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Contrario a lo que muchos creen, Sancho Panza no era ningún labriego rústico. No podría haberlo sido, puesto que él mismo fue el autor de la celebrada novela “Don Quijote de la Mancha”, a la cual le dedicó quince largos años de paciente e intensivo trabajo. Publicó dicha obra, como todos sabemos, bajo el hoy en día famoso pseudónimo de Miguel de Cervantes Saavedra.

Sancho Panza, cuyo verdadero nombre era Sebastián del Pombo, era inicialmente un vecino de Alonso Quijano, con quien mantenía relaciones amistosas, ya que sus haciendas en La Mancha colindaban una con la otra. Fue gracias a esa circunstancia, y a algunas conversaciones casuales, escuchadas en las barberías, que él se enteró sobre la galopante locura de Quijano. Al principio fue sólo una sospecha, pero se convenció de que tenía por vecino a un orate cuando comprobó que él estaba vendiendo sus tierras para comprar libros de caballería, en cantidades que no tenía tiempo suficiente para leer.

Al saber que Alonso Quijano saldría a recorrer los áridos caminos de Castilla  para “desfacer entuertos”, del Pombo, quien era un hombre sumamente serio y responsable, comprendió que no tenía otra alternativa más que seguirlo, ofreciéndose como escudero, para garantizar la seguridad del futuro caballero andante. Su esposa, que era muy comprensiva, le dio su aprobación y luz verde, pese a que dejaba sobre sus espaldas la pesada carga  de mantener a los nueve hijos que el matrimonio había procreado en común.

Las aventuras de Quijote y Sancho, con alguna que otra adición debida a la fantasía de Del Pombo, se encuentran consignadas en el libro famoso, que es actualmente un clásico de la literatura española. Fue escrito por Del Pombo en su solar manchego, como un testimonio para la posteridad sobre lo que fue la aventura más memorable de su vida. También lo concibió como una lección de ética, lo cual se trasluce a veces en el tono admonitorio de la obra.  Con ella quiso a la vez  rendir un homenaje a su amigo, mentor y benefactor, quien pese a ser un consumado lector no dejó ningún testimonio escrito de sus hazañas.

Siendo un hombre modesto, él se cuidó de reducir su papel al mínimo, y llegó incluso al extremo de presentarse ante el público como un irremediable palurdo. En todo caso fue él, sin embargo, quien orquestó la solución de todos los enredos y líos en los que se vio envuelto su amo Don Quijote, llevado por su demencia. En algunos casos, podría decirse  que fue él quien le salvó la vida, incluso al costo de asumir un elevado riesgo personal, aunque siempre trató de ocultarlo.  

La posteridad tiene una deuda pendiente con este autor, cuyo mérito no ha sido aún suficientemente reconocido como un pionero de la literatura autobiográfica y confesional dentro del género caballeresco.  Sirvan pues, estos breves apuntes para contribuir a rescatar del olvido a uno de los autores más humildes,  originales y versátiles de todos los tiempos.