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El hombre vino recomendado por un trabajador de la oficina. Era fibroso, las mejillas quemadas por el sol y llevaba una gorra azul gastada, con la visera al revés. “Es un buen electricista. No cobra caro”, había dicho de él un compañero. Y traía ciertamente la cara del recomendado, con el miedo a quedarle mal al amigo que le había conseguido el pegue.

Y parecía bueno. En media hora tuvo claro el diagnóstico del problema. Cogió un lápiz y se puso a hacer un cálculo rápido sobre una hoja y le entregó el presupuesto a la secretaria.

No recuerdo la suma total, pero en el detalle de los costes, no estaba incluida la mano de obra. Al principio, nadie reparó en ello. Se le dio el dinero para la compra de los materiales. Otro compañero se ofreció para ayudarle con el acarreo y, de paso, cerciorarse de que el gasto se ajustaba al presupuesto.

No habría pasado una hora cuando ya estaban de vuelta, con todos los materiales comprados a un precio incluso menor al presupuestado. El hombre conocía muy bien su trabajo. El arreglo le llevó toda la mañana y parte de la tarde. Trabajó en un silencio inusual para quien tiene que moverse entre láminas, cables, y el polvo que se acumula sobre los cielos rasos de madera. Cuando acabó, se bajó de la escalera, recogió sus cosas y se despidió de la secretaria con un: “Ya está”, casi sin voz.

Al final de la jornada, la jefa de la oficina llamó a la secretaria para que cerrase el pago del hombre. Al enterarse de que se había ido sin más, tuvieron que volver a pedirle que se presentase a la mañana siguiente en la oficina. Entonces, la jefa, una enérgica colombiana que hablaba alto y con urgencia, le pidió al electricista que le dijese cuánto debía pagarle.

Pero el hombre pronunció en voz baja, un: “Yo no sé usted…”, buscando con la mirada al amigo de la recomendación que no estaba en ese momento.  La jefa comenzó a desesperarse y sólo cuando se mostró verdaderamente enojada es que logró que le dijera un precio, como para complacerla o tratar de que no se irritase. Pero incluso entonces, lo dijo en voz baja, dispuesto inmediatamente a negociarlo por si parecía muy caro.

En realidad, el precio era tan barato que parecía una estafa. Y les aseguro que no lo era.

La directora se quedó perpleja y, en lugar de proseguir con aquella discusión, le soltó un sermón sobre el salario justo. “Todo trabajo tiene un precio. Usted debe saber cuál es el suyo”. Imagino que el hombre, de entrada, supuso que al venir recomendado a la oficina de un organismo, no debía fijar su precio, pues, pagaran lo que le pagaran, siempre sería más que lo que ganaría en cualquier otro lugar por el mismo trabajo. Pero después del sermón, el electricista se corrigió a sí mismo, tratando de componer el asunto: “Bueno, este…, el precio es… lo que ustedes quieran pagarme”. La cosa fue a peor. Del sermón se pasó a los gritos.

Algunos se miraron con el gesto de: “Ok. Seamos mal pensados. Quizá el tipo había inflado el presupuesto de las piezas por si le despachaba algún conocido, y así se llevaba un tantito a la bolsa. Con ese tantito, más  lo que quisieran pagarle ya se daba por satisfecho”. Pero no contó, seguramente, con que un trabajador de la oficina le acompañaría a comprar las piezas.

Sin embargo, el tipo parecía actuar de buena fe. Es muy posible que, en el fondo, hubiese pensado que su salario “quedaba en manos de Dios”. Y a partir de ahí, “lo que ustedes quieran pagarme”.

Dejemos aparte a algunos trabajadores que tratan de “dar vuelta” a sus clientes (igual de  necesitados que ellos), con facturas que resultan, al final, el doble más de lo pactado.

Mientras, con demasiada frecuencia, vemos a cientos de trabajadores que rebajan el precio de su trabajo a la caridad del que le pague. Y eso se parece a la desesperación, cerca ya del límite de perder cualquier resto de amor propio.

Cuando un gobierno sabe lo que sucede a este nivel, con los precios de la mano de obra,  puede reaccionar de varias maneras. Se puede ignorar del todo, o puede aprovecharse de ese límite de desesperación que rozan los trabajadores del llamado “sector informal”. El gobierno anterior distribuyó propaganda entre empresarios extranjeros para alentarlos a invertir en Nicaragua (y no en otros países centroamericanos) porque aquí se tenía la mano de obra más barata de la región. En esa competencia de miserias, por supuesto, se tenía mucho cuidado con la expresión “mano de obra barata”, y se sustituyó por “mano de obra competitiva”, que sonaba mejor y menos servil, pero ni ellos mismos se lo creían.

La opción del gobierno actual parece una variante de la misma explotación. Los bonos  solidarios no son ningún plan que, a medio y largo plazo, prevea un aumento digno y más razonable de salarios en relación con la canasta básica, tanto en el sector formal como en el informal. No hay grandes diferencias de salarios entre las empresas privadas y las estatales, pero a todas luces salta a la vista que las ganancias de muchas de ellas están muy lejos de las subidas salariales, caritativas, injustas, que se les da a los trabajadores.

El resultado es un país vendiéndose barato, olvidándose de sus derechos, y esperando el regalo, o al final, pidiéndolo: “Regáleme”. En tiempos tan difíciles, nadie va a estar en contra de que se le de algo más a los trabajadores, en concepto de bono, o de lo que sea, pero eso aún sigue contradiciendo el derecho a un salario justo. No se puede permitir que los trabajadores dependan siempre de la caridad, porque sabe a derrota oír a un hombre decente que hace el cálculo de su salario y concluye inclinando la cabeza: “lo que usted quiera pagarme”.

sanchomas@gmail.com