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Parece que una de las cosas más difíciles es saber cuándo debe uno apartarse de la foto, porque a algunas fotos el tiempo las tiñe de vergüenza.

En el caso de algunos obispos y cardenales, esto se convierte en un discernimiento largo y complicado. Estoy viendo una imagen de mediados de los setenta. En ella, el arzobispo se sienta frente al general salvadoreño Carlos Humberto Romero. El arzobispo acaba de ser investido en su cargo, y el general en el de presidente. En ese tiempo y en ese país, dos poderes muy cercanos. De hecho, los grupos favorables a la tiranía se alegraron de que ese arzobispo, en particular (que comparte apellido con el presidente), asumiera el liderazgo de la iglesia católica salvadoreña. Era uno de los suyos.

No es que pastores, obispos o cardenales molesten. No es que esté uno en contra de ellos ni medien diferencias de creencias o ideas, o no se valore el papel de algunos en la historia de sus pueblos, o en las labores de ayuda a la gente con problemas. Pero si uno observa imágenes de diferentes épocas y países, siempre están allí. A derecha e izquierda de sus gobernantes, junto a las tarimas, sentados en los palcos o detrás de las flores. Sus manos prontas a bendecir a los gobernantes, sobre todo, y por alguna razón especial, cuando esos gobernantes aspiran a quedarse con el poder para siempre (ese “siempre” que permite este tiempo mortal). ¿Qué manía conduce a algunas autoridades eclesiásticas a retratarse junto a poderes sospechosos de todo? Desde Constantino, en el siglo III, la Iglesia no ha dejado de caer en la misma tentación del poder. ¡Qué obsesión!

En épocas cercanas, cuando se les ha cuestionado su apoyo a regímenes totalitarios, unos se han defendido con el argumento de la labor apostólica para enfrentar el gran peligro del comunismo; otros con el mismo argumento para decir que el peligro era el neoliberalismo. En ambos casos, siempre han creído que Dios estaba con ellos. Así que uno se los imagina arrodillados ante el Sagrario, o en sus capillas privadas, preguntando al Altísimo: “¿Debo sentarme, mi Dios junto al trono de este mundo?” E imagino que imaginan que Dios les contesta que sí, y añade que lo hagan “por el bien del pueblo”.

Los gobernantes que utilizan las fotos con un obispo o cardenal saben muy bien que la presencia del pastor invita al pueblo de Dios a creer en sus líderes mortales como instrumentos del Dios inmortal, “cuya voluntad determina el destino de cada nación”, de modo que un obispo o un cardenal se cree investido de suficiente poder como para dictaminar si un gobierno es cristiano o no lo es. El problema surge cuando entre los miembros de la jerarquía eclesiástica tienen una división de opiniones radicalmente distinta.

Casi todos los dictadores más crueles del mundo hispano y latinoamericano han tenido su foto con cardenal u obispo al lado, persiguiendo la difusión de un mensaje parecido al de  “Dios con nosotros”.

Ahí están las hemerotecas por Internet: Trujillo, Somoza, Franco o Pinochet. A ninguno le ha faltado una amigo purpurado que dispusiera ante los fieles católicos la bendición a sus líderes (el mismo Juan Pablo II le daba la comunión Pinochet mientras. en los alrededores del estadio donde se celebraba aquella misa, la policía reprimía salvajemente a los manifestantes). Ni siquiera Fidel desaprovechó la ocasión de retratarse cientos de veces junto al mismo pontífice cuando visitó La Habana.

El tiempo hace de esas fotos algo tenebroso, ¿no creen?

Mucho antes de la Inquisición y mucho después, no han faltado autoridades de la iglesia de Pedro arrimados al poder por intereses personales. Y por algo más peligroso aún: creer que Dios les iluminaba para bendecir o ejecutar ciertas acciones. Algunas veces, hicieron obras positivas, no lo dudo. Pero el hecho de ofrecerse, por ejemplo, a procesionar con líderes políticos bajo palio causa vergüenza a cualquier jerarca de cualquier Iglesia inspirada en Jesucristo.

Cuando las personas dejan de ser personas y adoptan un papel de símbolos (aunque lo hayan representado) actúan de un modo peligroso, ya sea un líder político que cree tener una misión histórica o mesiánica sobre un pueblo, ya sea un pastor de la iglesia que cree que el Dios al que ora le manda hacer lo que hace. Por esta razón, Dios habría sido el culpable no sólo de las buenas obras de los clérigos del poder, sino de injusticias tales como las matanzas de inocentes. He oído confesiones de militares que participaron en desapariciones de jóvenes opositores de sus gobiernos. He oído cómo al consultar con capellanes castrenses, estos les hablaban de la parábola de la cizaña, de separar la hierba buena de la mala, y de que las ejecuciones masivas estaban dentro de un plan de Dios (“el de los ejércitos”) para el que los ejecutores eran su instrumento. Eso, en pleno siglo XX y XXI. La Inquisición no está tan lejos.

Sí. Mea culpa. Es una barbaridad usar estos ejemplos que no pueden compararse con la realidad de un país donde no pasan esas cosas, o donde aún no han empezado a pasar esas cosas. Pero no hay que esperar demasiado, ¿no creen?

Ningún gobierno que haya utilizado la imagen de las fotos junto a autoridades  eclesiásticas ha tenido buen final. La mayoría acabaron en dictaduras sangrientas. Busco ahora las fotos de aquellos gobernantes asesinos de salvadoreños. Ya no se ve al arzobispo entre ellos. Monseñor Romero supo que iban a utilizar sus bendiciones. Al retirarse de la foto, no tardaron en matarlo.   

Para saber cuándo ha llegado el momento de tomar una decisión como persona creyente  (y no como símbolo), creo que hay que despojarse de la más peligrosa de las vanidades: creerse uno instrumento de un plan salvífico de Dios o de una misión histórica. Dios libre a los pueblos de líderes y clérigos como esos, que no se saben retirar de la foto a tiempo. 

sanchomas@gmail.com