Jorge Eduardo Arellano
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El problema más grave que enfrenta la educación nacional es el mal de la corrupción: corrupción en los estudiantes, corrupción en los docentes, corrupción en la administración de los centros educativos.

Sabemos que hay excepciones que honran y enaltecen, pero no pasan de ser eso: una excepción. Lo general es la descomposición que aún observamos en el sistema educativo. Corrupción es regalar títulos y aprobados a cambio de dinero. Corrupción es alterar la matrícula para recibir mayor ayuda del Estado. Corrupción es el acoso sexual de los maestros; es aplazar para cobrar por clases remuneradas; presionar a los alumnos para que participen en rifas, excursiones y otras actividades pagadas; es vender las respuestas a las preguntas que saldrán en los exámenes; o regalar puntos por participar en actividades que nada tienen que ver con la asignatura.

Corrupción en los alumnos es copiarse y hacer trampas para salir bien en los exámenes. Corrupción es coquetear con el profesor o profesora para obtener mejores notas; es faltar al respeto que merece el maestro. Es robar libros, celulares, calculadoras a los compañeros. Corrupción es no cumplir con los deberes escolares. Es la indisciplina, la vulgaridad en el lenguaje y en la conducta. Corrupción es traficar y consumir drogas; lo mismo que pertenecer a una pandilla. Corrupción son las rotulaciones obscenas en los baños y la destrucción y falta de cuido de las instalaciones y bienes del centro educativo.

Combatir la corrupción es, sin lugar a dudas, el desafío más importante que enfrenta el sistema educativo, por su efecto en el desarrollo del país, ya que la corrupción es la causa más importante de la violencia, el atraso y la pobreza.

Si no cultivamos la honestidad, el amor al trabajo, el sentido de responsabilidad, la disciplina, la fortaleza de carácter, la solidaridad social y el respeto a la dignidad humana, difícilmente saldremos de la ignorancia y la miseria.

Si queremos combatir la corrupción, debemos educar en valores a todos los actores del sistema educativo: a los maestros, a los directores, a los alumnos, a los padres de familia. Educar en valores es promover el desarrollo humano, es desarrollar todo aquello que nos hace superiores a los seres irracionales, es cultivar lo bueno y virtuoso que hay en nosotros, lo que nos hace ser más, lo que nos ennoblece y distingue.

Sólo así podremos heredar una Nicaragua mejor a las nuevas generaciones. Recordemos las palabras de Francesco Vincente: “Las generaciones futuras nos juzgarán por el grado de desarrollo humano, más que por el ingreso per cápita”

(*) El licenciado Habed es Decano Emérito de la Facultad de Humanidades de la UNAN y profesor de Ética Profesional y Deontología Jurídica.