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II
Antes existía una auténtica preocupación por adentrarnos en la magia incandescente de la lectura. El Clan Intelectual de Chontales creó la Biblioteca Infantil, repleta de libros, cuentos y pasquines. Los dirigentes del Clan jamás se opusieron a la lectura de Superman, Hopalong Cassidy, Roy Rogers, El Llanero Solitario, Tarzán o El Pato Donald. Muchísimos años después Armand Mattelart y Ariel Dorffman vinieron a decirnos lo que ya sabíamos: Rico McPato era un canalla envilecido por el dinero. Ninguno de nosotros lo leyó de otra forma que no fuese como divertimento. Eran las andanzas de un pato ricachón, atrapado hasta en sus sueños por la fiebre del dólar. Un pobre diablo a quien no dispensábamos el mejor trato. Solo los evangélicos de izquierda, como custodios de la pureza ideológica, se atrevieron a prohibir la lectura de estas excrecencias capitalistas. Mi padre y yo puede que resultemos seres antediluvianos. Jamás me interroga sobre qué película o programa de televisión estoy viendo, siempre me pregunta, ¿qué libro estás leyendo?

Mientras las escuelas persistan en imponer la lectura, olvidando que leer es una fiesta, los niños jamás serán seducidos. No podrán inclinarlos a favor de uno de los más grandes placeres. Si la lectura no fuese una fiesta no provocaría entusiasmo, arrebato, felicidad, glotonería. Desear que el texto no termine. Leerlo más despacio, casi a sorbos; cuando vemos que el final se acerca, leer más despacio, a velocidad moderada, para no salir de ese estado de gracia que provoca el amor senil de Florentino Ariza por Fermina Daza. Los castigos y privaciones sufridas por Tomasito Carreño en Lituma en los Andes son compensados. La mujer por la que mató a un malandrín a quien mandaron a cuidar sus polvos, viajó en su búsqueda hasta los confines de los Andes. París bien vale una misa, la Mercedes Tréllez un asesinato. El homenaje de García Márquez a Petrarca quedó asentado en las lecturas desaforadas del sacerdote Cayetano de Laura, a Sierva María de Todos los Ángeles, por quien se inmola.   

Ver televisión y navegar por internet forman parte de las grandes pasiones de adolescentes y jóvenes de todo el orbe. Los primeros que se dejaron arrastrar por esa pasión desbocada fueron sus profesores. ¿Cómo no van a preferir el lazo permanente que les depara el chateo con sus novias y enamoradas que el servicio moroso del correo de antaño? Las universidades se sienten encandiladas por las nuevas tecnologías. La prisa con que viajan les impide asumir una lectura crítica, desprejuiciada. Pronto olvidaron que no todo lo que brilla es oro. La memoria está siendo dada de baja. Todo confiamos al ordenador. ¿Cuántos problemas cognitivos surgen por esta dimisión azarosa? ¿Cómo enfrentar la brecha digital que cada día se ensancha? Las tesis que pregonaron los adelantados de la inteligencia artificial ganan espacio. La cerebrización de las máquinas nos deshumaniza en vez de humanizarnos. ¿Seremos guiados por un mundo de robots donde la literatura será dada de baja? ¿Convertida en un traste inservible?

Mientras los padres no se sientan comprometidos en generar pasión por la lectura, mientras los profesores no den el ejemplo y continúen obligando leer a los jóvenes, seguiremos caminando hacia el despeñadero. Pennac brinda algunas pistas. La diferencia en el presente se debe a que nuestros hijos son los hijos e hijas de su época, nosotros fuimos hijos de nuestros padres. En términos comerciales y culturales, nosotros no éramos clientes de nuestra sociedad.

“Vestidos comunes, platos comunes, cultura común, el hermano menor heredaba las ropas al mayor, comíamos el mismo menú, a las mismas horas, en la misma mesa, hacíamos los mismos paseos dominicales, la televisión maniataba a la familia en la misma cadena (mejor, por lo demás, que todas las de hoy…), y en materia de lectura la única preocupación de nuestros padres consistía poner ciertos títulos en estantes inaccesibles”. Vivimos un cambio de época en la que muchos han perdido capacidad para seducir y guiar a los jóvenes por el maravilloso y sorprendente mundo de la lectura. La culpa de que no lean es nuestra no de nuestros alumnos e hijos.

Cuando recomendé a Edgard inculcara a su única nieta la pasión por la lectura, su respuesta me conmovió. ¡No me jodás, esas son locuras tuyas!