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La cultura moderna, desde sus albores en el siglo XVI, está asentada sobre una brutal  falta de respeto. Primero hacia la naturaleza, tratada como un torturador trata a su  víctima con el propósito de arrancarle todos sus secretos (Bacon). Después, con las  poblaciones originarias de América Latina. En su Brevísima Relación de la Destrucción  de las Indias (1562) cuenta Bartolomé de las Casas, como testigo ocular, que los  españoles “en sólo 48 años ocuparon una extensión mayor que el ancho y largo de toda  Europa y una parte de Asia, robando y usurpando todo con crueldad, injusticia y tiranía,  habiendo sido muertas y destruidas veinte millones de almas de un país que habíamos  visto lleno de gente y de gente tan humana” (Décima Réplica). Luego esclavizó a  millones de africanos, traídos para las Américas, negociados como “piezas” en el  mercado y consumidos como carbón en la producción.

Sería larga la letanía de la falta de respeto de nuestra cultura, culminando en los campos  de exterminio nazi con la aniquilación de millones de judíos, gitanos y otras personas  consideradas inferiores.

Sabemos que una sociedad sólo se construye y da un salto hacia relaciones mínimamente humanas cuando establece el respeto de unos hacia otros. El respeto, como bien lo mostró Winnicott, nace en el seno de la familia, especialmente de la figura  del padre, responsable del paso del mundo del yo hacia el mundo de los otros, que  surgen como el primer límite a ser respetado. Uno de los criterios de una cultura es el  grado de respeto y de autolimitación que sus miembros se imponen y observan. Surge  entonces la justa medida, sinónimo de justicia. Si se rompen los límites, aparece el  irrespeto y la imposición sobre los demás. Respeto supone reconocer al otro como otro  y su valor intrínseco, bien sea persona o cualquier otro ser.

Entre las muchas crisis actuales, la falta generalizada de respeto es seguramente una de  las más graves. La falta de respeto campea en todas las instancias de la vida individual,  familiar, social e internacional. Por esta razón, el pensador búlgaro-francés Tzvetan  Todorov, en su libro El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg 2008) advierte de que  si no superamos el miedo y el resentimiento y no asumimos la responsabilidad colectiva  y el respeto universal no tendremos cómo proteger nuestro frágil planeta y la vida en la  Tierra ya amenazada.

El tema del respeto nos remite a Albert Schweitzer (1875-1965), premio Nobel de la Paz en 1952. Natural de Alsacia, era uno de los más eminentes teólogos de su tiempo. Su libro Historia de las investigaciones sobre la vida de Jesús es un clásico, por mostrar  que no se puede escribir científicamente una biografía de Jesús. Los evangelios  contienen historia pero no son libros históricos. Son teologías que usan hechos  históricos y narrativas con el objetivo de mostrar lo que Jesús significa para la salvación  del mundo. Por eso, sabemos poco del Jesús de Nazaret real. Schweitzer comprendió  que el Sermón de la Montaña es histórico y es importante vivirlo. Abandonó la cátedra  de teología, dejó de dar conciertos de Bach (era uno de sus mejores intérpretes) y se  matriculó en la facultad de medicina. Terminada la carrera, fue a Lambarene en Gabón, en África, para fundar un hospital y servir a enfermos del mal de Hansen. Y allí trabajó,  dentro de las mayores limitaciones, todo el resto de su vida.

Confesaba explícitamente: “lo que necesitamos no es enviar allí misioneros que quieran  convertir a los africanos, sino personas dispuestas a hacer por los pobres lo que debe ser  hecho, si es que el Sermón de la Montaña y las palabras de Jesús tienen un sentido. Lo  que realmente importa es volverse un simple ser humano que, en el espíritu de Jesús,  hace alguna cosa por pequeña que sea”.

En medio de sus quehaceres de médico encontró tiempo para escribir. Su principal libro  es Respeto ante la vida que él coloca como eje articulador de toda ética. “El bien”, dice  él, “consiste en respetar, conservar y elevar la vida hasta su máximo valor; el mal, en no  respetar, destruir e impedir que la vida se desarrolle”. Y concluye: “cuando el ser  humano aprenda a respetar hasta al menor ser de la creación, sea animal o vegetal, nadie  necesitará enseñarle a amar a su semejante; la gran tragedia de la vida es que muere  dentro de un hombre mientras vive”.

Qué urgente es oír y vivir este mensaje en los días sombríos que la humanidad está atravesando.

*Filósofo y escritor