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A medida que se acerca la fecha de elección, podemos escuchar y observar el nerviosismo de los obispos más comprometidos con la oposición y el antisandinismo a ultranza. No encuentran el  modo de reducir la percepción positiva que la población tiene sobre el desempeño social y económico que tiene el actual gobierno y que se traduce en una alta intención de votos que supera lo alcanzado históricamente. Sutil y no tan sutilmente se han convertido en caja de resonancia de la oposición, que por ser un ejercicio opositor carente de proyecto, basado en la descalificación y el desprecio a los proyectos sociales y de desarrollo que se generan desde el gobierno, no han tenido eco en la población mayoritaria del país.

Unos, como el obispo Mata, desarropado totalmente de sí mismo, en su nivel de compromiso, ante una feligresía estupefacta y reincidente por el voto sandinista, del cual no aprende a sosegar sus angustias y sigue arremetiendo ferozmente y con odio reprimido denotado en su gesticulación y temblor mandibular. Otros, rasgadas sus vestiduras como modernos Caifás, sumos sacerdotes involucrados en la conspiración para matar la esperanza y devolver el poder a los banqueros; figuras serpentinas no tan enrevesadas como el lenguaje del otrora Vega, ni tan eficaz como las parábolas sibilinas del Cardenal, pero sí comprometido con “las metrópolis”, más aún cuando la política del miedo ya no surten el mismo efecto de otros procesos electorales.

El lenguaje teologal manejado con habilidad de espadachín asombra por su cometido de producir desgaste en el FSLN y descalificarlo como opción válida para continuar profundizando los cambios sociales, cambios de hoy que son respuestas a los elementales problemas de la sociedad y particularmente del ámbito rural, invisibilizado por los gobiernos anteriores. El ropaje escatológico del discurso tiene sus efectos en la masa votante y su contraefecto en el hecho de que esta misma masa es sujeta del respaldo –y uso este sustantivo y no el de beneficio- expresado materialmente. Más aún, esta misma masa pensante, viva, heterogénea, ha visto desfilar a sucesivos gobiernos con un crítico desplante a los intereses populares, totalmente insensibles y al servicio de los poderosos, cuyo desempeño impactó negativamente en el estado anímico de la población.

El lenguaje basado en la percepción del dominio ideológico que mantiene la iglesia, intenta rescatar una moral religiosa contrapuesta al auge del sandinismo y bajar el perfil a la influencia cultural de este movimiento político, que tiene en este periodo de ejercicio gubernamental, un punto de partida, en el contexto de una disyuntiva de sistema diseñado por el modelo de democracia burguesa y de instituciones neoliberales, en los cuales está desarrollando su proyecto político. Todo el afán expresado con angustia basado en el reclamo de los mismos puntos claves y ejes que los oponentes políticos utilizan allende la campaña electoral. Algunos obispos, monseñores, sacerdotes, cierran filas en cartas, púlpitos y en cualquier otro escenario, con los argumentos de la “crisis de institucionalidad”, “el fraude anunciado”, “cédulas”, “la candidatura de Daniel”, etc.

Para finalizar, en relación con el ámbito rural, todos los candidatos expresan en su campaña la intención de resolver el problema del campo y contener el éxodo poblacional hacia el exterior, creando empleos. ¿Pero qué políticas son las que requiere el campo nicaragüense? ¿Qué partido tendrá la voluntad política de priorizar al sector rural? ¿Cuáles son los saldos que han dejado los distintos gobiernos acerca de los grandes temas en materia de políticas agrarias: Tenencia de la tierra y producción agrícola; defensa del medio ambiente y de la agricultura ecológica; producción de alimentos y seguridad alimentaria, crédito rural, etc.?

Resulta que ahora los candidatos pregonan en sus promesas de campaña desde la creación de empleo vía maquila hasta la masificación de programas como Hambre cero y Usura Cero para los sectores del campo. Pero si todos mercadean promesas, ¿dónde está la diferencia? A nuestro juicio, la diferencia está en el desempeño como gobierno, en el resultado de los procesos de cambio, en quién presente la propuesta mejor estructurada, la aplicabilidad del programa propuesto, la capacidad de comunicarse con la población. A la capacidad de comunicación con los pequeños y medianos productores, sector clave en la economía del país.

No obstante, el nerviosismo y la angustia insistente de los obispos, tenemos la certidumbre de que la población en general, y específicamente, la población rural, sabrán escoger al candidato que mejor interprete sus intereses estratégicos.