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Ideuca

Hace poco desarrollé el módulo 1 “Dirección y gestión del centro educativo” en un curso de diplomado a 40 directoras y directores de centros educativos públicos, subvencionados y privados en el marco del proyecto ANF-UCA/IDEUCA.

En el transcurso del mismo compartimos conceptos, experiencias y ejemplos relativos a la necesidad de una gestión participativa y democrática.
Más allá de los aspectos técnicos propios de la gestión en general y de la gestión escolar en particular, el análisis y la discusión se centró en el sentido, alcance y práctica de una gestión participativa y democrática en los centros educativos.

Como parte del desarrollo de estos conceptos tan ricos, necesarios y apetecidos, los participantes del curso, directores y directoras, hicieron un ejercicio en grupos de tres, reproduciendo el planteamiento sobre cómo hacían participar y en qué aspectos a los docentes, padres y madres de familia y estudiantes de su centro. Me llamó la atención el nivel y calidad de la participación que tiene vida en sus centros lo que nos condujo a reflexionar en forma de síntesis sobre el sentido, significado y práctica de una escuela democrática, ahora que este término está en boca prácticamente de  toda la población. En general todos apostamos por la democracia, y en relación con la educación todos estamos convencidos de que la democracia es esencial a ella.

En el proceso enseñanza-aprendizaje, docentes y estudiantes conforman una unidad pedagógica compartida (quien enseña aprende al enseñar y quien aprende enseña al aprender recordando a Freire. Ambos, docentes  y estudiantes son sujetos de aprendizaje mutuo con funciones diferentes, ambos participan en dicho proceso haciendo del mismo el embrión de la escuela democrática.

El paradigma de la educación moderna y de la sociedad del conocimiento (siglo XXI) se fundamenta en pasar de un conocimiento transmitido a un conocimiento construido según el cual los docentes inducen a los estudiantes a procesos  de auto-aprendizaje formativo.  El estudiante es el sujeto de su propio desarrollo, en él radica la capacidad de construir sus conocimientos compartiendo  con el docente el espacio y ritmo del aprendizaje.  Es que el paradigma del maestro que sabe y enseña y el alumno que no sabe y almacena información y conocimientos elaborados por otros, está o debe estar ya plenamente superado.

Como es natural no toda forma de participación equivale a democracia pero en el verdadero proceso educativo moderno, esencialmente participativo y constructivo, sí existe el germen de la democracia al tener el estudiante el poder de construir sus conocimientos, competencias, valores, los que al hacerse realidad  van construyendo su propia cualidad de persona.

De ahí que en el proceso de aprendizaje al ser docentes y estudiantes los sujetos del mismo, se forma una especie de embrión de democracia que exigirá como plataforma activa una escuela democrática. El proceso de enseñanza-aprendizaje en el que docentes y estudiantes conforman una unidad generadora de aprendizajes mútuos compartidos, forma el embrión original de la democracia el que en términos institucionales fundamenta la escuela democrática.

En esta lógica es evidente que si queremos cosechar unos determinados valores que son parte de los aprendizajes compartidos, debemos sembrarlos y cultivarlos en la práctica.  Si pretendemos que nuestros docentes y estudiantes sean participativos, críticos, cooperativos, solidarios, el ejercicio educativo tiene que ser participativo, crítico, cooperativo, solidario.  De ahí que el énfasis educativo no puede colocarse meramente  en educar para sino en educar en, es decir educar en y para la participación, en y para la cooperación, en y para la convivencia, en y para la democracia.

Desgraciadamente la educación en  algunos centros todavía domina más el individualismo y la sumisión  que la solidaridad y la libertad.
Es necesario abrir plenamente las puertas y ventanas a estas actitudes para enseñar, amar y construir genuinas democracias, estructuradas en verdaderas comunidades educativas democráticas en las que se aprende porque se vive, porque se participa y se fomenta un ambiente de amistad, servicio, colaboración y solidaridad.  En el fondo se trata de formar sujetos democratizadores, sujetos constructores de democracia.

De esta manera todos los miembros de la comunidad educativa aprenden democracia no escuchando y recitando sus características esenciales, sino viviendo y construyendo su comunidad democrática de aprendizaje trabajo y vida.  

Aprenden a participar colaborando en la planificación, organización, gestión y evaluación del centro educativo que se va configurando con los aportes de todos en una especie de microcosmos de una sociedad profundamente participativa y solidaria.  En consecuencia la gestión democrática promueve la motivación y la participación de todos los  miembros de la comunidad educativa, directores, docentes, estudiantes, representantes, y madres y padres de familia.  El poder y la autoridad se orientan a empoderar a los demás y a hacerlos crecer, a dotarles de las competencias esenciales para que puedan ejercer plenamente sus derechos y responsabilidades de ciudadanos en tanto la educación de un país es tarea de todos.

Este es el consenso generado entre los 40 directoras y directores participantes en el diplomado mencionado.  Hay que seguir haciendo camino al andar.  Su dirección es clara: una escuela participativa y democrática, una escuela de excelencia.