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Si bien no existen dos situaciones históricas iguales y sabiendo que son de nula validez las analogías mecánicas, es una tontería no aprender de nuestra historia. El 26 de junio de 1974 fue publicado en La Prensa un documento suscrito por 27 ciudadanos, en el cual se denunciaba la falta de libertad política existente en Nicaragua, la carencia de garantías electorales, la corrupción y los excesos del gobierno somocista de la época. Ese manifiesto, suscrito y promovido por Pedro Joaquín Chamorro -mártir de las libertades públicas- hacía un valiente llamado frente a las elecciones convocadas para ese año, en el que Anastasio Somoza Debayle se reelegiría: “No hay por quien votar”.

Fueron interrogados por la Policía por haber tenido el atrevimiento de exponer públicamente su completo rechazo a un proceso electoral en que somocistas y oposición tenían previsto repartirse su tajada de poder. Mientras los interrogaban en los juzgados, aquellos jóvenes no dejaban de repetir: ¡no hay por quién votar!, ¡no hay por quién votar! Somoza Debayle se reeligió, y Pedro Joaquín Chamorro continuó luchando, hasta el día en que entregó su vida, luego retribuida por el derrocamiento popular de la dictadura.

Desde la perspectiva que sólo el paso del tiempo y la historia nos puede dar, ¿fue un error que Pedro Joaquín y los 27 se atrevieran a oponerse a esa farsa electoral? ¿Favoreció a Somoza con su propuesta? Seguramente no fue nada fácil adoptar aquella posición cuando toda la clase política, incluidos la mayor parte de sus amigos, apasionados llamaban a la participación electoral como la primera obligación ciudadana de aquel momento. Aquella postura, proclamada casi en el aislamiento y al margen de los políticos de entonces, es sin duda parte del legado encomiable de Pedro Joaquín. La fortaleza de sus convicciones y el deber con la verdad –aún en los tiempos de mayor adversidad y no importando si tan sólo eran una pequeña fuerza política organizada-, le fue después retribuida con la victoria popular.

Todos sabemos muy bien que estas elecciones se desenvuelven en el contexto del pacto Ortega-Alemán y que su propósito último es reforzar la acumulación de poder de la cúpula orteguista y sus aliados, poniéndole el velo de legitimidad a los atropellos y abusos, esperando que desaparezcan de nuestra memoria. Como ocurrió con el fraude de las últimas elecciones municipales, ¿se acuerdan?

También sabemos que  casi todas las fuerzas partidarias que compiten en estas elecciones -llamadas “opositoras”-  y los empresarios privados -llamados “apolíticos”- son los que han permitido que Ortega impusiera de facto su voluntad política en el país, su control sobre las entidades del Estado y ahora su ilegal postulación reeleccionista. Sabemos, si tenemos memoria, que los “opositores” nunca movilizaron a sus miles de simpatizantes -que ahora llenan las plazas electoreras- para impedir esa inconstitucionalidad, exigir que todos los nicaragüenses tuviéramos garantías electorales y derecho a construir nuestras propias opciones políticas.

Para nadie es un secreto que todos los candidatos que “compiten” en este fraudulento proceso fueron “designados” de dedo por tal o cual líder o dirigente, a veces con dedos que se señalaban a sí mismos, sin permitir procesos democráticos, aunque solo fuera a lo interno de sus partidos. ¿Son estos personajes los representantes de la sabiduría política, la flexibilidad táctica y el patriotismo que salvará a la nación? Pido disculpas, pero no les creo, a ninguno.

Por eso pienso que es legítimo y justo llamar sin temores al voto protesta. Me rehúso a ser parte de esta farsa electoral y estoy convencida de que aún vale la pena decir la verdad.

Esta es la responsabilidad que nos dejó a los sandinistas el legado de Carlos Fonseca: disipar las ilusiones electorales, fortalecer la utopía y luchar por la construcción de una nueva alternativa. Aunque toda la dirigencia de estas fuerzas políticas, sin excepción y al unísono, nos caigan en zopilotera acusándonos de las más disparatadas cosas, como si fuésemos el “nuevo enemigo” a derrotar.

Nuevamente, por encima de cualquier diferencia del contexto histórico, resulta  innegable que todavía sigue siendo pertinente  aquella reflexión de Pedro Joaquín: “No sólo se nos margina de los procesos políticos negándonos el derecho a elegir, a escoger a nuestros gobernantes, sino que además se nos quiere obligar a efectuar un acto positivo en favor de la mentira, para condonar legalmente esa imposición que sufrimos”. ¿Pensar así es ser “sectarios”, “dogmáticos”, “extremistas” o “locos”? Reclamo mi derecho a pensar diferente, porque como decía Rosa Luxemburgo “la libertad es siempre la libertad de los que piensan diferente”.

monicalopezbaltodano@gmail.com