•  |
  •  |

El problema palestino sigue en el tapete de la discusión internacional. Desde 1947, a pesar de las promesas en cuanto a la creación de un Estado árabe (Palestina) y otro judío (Israel), teniendo a Jerusalén bajo una condición especial internacional, ha sido simplemente una quimera.

La ONU le ha fallado al pueblo palestino. Son muchos los intentos realizados a lo largo de estas casi siete décadas por alcanzar ese estatus. A pesar de sus múltiples resoluciones y pomposos encuentros cumbres acompañados de presidentes y ministros del exterior de los países observadores (EU y Rusia) también llamados de apoyo al proceso de paz, el resultado es el mismo y la dinámica siempre ha sido la misma. En el momento crucial de posibilidades absolutas que permitan consolidar al Estado palestino ocurre un acto terrorista que paraliza y hace retroceder todo el proceso.

Desde luego que ese es un problema internacional muy complejo. En su libro “In the Center of the Storm. My Years in the CIA” (En el centro de la tormenta. Mis años en la CIA) escrito por George Tenet, exdirector de esta agencia de política exterior norteamericana, se puede percibir parte de esta complejidad relacionada con la dificultad de poder reunir a palestinos e israelíes, y ya ni se diga el desarrollo de los puntos de agenda durante las negociaciones bajo el auspicio o “los buenos oficios” de los EU.

Más complejo se torna para la comunidad internacional y sobre todo para los palestinos el entender que Israel posee una capacidad de cabildeo, presión y posicionamiento en la política exterior norteamericana, con lo cual  los israelíes se aseguran toda una serie de respaldos, que los palestinos solo podrían soñar. En la obra de “The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy” (El cabildeo israelí y la política exterior de los EE.UU.), escrito por John J. Mearsheimer académico de la Universidad de Chicago, y Stephen M. Walt, de la Escuela sobre Gobierno  John F. Kennedy, de Harvard, establecen con claridad meridiana, con cifras, nombre y organizaciones judías que inciden en esta.

El lobismo sionista --como se conoce a su cabildeo-- no solo dirige como a un niño la política exterior de EE.UU. hacia Palestina, sino hacia todo Medio Oriente. Desde Egipto, pasando por Iraq e Irán. El Comité Americano- Israelí de Asuntos Públicos, Aipac (American Israel Public Affairs Committee), es tan solo un ejemplo de muchas organizaciones similares.

El cabildeo israelí es poderoso. No solo los congresistas, sino hasta los presidentes norteamericanos consultan y hasta presentan sus programas de política exterior ante estos como una manera de garantizarles la calma ante los cambios electorales, tanto en el Legislativo como en el Ejecutivo. Pudimos ver a Barack Obama cuando era candidato a la presidencia comparecer ante el Aipac y formular su plan de política exterior hacia el Medio Oriente, sobre todo su visión sobre el asunto palestino. Los analistas comentaban que esa última acción tenía por objetivo calmar cualquier expectativa sobre esta candidatura, y más viniendo de un posible presidente de los EE.UU., de color.

La situación actual del problema palestino no puede dejar de ser vista bajo el prisma de los académicos  John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt. Hace un año, el presidente Obama propuso una posible solución al conflicto, reconociendo las fronteras del Estado palestino sobre la base a la situación de 1967. La respuesta israelí fue rotundamente negativa. Inclusive procedió a instalar más asentamientos judíos en zonas de disputa, pese a la solicitud norteamericana de aplazamiento.

Lógicamente que los EE.UU. se resisten al grado de influencia judía en su política exterior, y de alguna manera, diplomáticamente, han abordado el plan de Obama, e instando a muchos países a reconocer al Estado palestino. Estos, sin restarle desde luego el papel que realizan los emisarios libios y países amigos en pro de su soberanía. Por eso, este último año, casi cien países están de alguna manera en función de esta dinámica. Hasta los países vecinos, como Costa Rica y Honduras, han tomado medidas a favor de Palestina. Cabe señalar que la política exterior de Nicaragua alrededor de este problema, se ha desarrollado con mayor firmeza internacional a partir de 1979.

Palestina tiene unos 8 millones de habitantes y casi 5 millones de refugiados por todo el mundo. Sin embargo, no gozan de un Estado reconocido internacionalmente. Pero a pesar de las muchas ventanas que se abren a favor de los palestinos hoy día, y que estos están a punto en este mes de solicitar un asiento con pleno derecho en la ONU, como todo Estado soberano, se vuelven a encontrar con el dilema de que los EE.UU.  veten esta posible resolución, vía el Consejo de Seguridad.

Lo ha anunciado claramente el presidente Obama, que vetarán dicha solicitud de ingreso, porque no es el camino lógico de solución. Nuevamente surge una simple interrogante: ¿Por qué, entonces, los EE.UU. vetarían esta posibilidad, si hace un año el mismo presidente Obama dio la pauta? La respuesta es sencilla. Quienes controlan la ONU también son controlados por otros. Los israelíes no pueden permitir que como Estado soberano y miembro pleno de la ONU, Palestina les pueda acusar por crímenes de todo tipo ante la Corte Penal Internacional. Derechos y obligaciones, que solo los estados miembros de la ONU poseen.

Desde luego que si no se acepta a Palestina con pleno derecho, habrá un regalo de consuelo que justifique esperanzas de avance en el proceso de paz, pero que mantenga encerrados a los palestinos en la dinámica de la negociación asimétrica bilateral con Israel, acompañado con por el respaldo norteamericano, y no en el espacio de apoyo a la solución multilateral. En todo caso, la ONU tiene la última palabra y la soberanía de la política exterior norteamericana está en entredicho.

*Decano de la Facultad de Ciencias jurídicas Unicit.