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Un acto de justicia, es el reconocimiento del Estado palestino por las Naciones Unidas hacia un pueblo cautivo en su propia tierra, que vive una intolerable servidumbre colonial en el siglo XXI.
Ulterior a la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones aprobó el Mandato Británico de Palestina con la intención de crear un hogar nacional para el pueblo judío. En 1947, las Naciones Unidas aprobaron la participación de Palestina en dos Estados, uno judío y uno árabe; el 14 de mayo de 1948 el Estado de Israel declaró su independencia, seguida por la Guerra árabe-israelí con los vecinos Estados árabes, que se negaron a aceptar el plan de la ONU.
Repetidas victorias de guerras posteriores confirmaron su independencia, extendiendo las fronteras del Estado judío allende lo dispuesto en el Plan de Partición de las Naciones Unidas.
Desde entonces, Israel ha estado en conflicto con muchos de los países árabes vecinos, en varias guerras y décadas de violencia persistentes hasta hoy; a raíz de su fundación, sus fronteras inclusive  su derecho a existir ha sido objeto de controversias, especialmente entre sus vecinos árabes.
Con una población próxima a 7,6 millones de habitantes es el hogar de árabes musulmanes, cristianos, drusos,  samaritanos y otros grupos religiosos y étnicos minoritarios, el moderno Estado identifica sus raíces con la antigua Tierra de Israel (Eretz Yisrael), un concepto central para el judaísmo que data de más de 3.000 años y pretende ser el único Estado judío del mundo.  
A nivel interno y externo, la sociedad israelí experimenta una profunda crisis, como recientemente se observó, en sus principales ciudades con formidables manifestaciones de sus “indignados”, revelando su hartazgo con los sacrificios y limitaciones de todo orden impuesto a la sociedad civil por el estado crónico de guerra larvada que perpetúa su existencia y el deterioro de su imagen internacional, que jamás se ha visto tan dañada como ahora.
La impresión imperante es que tal intolerancia ha mudado de cancha y el mayor obstáculo para reanudar las negociaciones de paz con los palestinos es el mismo gobierno de Benjamín Netanyahu, su insolente apoyo político-militar y económico al movimiento de colonos que sigue explayándose por Cisjordania y Jerusalén oriental, reduciendo a una mínima expresión, el eventual territorio del Estado palestino.
En su último viaje a Washington, Netanyahu osó desairar al presidente Obama, mandatario del país que ha sido el mejor aliado y defensor de Israel, al que subsidia anualmente con más de tres billones de dólares, dado que éste planteó reabrir las negociaciones de paz bajo el principio de los dos Estados, en el que el palestino poseería las fronteras anteriores a la guerra de 1967, sensata propuesta, convalidada por la ONU y la opinión internacional, a la que en principio ambas partes se declararon dispuestas a aceptar como punto de partida de una negociación.
El actuar de Netanyahu fue apoyado por un sector del Congreso estadounidense y de las corrientes más extremistas del lobby judío norteamericano, por convertir a Israel en un fortín militar inexpugnable, capaz de pulverizar en caso de amenaza a todo su entorno.
La sistemática destrucción de la sociedad palestina: desarticulándola, cuadriculándola con muros, barreras, inspecciones, expropiaciones y reduciendo cada vez más su espacio vital mediante el avance de las colonias de extremistas fanáticos empecinados en resucitar el Israel bíblico. Son políticas suicidas, que ponen en peligro su supervivencia.
Precisa una presión internacional que induzca a los dirigentes israelíes deponer su envanecida prepotencia y los convenza de que la única solución real saldrá no de la fuerza militar sino de una negociación seria, con concesiones recíprocas. Muchos ciudadanos distan de solidarizarse con las políticas extremistas de su gobierno y luchan por la causa de la paz, pues son ellos quienes perciben con lucidez y realismo que las políticas belicistas, intolerantes, represivas pro expansión de los asentamientos de Netanyahu traerán funestas consecuencias para el futuro de su país.
La actual crisis desarrollada entre palestinos e israelíes, tiene profundas raíces históricas. Los palestinos no renunciarán en beneficio de Israel, a sus tierras que habitaron durante más de dos mil años. Netanyahu, actual Primer Ministro de Israel (marzo 2009), expresó: “Será el suicidio si se retira de la tierra ocupada”, perfilando claramente su posición respecto a todo el proceso de paz.
Desde el punto de vista geoestratégico, Israel es un enclave occidental en el Medio Oriente, un peón estratégico para velar por el petróleo del Golfo Pérsico ahora que desapareció el Sha de Irán y su ejército cipayo.
Es incuestionable la impunidad de Israel, los poderosos lobbies judíos actúan chantajeados y extorsionados, conducidos por la fanática extrema derecha que los gobierna; pues todo el que critica la política, los negocios o la obra de cualquier judío, es condenado como antisemita.
Un país que comenzó siendo símbolo de la recuperación de un pueblo perseguido y casi exterminado por los nazis, se ha trocado en un país que está persiguiendo y arrasando palestinos. ¡Que incongruente paradoja!: los perseguidos de ayer son los perseguidores de hoy; los descendientes de la victimas de ayer, son los victimarios de hoy.
Lo irónico del caso, es que fue una resolución de las Naciones Unidas que creó el Estado de Israel, y con el correr del tiempo este se ha convertido en el mayor violador de las resoluciones y recomendaciones de la ONU.

*Diplomático, Jurista y Politólogo