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Los soviéticos aplicaron en Nicaragua el mismo voluntarismo político con que, después, fracasaría la reforma de Gorbachov. En ambos casos falló la creencia vulgar de que el Estado es una estructura, cuyos aparatos pueden controlar el movimiento social. Pero el Estado sólo es una función de la estructura social, es una manifestación de unas relaciones sociales; y la confianza en el “poder” del Estado, para las transformaciones, siempre ha sido una gran equivocación si no hay una base social suficiente que soporte el cambio.
Esta inconsistencia se pudo observar en el XV Congreso Latinoamericano de Sociología (Managua, octubre de 1983), donde se mostró el estado del debate del pensamiento teórico en la “revolución popular sandinista, de economía mixta y no alineados”. No tanto por las ponencias de los nicaragüenses o por el trabajo de las comisiones, donde se reconocía la presencia muda de asesores soviéticos y de la RDA, como por las actividades externas. Al final de la jornada, en la casa confiscada al somocista Calero Orozco se reunían algunos del INIES que hacían propaganda de la versión socialcristiana del populismo sandinista, dirigida más a medios de prensa extranjera y reporteros freelance. También había invitaciones para ir al Centro teológico Valdivieso, y se formaba un grupo junto a la piscina del hotel Intercontinental. Había más núcleos de reunión de distintas agencias del gobierno, y de los asesores de partidos socialdemócratas europeos. Pero tenía más interés ser recibido con vodka en la “casa de protocolo” de los asesores soviéticos en el Barrio Bolonia, o por los asesores de la RDA en Acahualinca. Estos eran francos y, al contrario que en las comisiones del Congreso, estaban deseosos de comunicar su experiencia innovadora de la “economía mixta”, y explicar las dos caras de la moneda de su trabajo, del ascendente de los internacionalistas sobre la Dirección Nacional del Frente Sandinista, a la par que respetando su autonomía como “movimiento de liberación nacional”. Además, allí se podía encontrar algunos nicas de las escisiones del Partido Socialista (de la tendencia de Álvaro Ramírez), o de los críticos antisandinistas de Acción Popular (MAP). Para el investigador era la oportunidad de aproximarse a la verdad oculta de la versión oficial, el año que la confrontación de la Guerra Fría pasaba por Nicaragua y Grenada.

El debate giraba sobre los conceptos y sobre la práctica. Lo que no cuadraba era la categoría de “popular”, expresado de forma populista en la mayoría de ponencias de nicas en el Congreso, mientras que los asesores soviéticos pensaban en términos de “democracia popular”, como alianza obrero campesina. Pero, en contra de estos, en la práctica se observaba el movimiento vertical de las organizaciones de masas, copadas en su dirección por elementos de la clase media vinculados a los ministerios de un gobierno de los grandes terratenientes, los que disfrutaban de haber quitado de en medio la competencia de Somoza. Tampoco había nuevos partidos de las masas trabajadoras, sino los partidos electorales tradicionales (socialcristianos conservadores y liberales); mientras que el Frente Sandinista aparecía empotrado en el Estado como movimiento vertical de las organizaciones de masas, no como partido democrático de estas masas. Ante la incoherencia, los internacionalistas respondían que esta era una fase previa a la “democracia popular”, al tiempo que criticaban con fuerza la ponencia populista del mexicano Pablo González Casanova, y la del nicaragüense Carlos Vila, quien decía que el “sujeto” de la revolución popular era la clase media.

De hecho, había una contradicción en la política populista de masas del verticalismo de la Dirección Nacional y, por otro lado, que el Frente estuviera capacitando miles de cuadros en el Campo Socialista, Cuba, Alemania Democrática y Unión Soviética. ¿Eran estos los que los internacionalistas pensaban que darían el paso a la segunda fase de “democracia popular”? Pero si el Frente no podría deshacerse nunca de su alianza con los grandes terratenientes y sus partidos socialcristianos conservadores. Y, ¿por qué no se creaba un movimiento democrático campesino con los pequeños y medianos propietarios de cerca del 60% de la tierra cultivable?

En cambio, con el poder del Estado en manos del directorio nacional del Frente Sandinista, los asesores internacionalistas habían decidido modificar el Gobierno de Reconstrucción tal como había sido organizado en el exilio, en función de un modelo de economía agropecuaria de propiedad estatal (MIDINRA, MICOIN, etc.).

Quizás porque cayeron en la creencia de la propaganda opositora de que la confiscación de las propiedades del somocismo correspondería a una proporción muy elevada de la economía, en tierras e industria agroexportadora. Pero la realidad fue que cubría el 20% de la economía agraria, que el 60% era de pequeños y medianos propietarios, y el gran latifundio de los antisomocistas representaba el otro 20%. Este dato solo debió ser suficiente para saber que el “poder” del Estado en manos de la Dirección Nacional no valdría más que un 50% del poder económico de la sociedad política compartida con los conservadores socialcristianos, y un 25% respecto de la sociedad civil de pequeños y medianos propietarios. Pero el error de voluntarismo político más grave fue la falta de democracia, no crear un movimiento de trabajadores del campo (incluidos pequeños y medianos propietarios junto a los trabajadores asalariados) y de la industria de transformación de productos naturales.

Por otra parte, los grandes terratenientes antisomocistas continuaban siendo los dueños del Gobierno de Reconstrucción, porque el Frente Sandinista mantuvo su alianza a pesar del fracaso de la transición pactada con Somoza y la Guardia Nacional. Y estos tenían su propio proyecto de economía agraria. De esta manera, en la revolución nicaragüense pasó a haber tres proyectos agrarios, el de la propiedad estatal dirigida por el FS, el de los terratenientes antisomocistas de los partidos de la Unidad Nacional en el Gobierno de Reconstrucción, y las expectativas de los pequeños y medianos propietarios. No modernizar la pequeña y mediana propiedad de la tierra, en gran parte de trabajo familiar, sacarla de las redes y prácticas caciquiles semifeudales de la comarca, de la influencia del cura y de los comerciantes intermediarios, este fue el fracaso del proyecto de propiedad estatal y del “poder” del Estado de la DN.

Más bien, con la misma DN y el Área [estatal] de Propiedad del Pueblo, se impuso el populismo de sociedad agraria estamental de los grandes terratenientes, de la “burguesía patriótica”, a costa del estamento los numerosos pequeños y medianos propietarios que se pasaron a la “Contra” (hay cuatro artículos más en esta sección de opinión sobre “Tendencias de izquierda en la revolución nicaragüense”).