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Uno de los hechos más revolucionarios de los acontecimientos ingleses del siglo XVII  fue la proliferación de folletos políticos en lengua vernácula que circularon entre las  masas populares. Más de 20.000 se conservan en la Biblioteca británica.

Desde entonces, ya no se legisla ni actúa con una dimensión trascendente, sino con el  punto de mira puesto en el que ha de ser reconocido como titular de la soberanía, el  pueblo. El desarrollo de los medios de comunicación de masas sobrepasa los avatares de  la prensa escrita. Aquella galaxia de Gutenberg precisaba de unos intermediarios en la  comunicación de los mensajes: las personas alfabetizadas que los descodificaban para  propalarlos en puentes, ventas y plazas. Centenares de millones de personas en todo el mundo navegamos como vagabundos celestes de Internet.

En plena Convención francesa, Rouget de Lisle entrega a Dantón la letra de La  Marsellesa que éste distribuye para que pase de mano en mano y de boca en oreja más  allá de las limitaciones culturales. Ningún escrito de los revolucionarios fue más  conocido y propalado ni movió más corazones que las palabras de esa llamada a la  acción revolucionaria.

La invención del telégrafo, en 1844, da comienzo a la revolución electrónica con la  considerable transformación de la cultura, valores y actitudes que supone.  Esto  engendra una pérdida de identidad que sólo puede aliviarse mediante el conocimiento  consciente de su dinámica.

El proceso alcanzó su paroxismo el 24 de noviembre de 1963 cuando, por primera vez  en la historia, más de doscientos millones de personas, separados entre sí por millares  de kilómetros, se convirtieron en testigos oculares de un crimen. El asesinato de Lee  Harvey Oswald fue retransmitido en directo, implicando a millones de seres anónimos.

Millones de personas analfabetas, y que jamás habían recorrido más allá de unos  kilómetros en torno a su lugar de nacimiento, pudieron viajar con la televisión  infinitamente más de lo que hicieron sus antepasados.

Las nuevas técnicas amenazan con desbordar los saberes científicos de los hombres que  trepidan en la brusca aceleración de la Historia. El hombre vive inmerso en un mundo  cuyo sentido de le escapa y en una dinámica cuyo control se le hace arduo pero insoslayable.

Cuando liberó la energía ésta se convirtió en poder y fue preciso conocer sus leyes para  servirse de ella. De igual modo, el objeto maquinal debió ser reducido a su condición de  siervo so pena que deviniese demiurgo en sí, vana quimera de ángeles dormidos.

Después de la larga noche medieval los saberes del renacimiento se enriquecieron  nutriéndose en el hontanar fecundo del mundo antiguo, porque osaron saber. “Más  bullen griegos que cristianos”, exclama Erasmo y, en las ciudades donde los burgueses  toman el relevo en los controles, la economía se transforma y la sociedad se conmociona. Se trata de un renacer inédito. Ante sus ojos atónitos, se alza un quehacer  inmenso, conscientes de que las sociedades han sido moldeadas más por la índole de los  medios con que se comunican que por el contenido mismo de la comunicación.

La creatividad propia del hombre consiste en asumir el sedimento de la Historia dándole  nueva vida. Por ello, desde la soledad del hombre moderno, huérfano de Dios, hasta la  angustiosa situación del hombre contemporáneo que busca desesperadamente abrazarse  a la esperanza en un vivir que tenga sentido, hemos de proyectarnos en el futuro atentos  al rescoldo que se puede avivar en este salto hacia el futuro, síntoma del nacimiento de  una nueva era.

El hombre ya no teme ni venera al fuego, porque sabe que tiene su origen en el rayo. En  su lugar se alzan otras supersticiones más peligrosas, si cabe, porque se dirigen  unívocamente a la Humanidad como destinataria de mensajes cifrados que moldean,  conforman y enajenan sus vidas.

Quizá sea tiempo de hacer un alto y considerar si no habrá que volver a la verdadera  piedad que, según Lucrecio, consiste en la capacidad de contemplar el Universo con  mente sosegada.

*Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
 Director del CCS
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