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Escandaliza la obsesión de Monseñor Silvio Báez contra el Cardenal Obando,  esgrimiendo argumentos meramente burocráticos en un intento vano de restarle autoridad, reconocimiento y el cariño del pueblo. Después de casi 60 años de ministerio sacerdotal, nadie puede obviar su vocación inconfundible, incluso, arriesgada en múltiples contextos de nuestra historia, pero de obediencia a la vocación del Dios que le llamó.

El Cardenal Obando desarrolló su ministerio pastoral en Matagalpa, atendiendo prioritariamente a los sectores campesinos más pobres, objeto por aquellos años de la represión brutal de la dictadura somocista; evidenció con carga profética la  malversación de la ayuda internacional para las víctimas del devastador terremoto del 72, concitando el odio de Somoza, pastoreó a su pueblo, aquellos días aciagos, dándole atención espiritual a miles de familias que en medio del dolor necesitaban nutrirse de la Palabra.  

Enfrentó situaciones que estremecieron a la nación fruto de acciones del FSLN, pero que encontraron en su Mediación una garantía para evitar baños de sangre de un dictador desafiado en su poder, generando salidas pacíficas y razonables.

Intercedió por la liberación de presos políticos,  respaldando el clamor de justicia de sectores sociales, como los gremios de educadores. Conocía en actitud comprensiva, el compromiso de sacerdotes católicos con la lucha revolucionaria y de liberación nacional, encabezada por el FSLN.

La hora decisiva llegó con el levantamiento nacional, contra aquel sistema de corrupción y violencia institucionalizada. La iglesia católica se identificó con aquella causa. La Revolución, encontró una iglesia influida por el Concilio Vaticano II y los Acuerdos de Medellín, que acogió y acompañó los cambios sociales ubicados en el marco de la doctrina social de la iglesia. Se reconoció a la gran Campaña Nacional de Alfabetización, como el factor de medición ética de la Revolución y se emitió una Pastoral, en la cual se respaldaba sin ambages al socialismo.

Sin embargo, a la Revolución no se le dio tregua, y empezó una nueva guerra, de agresión extranjera, que devino en guerra civil. Nuevamente los campos nicaragüenses se transformaron en campos de batalla, el campesinado renovaba etapas cíclicas de sufrimiento, que se remontan a lo largo de nuestra historia.

Gravitaban intereses y presiones extremadamente fuertes de carácter mundial, que  incidían en visiones y comportamientos de los actores del conflicto nacional y regional.

Fueron diez años que enlutaron al país, corrió la sangre y desperdicio de vidas jóvenes, de los barrios de la ciudad y campesinos. La iglesia no fue ajena a estas contradicciones, presiones e intereses mundiales y se fue dando un distanciamiento y el desarrollo de una confrontación ideológica muy compleja, como complejo y largo fue aquel conflicto. Al Cardenal Obando, como representante máximo de la jerarquía y de la iglesia católica, le tocó lidiar con aquella situación dramática y desgastante para nuestra sociedad y país. Era extremadamente difícil,  no sólo conciliar guerra con derechos humanos, sino también, guerra y revolución, la realización de transformaciones estructurales, ello unido al efecto del poder, en algunos dirigentes revolucionarios de entonces, que no advertían ni asumían una necesaria disposición de escucha del otro, de sus intereses y reivindicaciones, de sus temores y percepciones. Como constructor de paz y reconciliación, nos ha enseñado que la voluntad de Dios no se identifica con conveniencias o inconveniencias, sino que se sigue en el curso de la historia.

Aún en medio de la guerra, se fueron generando fermentos de construcción de paz y reconciliación, fruto de acciones de pastores evangélicos, delegados de la Palabra, líderes naturales, profesores de escuelas, quienes también visualizaron su testimonio cristiano a la luz del Evangelio, desarrollando un trabajo extraordinario, que unido a la conciencia de un empate estratégico de la guerra, del alcance de la destrucción que causaba a nuestro país y región, y ulteriormente, la presión de grupos de poder también afectados, llevaron a los presidentes de Centroamérica a firmar la paz, a través del Tratado de Esquipulas.

Esquipulas mandató la creación de Comisiones Nacionales de Reconciliación. En Nicaragua se delegó en el Cardenal Obando, en tanto figura de una estatura moral reconocida por todos. En los esfuerzos de operativizar los acuerdos de paz, tuvo funciones de especial importancia, que expresaban la confianza de los actores en contienda que se traducirían en procesos de desalzamiento, desmovilización y desmilitarización.

Los procesos de construcción de paz y reconciliación también fueron siendo asumidos por los propios actores enfrentados, quienes no sólo entendieron que de la guerra abrevó históricamente la oligarquía nicaragüense y la clase política, sino también que les identificaba una determinada condición de clase, fundamentalmente campesina. Es así como se vinieron unificando y movilizando, en torno de sus reivindicaciones como desmovilizados, de cara al Estado.

No es casual, que los gobiernos actuales de El Salvador y Nicaragua, sean los únicos que se han comprometido con las Comisiones de Paz y Reconciliación, con programas de respuesta a las reivindicaciones de los desmovilizados y víctimas de ambas guerras civiles, desarrollando proyectos concretos de carácter material, educativos, de salud y de conversión en agentes productivos a muchos de estos sectores, la labor del Cardenal Obando, al frente de la Comisión Nacional de Paz y Reconciliación, debe valorarse como referencia para nuestras vidas individuales y como nación.

Termino con las palabras del Papa Benedicto XVI dirigidas al Cardenal Miguel Obando Bravo en ocasión del 50 aniversario de su obra apostólica: “Aquí y allá se encuentran documentos de tus trabajos, especialmente de tu vida ordinaria, ejemplos de tu acción pastoral, que, tenidos en cuenta por el Magisterio Pontificio, te hicieron resplandecer cuando accediste al Colegio de los Padres Cardenales…. Por este motivo, pedimos al Señor Bondadosísimo que sea magnánimo contigo, que te recompense todos tus méritos y trabajos, que esté siempre cerca de ti y sea siempre tu ayuda… Te damos la bendición apostólica a ti en particular, Venerable Hermano Nuestro, y, a cuantos se unen a ti en el amor.”

*Director Instituto “Martin Luther King”- UPOLI