liberal -por no hablar de países con menos tradiciones liberales, como Japón-, la cultura sale al rescate de los poderosos con más frecuencia de la que protege a los débiles. Tanto Polanski como DSK estuvieron involucrados en actividades sexuales con mujeres que estaban lejos de ser sus pares, en edad y condición social, respectivamente. Entender sus “debilidades humanas”, entonces, se limita a excusar el comportamiento de hombres poderosos hacia mujeres sin poder alguno.

El uso bastante estricto de la ley en Estados Unidos para regular el comportamiento sexual podría reflejar una cultura puritana, pero es más probable que sea el resultado de la diversidad cultural. En una sociedad de inmigrantes, la gente proviene de una amplia variedad de tradiciones y fes, con visiones muy diferentes del sexo y el trato de las mujeres. Como los norteamericanos no pueden basarse en hábitos homogéneos, la ley es la única manera de regular el comportamiento.

Las antiguas sociedades tienen costumbres y religiones; las nuevas tienen tribunales y legislaturas.

Sin embargo, ésta tampoco es toda la respuesta. Suecia, un país de diversidad cultural limitada, tiene leyes incluso más rigurosas sobre comportamiento sexual que Estados Unidos. Y Francia, debajo de su barniz de igualdad republicana, es cultural y étnicamente diversa.

No podemos esperar que la ley resuelva todos los conflictos culturales. Pero juega un papel positivo como herramienta de emancipación. En el mejor de los casos, la ley es un gran ecualizador. El fin del comercio de esclavos en Occidente no se produjo porque la cultura europea cambió, sino porque los británicos cambiaron sus leyes.

En Japón, los hombres japoneses muchas veces excusan el acoso sexual de las mujeres ante los extranjeros como parte de la cultura japonesa. Y las víctimas femeninas suelen tolerarlo porque piensan que efectivamente es así. Sin duda muchas mujeres afganas vestidas con burqas están igualmente convencidas de que cubrirse el rostro es un mandato cultural -y por lo tanto una obligación natural.

No obstante, son cada vez más las mujeres japonesas que luchan contra la atención masculina no solicitada, no negando la tradición o la cultura, sino acudiendo a un abogado y presentando una demanda legal. Su problema no tiene que ver con el sexo, o con el arte de la seducción, sino con el abuso de poder.
Las mujeres musulmanas en sociedades autoritarias estrictas normalmente no tienen la opción de buscar la protección de la ley. Los hombres que desean seguir ejerciendo control sobre las mujeres sin duda continuarán utilizando la cultura y la tradición religiosa para justificar su dominio.

Indudablemente sería mejor, especialmente para las mujeres, si los ciudadanos de países como Afganistán fueran iguales ante la ley. De la misma manera, sería mejor si los franceses poderosos dejaran de usar la “cultura latina” como una excusa para abusar de sus inferiores sociales.

Sin embargo, las soluciones a estos problemas son políticas y legales. Es por este motivo que DSK fue arrestado. En cuanto a las mujeres de los países musulmanes, tal vez no haya mucho que la gente en Occidente pueda hacer para mejorar su situación. Pero es poco probable que se logre demasiada buena voluntad arrojándoles bombas

Ian Buruma es profesor de Democracia y Derechos Humanos en el Bard College, y es el autor de Taming the Gods: Religion and Democracy on Three Continents.

Copyright: Project Syndicate, 2011.
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