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La enseñanza secundaria es una modalidad de la educación media en busca de identidad.  Buena parte de los problemas y limitaciones que se advierten en ella provienen de esa “crisis de definición” que experimenta a nivel mundial, no obstante que se reconoce el papel clave que ocupa en el contexto del sistema educativo, al extremo que el ex Presidente del Club de Roma, Ricardo Diez Hochleitner, no vacila en considerarla como “el pivote de todo el sistema educativo”.

En el Informe de la Comisión Internacional sobre la educación para el siglo XXI, conocido como Informe Delors, se afirma que en “la enseñanza secundaria parece cristalizar buena parte de las esperanzas y críticas que suscitan los sistemas  formales.  Por una parte, las familias y los alumnos la consideran a menudo como la vía principal de ascenso social y económico.  Por otra, se la acusa de no ser igualitaria y de estar insuficientemente abierta al mundo exterior y, en términos generales, de no conseguir preparar a los adolescentes para la enseñanza superior, ni tampoco para el ingreso en el mundo laboral”.  

El problema de la enseñanza secundaria es que se la ha mantenido en una persistente indefinición, al extremo que la misma calificación que se le da de “enseñanza intermedia” pareciera aludir a que está en la tierra de nadie, pues no es ni básica ni superior, aunque se espera de ella que complemente la educación básica y, a la vez, prepare para el ingreso en la educación superior.  El quid del asunto, entonces, está en determinar si la enseñanza secundaria, como modalidad de formación general o académica de la educación de nivel medio, debería tener objetivos propios, o si simplemente debe ser vista como un complemento de la educación básica y una transición hacia la enseñanza superior.

El hecho de que aboguemos por una educación secundaria con objetivos propios no significa que la consideremos como un fin en sí misma. Los analistas coinciden en señalar que la educación secundaria no puede ser asumida en forma aislada del resto del sistema educativo o de la sociedad, desde luego que sus egresados aspirarán a ingresar en la educación superior o se incorporarán al mundo del trabajo.

El grupo etario que acude a la educación secundaria debe influir en la definición de sus objetivos.  Se trata de adolescentes en tránsito a la adultez, de jóvenes que requieren conocimientos acordes con la complejidad social actual, que tienen demandas en término de aspiraciones educativas (tránsito a la educación superior), de productividad económica y de participación política.  Acuden a la enseñanza secundaria para adquirir cualidades para el razonamiento abstracto y numérico, las habilidades del lenguaje oral y escrito, las actitudes y valores para la participación ciudadana y destrezas de orden práctico.

Si todos los egresados de la enseñanza secundaria accedieran a la educación superior, sin duda este hecho llevaría a enfatizar su carácter de antesala de los estudios superiores.  Su objetivo fundamental sería, entonces, preparar de la mejor manera posible a los bachilleres para su tránsito a la educación superior.  Pero las estadísticas de la UNESCO demuestran que en América Latina y el Caribe solo entre un 30 a 40 por ciento de sus egresados va a la educación superior, como promedio regional.  Para el 60 a 70 por ciento, la enseñanza secundaria se transforma en el máximo nivel de educación formal y pasan directamente al mundo laboral.  Luego, si bien la enseñanza secundaria debe preparar adecuadamente para la educación superior, este no puede ser su único objetivo.  De ahí que al repensar la educación secundaria, el educador argentino Juan Carlos Tedesco afirme que “sus grandes objetivos podrían sintetizarse en los conceptos de ciudadanía y competitividad.  La formación del ciudadano moderno no se contrapone con la formación para el desempeño competitivo en el ámbito económico.  Una democracia moderna y una economía competitiva requieren personas capaces de recibir información, procesarla y juzgarla críticamente, asociarse para tareas colectivas y resolver problemas.”
La educación secundaria debería ser la modalidad para formar al ciudadano moderno como persona (formación general humanística y científica) y como sujeto productivo (destrezas laborales). No se trata de transformar la enseñanza secundaria en una educación técnico-vocacional de nivel medio, que ya existe y tiene sus propios objetivos, sino en tener presente el hecho innegable de que un alto porcentaje de sus egresados se incorpora directamente al mundo laboral. La formación general o académica deberá propugnar por el equilibrio entre las ciencias y las humanidades y los enfoques interdisciplinarios.  Y a ello será necesario agregar la adquisición de destrezas en computación, cultura empresarial y dominio de un idioma extranjero de rango universal. En la secundaria quizás no sea apropiado otorgar certificados para el desempeño de determinados oficios, pero sí las bases imprescindibles para iniciarlo, pues tampoco deberá sacrificarse la formación general en aras de la preparación para el mercado laboral.