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Triste la guerra, pero más triste es ver gente que desee esparcir el incienso del azufre, en un infame culto al fratricidio, para invocar una solución a los males de nuestro país. Si acaso alguna vez las armas sacaron a flote las economías de otros países, nunca fue el caso de Nicaragua.

¿Qué ha pasado con todas nuestras rebeliones, golpes de estado, revoluciones, alzamientos? Después del uso del fusil no vino la paz integral. Al cesar los tiroteos, no avanzó un centímetro de desarrollo nuestra nación. Al contrario, la cifra de excluidos se elevó geométricamente con la ingrata asistencia de la democracia pasiva --o neoliberalismo--- que demostró que el mercado tampoco lo resuelve todo: ¿al venderse una propiedad pública como el Ferrocarril del Pacífico, violentando la Constitución (Arto.103) en qué favoreció a la mayoría?

Quienes desean cambiar el panorama político insinuando métodos fracasados, y la guerra es el peor de los fracasos nacionales de una sociedad, recurren a lo más sublime para darle una moral de barro a los fatales fierros y yerros que erizan nuestra Historia: la retórica de una democracia de la cual no se cree con tanto aplomo como cuando se habla de desvanecer los nublados a punta de plomo.

“Dios quiera que no haya que tomar las armas”, escribió Adolfo Calero Portocarrero en “Crónicas de un Contra”. Y para no ser tan tosco, le añade la panacea de las urnas. En una simple lectura, podría apreciarse un gesto de humanismo. Pero detrás del biombo de la frase, uno encontrará su armazón de fusiles y muertos, como si aún faltaran  más.  

Asombra el hecho de que a esa edad de venerable patriarca, todavía don Adolfo no logre sintetizar la historia y recite y recete más de lo mismo.  
Hay quienes, como si no han vivido en Nicaragua, también han sentenciado: “la rebelión es permitida cuando se han cerrado todos los espacios legales”.

Es fácil invocar las armas, cuando ningún familiar las va a tomar. En la guerra hay dos clases de participantes: los que la pasan desde los balcones de los hoteles, en un tercer país, y el pueblo partido --- que no es lo mismo que decir el partido del pueblo---  que va a enfrentarse: los López contra los Sánchez, los Potosme contra los Ñurinda, para que los de “arriplanchis”, como dice Terencio Acahualinca, se repartan despojos y  cargos.

No es sembrando nuestros campos y ciudades de azufre, carbón y nitrato de potasio que vamos a cosechar la mejor educación y cultivar la más excelente de las democracias.    

Pablo Antonio Cuadra revela el drama al que nos quisieran llevar algunos. “Nadie me paga a mi hijo muerto, dice la madre”, (El hombre es un Dios en el exilio). Es que la sangre, señala PAC, en consonancia con la Biblia, no tiene precio.

La imagen más nítida de lo insulso de una guerra es precisamente la portada del libro de Calero: el que arriesga su vida no aparece ni de perfil. Vestido de verde olivo, con su M-16,  lampiño, sólo es, como le puso el autor: “el soldado desconocido”, sin nombre, sin linaje, es decir, un indocumentado de su propia Historia, haciendo la de otros.  

Calero, sin embargo, aparece de frente, con el rostro de huésped cinco estrellas y sus credenciales. Es el jefe, el “paladín de la libertad” que no duerme en barracas a merced de los zancudos y las lluvias del trópico, mucho menos va a la montaña. Ahí sólo van los desconocidos.     

¿De qué problemas nos han sacado las guerras? No nos hicieron más ricos, sino pobres; no solucionó la miseria de los desconocidos y más bien la empeoró al punto de degradar tantos dramas personales al peor de los anonimatos: ser reducidos a números, a gráficos de barras, a estadísticas que explican los tecnócratas sin sentirlo, proyectados desde una laptop con la última aplicación del Apple de Steve Jobs.     

Se habla de rebelión y de guerra, pero desde la seguridad de la tercera persona que empuja, nunca la comprometida primera persona del que va. Serán otros los que “ofrenden la vida ante el altar de la Patria” o queden lisiados. Estemos claro: el “derecho a la rebelión” no incluye a los soldados desconocidos para presenciar cómodamente la guerra desde un salón VIP.