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I
“Sin la literatura, no existiría el erotismo.
El amor y el placer serían más pobres,
carecerían
 de delicadeza y exquisitez, de la
intensidad que alcanzan
 educados y azuzados por la sensibilidad
 y las fantasías literarias”

Mario Vargas Llosa


Mi pasión por los libros es un vicio incurable que me inyectó mi padre a los 13 años, con la misma naturalidad con que se pincha el narcómano. Un procedimiento similar ensayé con Marcelo para meterlo en el mundo de los libros. Como le gustaba la plata asigné una modesta suma por cada libro leído. A la propuesta se sumó Alejandro. No pude convencerle que mi ofrecimiento a su hermano obedecía a su poco interés por la lectura, su caso era diferente. Como le gustaba leer sin necesidad de incentivos económicos, me parecía injusto tener que compensar su afición por la lectura. Su argumento resulto irrebatible: trato es trato, no podes excluirme. No hubo manera, tuve que pagarle. El procedimiento utilizado era el mismo al que recurría el poeta Pablo Antonio Cuadra al despuntar los setenta. Nos regalaba un libro con la condición de leerlo, publicar la reseña en La Prensa Literaria y de ipegüe nos pagaba.

Con el ánimo de alimentar la imaginación de Alejandra y William, los dos hijos de Ivania, la navidad de 2009 les compré varios cuentos en Literato y dos CDs de Mario Montenegro. Sigo creyendo que resulta más fácil iniciar a los niños en la lectura al despertar de su vida. Acercarlos a Oliverio Twist para conocer sus reacciones, invitarles a conocer las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, meterles a chapotear junto a Santiago en El viejo y el mar, introducirlos en el mundo exultante de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Leerles y ensañarles a leer en voz alta como gustaba hacerlo el profesor Mariano Miranda Noguera, cuando cursábamos segundo de bachillerato.

Apasionarlos con Las mil y una noches. En una edad que viven sus primeros deslices sentimentales, entotorotarles con Shakespeare y Goethe. Romeo y Julieta y Werther resultan ineludibles cuando empiezan sus devaneos amorosos.

El Principito constituye un rompecabezas que no pueden saltarse. No conozco un epígrafe más tierno que el de Saint Exupéry estampado en su pórtico.

Los desafíos que plantean la televisión e internet podrían ser atenuados, si los padres no cometiésemos el delito señalado por Daniel Pennac en Como una novela -necesaria para comprender los tiempos actuales – dado que los medios audiovisuales les mantienen atormentados. La televisión convertida en eje rector en muchos hogares. La culpa no es solo de los niños. ¿Cuánta asiste a cada padre de familia? ¿Se lo han preguntado alguna vez? Casi todos han elevado al televisor a la condición de deidad. Una deidad que reta la imaginación. ¿Cómo hacer frente a este acontecimiento cultural? ¿No será que no hemos podido leer en otras claves los desafíos que supone la llegada de una civilización que cree en la imagen sin necesidad de interpelarla? Todo cambio civilizatorio impone transformaciones en las formas de apropiación y circulación del saber. Otras maneras de leer y escribir, la pantalla texto en blanco. No desalentarnos y cantar un réquiem a la palabra escrita, como adelantan algunos desencantados. Eso tomará un tiempo dispendioso.

La obsesión de las escuelas porque los niños comprendan de ramplón sus primeras lecturas asfixia la imaginación. ¿Por qué no dejarles que expresen sus emociones? El derecho al bovarismo denomina Pennac al Sexto Mandamiento de los Derechos de los Lectores. Esa satisfacción exclusiva de nuestras sensaciones. La imaginación prendida en llamas y el corazón acelerado. “El cerebro confunde (por un momento) el gato de lo cotidiano con la liebre de lo novelesco”.

Pocos maestros se interesan por seducirlos. Navegan en el reino de las obligaciones. El placer de la lectura ha sido saboteado en las escuelas. La primera victoria de la televisión sobre la lectura proviene, como apunta Pennac, cuando los padres amenazan a sus hijos que no verán la caja hipnótica si no han hecho sus tareas ni adelantado sus lecturas. “Sí… La televisión elevada a la dignidad de recompensa… y como corolario, la lectura rebajada al rango de incordio…”. Una bofetada innecesaria.

Rosa Montero recuerda en La loca de la casa, que no conoce ningún novelista que no padezca el vicio desaforado de la lectura. “Roen las palabras de los libros de manera incesante, al igual que la carcoma empeña todo su ser en devorar madera”. Los padres deben dar el primer paso. Se han confiado demasiado en la labor que cumplen las escuelas. Un vicioso como García Márquez se atreve a decirnos que todos nosotros, padres, maestros y escritores, hemos trasmitido a los niños una noción de la literatura tal vez buena para nosotros y hecha por nosotros, pero poco tiene que ver con la magia de los niños. No esperemos nada del mercado, este responde a la lógica de las ganancias.

Tampoco debemos permitir que continúe con sus desmanes sin oponer nada en contra. Gabriel Zaid establece un orden jerárquico donde prevalecen los intereses del lector. La verdadera gloria del autor (la lectura) debe ser facilitada, apunta el mexicano.