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La expansión del español a partir del siglo XVI por el continente americano y su contacto con esta realidad constituye el hecho más significativo en la evolución y desarrollo de este idioma. Básicamente, tres son las circunstancias que influyen en su configuración: la influencia de la lengua de los conquistadores y emigrantes de España, el contacto con las distintas lenguas indígenas, y la misma tendencia conservadora o innovadora del grupo humano en la sociedad colonial e independiente. Vamos a referirnos someramente a la influencia indígena.

Tres grandes culturas sobresalen de la variedad de pueblos indígenas diseminados por América: maya (Honduras, Guatemala y Yucatán), inca ((Perú, Bolivia y Ecuador), y azteca (territorio central y meridional de México). Centenares de idiomas hablaban estos pueblos, pero los más cultos fueron el quechua del Perú incaico, el maya-quiché y el náhuatl de los aztecas.

Se estima que antes de la llegada de los conquistadores existían alrededor de mil lenguas y dialectos. De ellos, la lengua náhuatl fue la más importante de las habladas en el Valle de México, especialmente Tenochtitlán, Texcoco y Cuautitlán. Luego vinieron los conquistadores quienes con el respaldo de su fuerza y su poderío, impusieron una lengua incapaz de nombrar nuestra flora y nuestra fauna y nuestras propias costumbres y formas de vida. Por eso, a su retorno a España llevaban consigo no sólo una nueva visión de estas tierras ignoradas, sino las nuevas palabras. Ya en 1493 Colón y sus acompañantes hablaban de las canoas indias, término que el mismo Nebrija se apresuraba a registrar en su Diccionario (1495).

Miguel León Portilla, uno de los principales investigadores de la América precolombina, nos recuerda que si las lenguas indígenas eran incapaces de expresar los misterios de la santa fe cristiana --como se consigna en una cédula de Carlos V, de 1550-- tampoco los españoles podían expresar los misterios de la religión mesoamericana.

Así, pues, se difundieron por el mundo entero y penetraron en idiomas lejanos: tabaco, papa, maíz, hamaca, sábana y caníbal –entre otras- del taíno de las Antilas; huracán, del quiché de Yucatán; piragua, patata y manatí, del Caribe; cacao, chocolate, chicle, tomate, tamal y coyote, del náhuatl de México; quinina, alpaca, guano y pampa, del quechua del Perú; coca, del aimará de Bolivia; ipecacuana, ananás (piña), tapioca, jaguar y ñandú, del guaraní del Brasil y Paraguay.

Y es que cada país o región se caracteriza por el uso preferente de su propio vocabulario indígena.

Así, el zopilote (también llamado zope, shope, chombo, nopo, según las regiones) de México, cambia de nombre al cambiar de país: zoncho o noneca (Costa Rica), aura tiñosa (Cuba), jote (Chile), urubú (Paraguay), y chulo, galembo, chicara o gallinazo en Colombia, según las regiones.

En Nicaragua, los conquistadores se encontraron con varias etnias procedentes del extranjero: los miskitos, sumos y matagalpas, vinieron del Valle del Orinoco (Venezuela); de Texas y Guerrero (México), llegaron los subtiavas o maribios; de Chiapas (México), los chorotegas o mangues, y del Anáhuac (sur de México), los náhuatl.

Todas estas lenguas y dialectos han dejado su huella –transitoria o duradera- en el habla nicaragüense. Por ejemplo, del chorotega son de uso común vocablos como: lapa, ñoca, ñámbar y nambira; dundo y las expresiones con la palabra mejenga (va mejenga, dale mejenga, y pura mejenga), constituyen una herencia del subtiava; el matagalpa nos dejó el tafiste; del sumo nos queda el pipante, y del miskito: poponé, congo, zajurín y pijibay. Del háhuatl, que constituye el substrato del español de Nicaragua, hay más de seiscientas voces, que Mántica recoge en El habla nicaragüense. Basta citar las toponimias que nos proporcionan toda una información enriquecedora: Nicaragua (“Aquí junto al agua” o “aquí junto al Lago”); Ticuantepe (“cerro del tigre”); Asososca (“lugar de agua azul”); Momotombo (“gran cumbre ardiente”); Oyate (río de “agua espaciosa”), y Apoyo (“laguna de agua salada”).

La presencia del maya –según Mántica- es casi nula: chele, culumuco, cumba, pijul, pocoyo, cususa, garrobo, chiclán y naborí (laborío). Del chorotega se conservan unas diez, de las que cinco son las más difundidas: lapa, nambira, ñámbar, ñoca, ñoño. Del subtiava: dundo y mejenga y sus expresones: va mejenga, pura mejenga. Del matagalpa: tafiste; del sumu: pipante; del miskito: poponé, congo, zajurín y pijibay.

Pero la mayor riqueza de voces indígenas no está en el habla general, sino en lo regional o local, porque en cada región las lenguas indígenas locales contribuyen con un número de préstamos que quedan dentro de sus propios límites. En las Antillas y la costa norte de Venezuela y Colombia abundan arahuaquismos y caribismos que no se usan en otras partes como auyama (ayote), cocuyo (quiebraplata), guanajo (especie de pavo), jíbaro (individuo de una tribu indígena). En Nicaragua, es probable que muchos topónimos náhuatl se usen solamente en nuestro territorio, como el nombre de algunos ríos (Malacatoya, ‘río que serpentea’); lagos (Cocibolca, ‘lugar donde está el grande de los dos [lagos] gemelos); lagunas (Apoyeque, ‘agua salada’); volcanes (Mombacho, ‘cerro inclinado’); ciudades (Juigalpa, ‘ciudad grande’’); tipos de terrenos (talolinga, ‘donde tiembla la tierra’).

La influencia indígena más importante es la de la lengua náhualt, cuya pervivencia en el español de Nicaragua refleja los siguientes rasgos:

1) Coexistencia con la voz española general, como mecate (‘reata’), cusuco (‘armadillo’), etc.

2) Voces con matiz especial, distinto al de la voz hispánica correspondiente: pepenar, diferente a ‘recoger’; mayate, diferente a ‘amarillo’; chachalte, diferente a ‘acre’; cachipuco, diferente a ‘cachetudo’ (cachetón), chacalín, diferente a ‘camarón’.

3) Voces que han desplazado a las españolas correspondientes: zacate (‘hierbajo’); milpa (‘maizal’), chapulín (‘saltamontes’), etc.

4) Voces que designan realidades nuestras para las cuales no existe el equivalente en español: zapote, cenzontle, guatusa, pozol, tamal, pinol, huacal, comal, tenamaste, etc.

El aporte de las lenguas indígenas a la cultura universal no se reduce solamente al aspecto léxico –con más de cuatro mil voces-, pues en cada lengua y en cada región de América hay una visión particular del arte, de la realidad y del mundo que puede ser compartida con todos los hombres. En eso radica su valor principal.

rmatuslazo@cablenet.com.ni