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Pese a que, en lo esencial, el presente proceso electoral no es muy diferente a los anteriores, han ocurrido y siguen ocurriendo innumerables aristas políticas que les son propias. Una de ellas es que elementos de izquierda no participan como candidatos a diputados bajo bandera propia, sino en la lista de una alianza, bajo bandera del Partido Liberal Independiente. Es conocido que este partido vino a menos por la derechización de sus líderes, pero ostenta una trayectoria de lucha anti dictatorial, y desde surgió (1944) cuando sus fundadores –liberales progresistas— se opusieron a la reelección de Anastasio Somoza García. El PLI fue tan popular, que el Partido Conservador le cedió su casilla para el doctor Enoc Aguado, quien derrotó al candidato oficialista, y fue víctima de un fraude escandaloso.

Ligada a esa particularidad está un hecho de signo desconocido en la política tradicional, como es la participación de candidatos de izquierda bajo una bandera liberal. Es un ejercicio real de pluralismo político, de tolerancia entre tendencias políticas diferentes, tras el mismo objetivo: combatir la consolidación del autoritarismo de Ortega. Ortega dirige a un sector político que se jacta de ser no sólo de izquierda, sino de ser la única izquierda, aunque en verdad, ha borrado esa identidad con sus políticas reaccionarias y, por ende, antidemocráticas.

Otro aspecto es que el sector de izquierda en la alianza PLI-UNE  –el Movimiento Renovador Sandinista—, no cuenta con el consenso de toda la izquierda crítica del orteguismo, como el Rescate del Sandinismo y –hasta el momento— y otros sectores de izquierda no afiliados a ninguna de estas organizaciones. Entre sectores, existe discrepancia en torno a cómo participar en el proceso electoral, y en qué forma emitir el voto el 6 de noviembre: como voto nulo –“no cuenten conmigo en esta farsa”—, o como voto “por el mal menor”.

Esos dos conceptos del voto yo los cambiaría por el concepto del voto como la “acción mínima” contra el autoritarismo, contrario al voto como la “acción máxima”. Lo  explico: a) votar nulo es auto-anularse y debilitar al principal opositor de Ortega, fortaleciendo a éste a la vez; b) votar “por el mal menor” es pragmático, pero pasivo, deposita en la voluntad del candidato el destino del voto; c) votar pensando en que se trata de una acción máxima, es tener la ilusión de que con las elecciones se resuelven problemas estructurales –pensamiento propio de los fanáticos de cualquier tendencia—; d) votar con la idea de hacer una acción mínima en contra el orteguismo, es hacerlo por el candidato con mayores opciones frente a Ortega, no con la ilusión de que, ganando, se hallaría la solución definitiva de los problemas, sino con la convicción de que se trata de un primer paso (eliminar el valladar orteguista autoritario) para poder seguir la lucha hacia objetivos sociales y democráticos auténticos.  

Votar con la idea de la acción mínima es apoyar a los candidatos a diputados que se identifican como izquierda y logren ser su voz parlamentaria. Contraria a la máxima aspiración de la máxima esperanza, de ver cambios que no son posibles ahora; votar por la acción mínima, es ir tras el objetivo de impedir la reelección, sin ilusiones utópicas. Es votar para no dejar solo en manos de Ortega y los políticos corruptos el proceso eleccionario.

Al contrario, no votar contra Ortega es fortalecer la opción del oficialismo autoritario y de sus cómplices. Es menospreciar la importancia de la presencia de compañeros de izquierda en el parlamento, donde ya probaron haber realizado una buena labor crítica y que podrían seguir siendo una voz diferente en contra de cualquier desviación política de la fuerza triunfadora.

Las tesis opuestas a la opción de participar tal vez no son tan simples como las que yo expongo; pero no se trata de hacer una exhibición de teoricismo puro, sino de hacer política en una realidad que no es favorable para los objetivos de la izquierda, y por lo cual, precisamente, hay que estar presente en ella para intentar cambiarla, o  impedir que se torne más desfavorable.

Nadie ignora que este proceso electoral no es transparente, que tiene mucha ilegitimidad, comenzando con la candidatura de Ortega; que hace falta un candidato que enarbole un programa de objetivos estratégicos, orientado a demandar cambios estructurales en todos los órdenes de la vida social, con el que se oriente la lucha hacia la transformación del sistema del capitalismo neoliberal vigente.

Pero en este proceso electoral, donde no hay una lucha social avanzada y se carece de estructuras sindicales y políticas de izquierda fuertes, es una utopía encontrar candidatos que nos satisfagan al ciento por ciento.  Es aún más utópico, cuando frente a todos –derecha, centro, izquierda, arriba y abajo— está el valladar de un gobierno con vicios de corrupción y pretensiones monárquicas, el cual está demostrando de todos los modos que su proyecto político es arrasar con los derechos políticos y las libertades públicas de todos los que se le oponen.

La mayoría de la sociedad está frente a cuatro opciones impuestas por el orteguismo: te sometés o luchás; te marginás o te margina. Y el campo de la lucha, ahora, es el electoral; no es el mejor campo ni el más favorable, pero es el más cercano.

Lo sugeríamos en comentario anterior: hay que votar  “consciente de que ninguna elección representa la solución definitiva, (sólo) es uno de los medios por lo cuales se les puede encontrar soluciones a los problemas políticos.” Y reiteramos, que el acto de votar no hay que verlo como la acción máxima, sino como la acción mínima a que estamos convocados por la historia.