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Que se postergue todo y no seamos capaces de emprender con justicia, lo que hemos arruinado. Que el mundo no tenga hambre. Siete mil millones, queriendo salir de la tierra gastada. Que una bomba no mate las ideas. Un paraguas detenga una tormenta. Lo difícil es, que, el dinero ahorre por los más pobres. Que los desamparados conocidos como el mundo, encuentren la voz que necesita su auxilio. Pero antes de la excusa: es el hombre.

La piedra que renace y va al huerto en busca del pan más habitable.

Lo difícil es que me crean. Que me crea el vocero de este siglo de impostores. Que aunque me digan mil veces no, yo estaré pensando. Que no duerma mi animal del sueño. Tenga siempre en presente, el fulgor que nació de una mirada.

Hoy, el crisol de una estrella me anuncia que hay mañana para reconciliar el milagro duradero. Somos la huella que no se hunde en el tiempo, ni se marchita en la angustia. Somos los testigos de la aurora. Somos la parte menos fatigada de la sangre. Cada vez más cerca de nosotros, el otro que se ha perdido. La palabra que anoche tocó mi almohada.  Lo difícil es tener los brazos cruzados y sin poder mirar lo que se le ocurre decir o hacer a la naturaleza, que hoy está muy nerviosa. Buscar el detalle impreciso en la aguja, que lo revuelve todo. Pedirle al silencio, que no sea tan desconfiado. Que no me esconda los zapatos para llenármelos de pura iniquidad.

Esta lluvia juega con una tristeza que monta a caballo, mancha su sombra con preguntas y me escarba los insultos. Cómo puedo oír si la lengua es reptil mordaz.

Ahora extraño al músico Beethoven como él extraña la ciudad que pobló de música, con el ojo de una aparición. El artista llenaba sus pulmones de envidia para echar a andar sus diálogos con la mujer amada. La Novena Sinfonía con teatro lleno, es el verdadero amor.

Lo difícil es el amor sin servicio a los demás. No la sombra de, sino la apropiación de la ternura para desconocer el odio. Juntar las manos para no olvidar que somos una herencia de ojos libres. Un corazón que rebasa en eternidad porque antes fue premura y falso sosiego. Lo difícil, a todas partes nos sigue, como una moneda que no se dobla.

Dejo mis huellas colgadas en el único clavo del aula, dijo el profesor Sequeira, una tarde de mayo de 1973, y nos miró fijamente a los ojos, como prolongando una partida que resistía y que a la vez sabía que no habría retorno. Finalmente murió, regalando con fervor, que la práctica de la educación consciente, es la libertad que marcha ya por algún tiempo bajo los escombros del propio hombre.

Lo difícil es creerle a los correctamente infalibles y miopes que se hartan de la sensibilidad compartida.  Ellos, los necios, que niegan al otro, el mundo mejor. Lo difícil es tener pocos amigos. Y un corazón para darle de comer a cuatro gatos, dos perros y a un niño con exquisitas inquietudes impacientes.

Que difícil creer en el llamado “florecimiento humano”, si el hambre campea hoy, sin techo o con remedio de techo a más de mil millones de personas que arrastra el mundo.

Lo difícil es creer, que  a  las mujeres y  a  los  hombres  nos diferencia el contacto circunstancial de la procedencia de  nuestros planetas. Porque el amor es la revelación de nuestro escepticismo donde existen otros más interesados en la búsqueda de lo imprescindible.

No hay nada más difícil, que oír al astuto disparador de palabras, (que no cree en nadie, ni en su mediocre figura de actor congelado) en la esquina de su mundo desperdiciado. Él y ella, sometidos ríspidamente transcurren en el fuego de sus propios infiernos. Por siglos, es la mujer, la que habla de sentimientos.  El hombre se envuelve en las medidas desconcertantes del poder, y flácidamente así se hundirá en su destino mezquino.

Cierta mañana, cuando el día se haya ido, llegarán  los olores que dejaron las huellas y sus heridas. Quien solo, y sin apoyo mutuo insista inevitablemente se integrará al fatalismo de la imprudencia.

Lo difícil es recordar la infancia envuelta en un pañuelo amordazado y cansado. Lo difícil, aceptar o rechazar la culpa o entregarnos en  el ¨generoso abrazo¨ de los cobardes. Que me digas no, y caiga sobre la tormenta. Siempre lo difícil es detener los recuerdos. Lo difícil, es que esta película se pudra. Lo difícil, es el parpadeo, la inconstancia y el amor repetido. Lo difícil, no es el tiempo, es acomodarse para explorar el mundo. Es, mi país como un pájaro maravilloso, que remonta dotado de mucha paciencia.

Lo difícil es aceptar la muerte a tiros del “Indio Gasparino”, como se hizo llamar en los tiempos iniciales el juglar Facundo Cabral, quien pese a la belleza de sus canciones fue un marginado de la paz. “El día que muera no habrá necesidad de usar balanzas, pues para velar a un cantor con una milonga basta”. Lo difícil es creer que uno atrapado en la media luna de nuestras ironías, se nos olvide  reconocer el honor  a  los hombres nobles, que no han dejado desperdicio de sus semillas. Lo difícil, es creer, que aún se defienda el sistema siendo el protagonista de  un sueño tortuoso.