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“Digamos de forma más modesta que Wikileaks nos ha
permitido hacer gran periodismo. Periodismo del que cambia
la historia y del que los ciudadanos están cada vez más
necesitados en un mundo donde los Estados y los políticos
tratan cada vez más de hurtar la información a sus sociedades.”


Javier Moreno
Director El País, España


Durante el último decenio el periodismo ha entrado de manera abrupta a una etapa de redefiniciones. Las mudanzas y transformaciones no solo obedecen a los cambios acelerados introducidos por el desarrollo vertiginoso de las tecnologías de la comunicación e información, también tienen una profunda raíz política. Percatado de la enorme influencia de los medios, el estamento político decidió crear sus propias formas de comunicación con audiencias y lectores. El fenómeno ocurre de manera generalizada; mandatarios de izquierda y derecha han optado por una comunicación directa con la ciudadanía a través de sus propios dispositivos mediáticos, antes que verse sometidos a la indagación periodística. La decisión de no brindar entrevistas de prensa, salvo a los incondicionales, las constantes descalificaciones lanzadas contra medios y periodistas, la compra y selección escrupulosa de ciertos medios para la entrega de la publicidad oficial, forman parte de las nuevas tensiones entre medios y gobiernos.

Desde México hasta la Argentina, pasando por Nicaragua, Costa Rica, Colombia y Ecuador, los estudiosos de la comunicación constatan un mismo fenómeno: gobiernos de derecha e izquierda prefieren hacer a un lado a los medios para hacerse cargo ellos mismos de establecer relación con la ciudadanía. Medios y periodistas son los primeros en sufrir las consecuencias de este viraje, son obviados por los jefes de gobierno, debido que prefieren la intermediación de su propio dispositivo de comunicación. Por esta vía tratan de evitar críticas y cuestionamientos, soslayar las interpelaciones a que son sometidos durante las conferencias de prensa; controlar el discurso y comunicarse sin la intromisión de medios y periodistas. Con esta práctica en vez de hacer periodismo lo se inclinan por un discurso más próximo a la propaganda. La debilidad de esta aproximación con audiencias y lectores consiste que sus alocuciones están dirigidas únicamente a grupos afines.

La otra cara del sol es la falta de profesionalismo que incurren algunos medios. En un alarde de confusión meten sus narices en todo, hasta en lo que no deben, convirtiéndose en un abrir y cerrar de ojos, en jueces improvisados; juzgan de forma ligera y precipitada hechos y acciones que requieren tiempo y conocimientos. No satisfechos con haber puesto en evidencia las corruptelas políticas, son incapaces de distinguir hasta donde llegan sus límites. Olvidan que su tarea radica en desenrollar la madeja con que tejen sus embrollos políticos y empresarios. El retiro del velo con que cubren ciertas acciones, forma ´parte de la fiscalización que ejercen. Eso supone desprenderse de algunos sesgos, sobre todo en su empeño por juzgar sin forma ni figura de juicio, olvidando que esa fase corresponde a los tribunales de justicia.

Una de las cualidades del periodismo investigativo obedece al valor agregado que añade a los medios, los periodistas se hacen cargo de temas que algunas personas no quieren que la opinión pública conozca. Nunca es equivalente a los reportajes a profundidad, aunque muchas veces se sirvan de este formato. Para Gerardo Reyes, la diferencia entre periodismo investigativo y de profundidad, consiste que el primero trata de responder la pregunta sobre quién y cuándo lo hizo, y el segundo busca el porqué. Toca aspectos sensibles que lesionan los caudales públicos o intereses que afectan al conjunto de la sociedad. El contexto que viven medios y periodistas, exige cambiar sus rutinas profesionales, no pueden continuar haciendo más de lo mismo; deben mudar de fuentes como de temas y concentrar su interés en aspectos que pocas veces figuran en la agenda. La fiscalización para que sea plena y auténtica, debe incluir al sector privado. Los asedios contra los medios también provienen del sector empresarial.

Los abusos que cometen las dos grandes compañías telefónicas, Claro y Movistar, son rozados tangencialmente. Los excesos de Gas Natural y la manera en que juega con los dados cargados, amerita ser cuestionada a fondo. El sector financiero y la banca privada permanecen fuera de sus reflectores, igual que las compañías urbanizadoras; todos estos actores pocas veces son objeto de sus críticas, pese a reiteradas denuncias sobre los abusos en que incurren. El desbalance entre la forma que fiscalizan al sector gubernamental y la timidez con actúan frente al sector privado es notorio. Viven muchas veces más obsesionados por las intrigas palaciegas, las controversias bizantinas entre los miembros de los distintos partidos y los dimes y diretes en la Asamblea Nacional, que el conjunto de hechos que lesionan de forma directa intereses ciudadanos. Jamás me cansaré de cuestionar la denunciología y el periodismo de transcripción, como llama Daniel Santoro, publicar declaraciones de las fuentes, en muchas ocasiones, sin contrastarlas ni asumir una actitud crítica ante lo que exponen o dicen.

En esta disyuntiva también cabe preguntarse, ¿Quién vigila al vigilante, si este se muestra también renuente de rendir cuentas de sus actos? ¡Esta es la cuestión! Juzgar rehuyendo a la rendición de cuentas. El malestar de la clase política obedece a que los medios le arrebataron la exclusividad que tenían en la intermediación entre el Estado y la ciudadanía. La mayoría de las veces la ciudadanía ve en los medios a un aliado estratégico. El debilitamiento progresivo de las instituciones obedece en parte al funcionamiento de los propios medios, a su capacidad para actuar en tiempo real, trastocando los tiempos con que operan las distintas instancias estatales y gubernamentales. Existen otras causas que han precipitado la crisis de clase política: el crecimiento de la corrupción, la alta partidización de los poderes del Estado, comprometiendo su conducta en forma dolosa: cada vez menos personas creen que los funcionarios cuentan los votos de manera imparcial; erosionando sus bases y por añadidura todas estas conductas fortalecen el funcionamiento de medios. La ciudadanía se inclina por recurrir a los medios para denunciar el incumplimiento de leyes y la forma parcializada con que administran justicia.

Las agendas de medios son demasiado institucionales. Parecieran no darse cuenta que la tentativa de los políticos de considerar a medios y periodistas como intermediarios inútiles, supone nuevas oportunidades para reinventar el periodismo y la profesión periodística. La crisis del periodismo es múltiple. La interrogante abierta por Ignacio Ramonet, preguntándose hace una década qué significa ser periodista hoy, abrió el tema a debate. Los especialistas en ciberperiodismo ratifican que la mayoría de los textos que circulan en la red no son escritos por periodistas. La crisis no obedece únicamente a la decisión de la clase política de configurar sus propios espacios de expresión, internet asestó un golpe mortal a las viejas prácticas periodísticas. En la era de la imagen y de la instantaneidad, conviene tomar en serio las transformaciones en los hábitos de aprovisionamiento, procesamiento, difusión y recepción informativa.