Jorge Eduardo Arellano
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En un artículo de opinión publicado en la edición del 1 de abril de 2008, en EL NUEVO DIARIO, el camarada Onofre Guevara pregunta si las FARC son o no terroristas. Y juzga que ésta es una pregunta incómoda para la izquierda.

Filosóficamente, la pregunta en sí, encierra, sin querer, un vicio oculto. Ella supone que el terrorismo es una categoría del conocimiento, que se define a sí mismo como intrínsicamente malo, y que nos obliga a descalificar a las corrientes políticas que lo usan, desde una óptica puramente moral.

Efectivamente, el camarada Guevara asume un principio idealista cuando culmina su análisis con la afirmación que “el terrorismo es malo por su naturaleza destructora de la vida humana y la existencia libre de las naciones”.

Intento responder a la pregunta que formulara el camarada Guevara, por medio de un debate de ideas dentro de la democracia obrera (para contribuir a esclarecer, ante los trabajadores, las fuerzas motrices de la revolución social en Latinoamérica).

Para empezar, es esencial reconocer el carácter especial de los medios que utiliza el enfrentamiento militar. El camarada Guevara no ve el terrorismo como un simple método de lucha, cuya razón de ser, en cada circunstancia militar, obviamente, está prevista por la teoría de la guerra (que, en ninguna época, se rige por juicios morales). La guerra, como la lucha de clases, busca atemorizar al enemigo. En todo conflicto armado se trata de minar la moral del adversario. La estrategia militar va dirigida, principalmente, contra el espíritu de combate del comandante en jefe del enemigo. Por ello, militarmente no tiene sentido prescindir del terrorismo, ya que hace parte de la estrategia psicológica de la guerra y, por lo mismo, tampoco es lógico ver al terrorismo como un fin en sí.

En la interrelación dialéctica entre medios y fines, lo importante, sin embargo, no es el medio, sino el fin. Nuestra interrogante, entonces, más que averiguar si las FARC son una organización terrorista o no, debe discernir, en primera instancia, los fines militares, estratégicos, que persigue determinada actividad terrorista de las FARC. Es decir, ¿si tienen sentido militar válido los secuestros de las FARC?
Todas las operaciones militares se supeditan al fin de conseguir un resultado definitivo de la forma más económica posible. Una guerra prolongada no hace más que empobrecer a un pueblo. En la guerra se actúa con fuerzas vivas y morales, capaces de reaccionar. Esto quiere decir que hay cualidades subjetivas necesarias para librar la guerra. O sea, las fuerzas morales constituyen el espíritu que domina toda la esfera bélica. Por ello, la estrategia militar debe desentrañar, prioritariamente, cuál es la fuente de la moral de las tropas enemigas, para hacerle perder la fe y su capacidad para trazar planes, por medio del terror. El refinamiento de la guerra estriba, a propósito, en anular los planes del enemigo y en vencerle sin combate.(1)
Sin embargo, entender las fuerzas morales que intervienen en cada guerra es complejo, y el terror mal concebido se vuelve en contra del general incompetente. La crueldad estúpida puede darle al enemigo una razón poderosa para luchar con un valor desmedido.

Desde este punto de vista, de la teoría psicológica de la guerra, los secuestros de las FARC tienen un efecto militar desastroso para su propia moral de combate. El terror militar de las FARC, que incluye secuestros de mujeres para mantenerlas cautivas por años en la selva, en lugar de fortalecer el espíritu combativo de sus tropas, o de minar la fe del adversario en la victoria, suscitan en la opinión pública nacional e internacional un efecto adverso al objetivo militar de las FARC. El pueblo de Colombia, en lugar de estar cada vez más dispuesto a morir bajo las banderas de las FARC, simplemente, anhela la paz.

Pero, más importante aún que el análisis de los fines militares, es emitir un juicio político sobre las FARC. Recordemos que la guerra no es más que la expresión de la política por otros medios. La política, como dice Clausewitz, es la madre de la guerra. De modo que en el terreno político debemos aclarar cómo incide la acción militar y el terrorismo de las FARC, de manera concreta, en la lucha de clases.

En definitiva, la pregunta vital para un marxista no es si las FARC son terroristas o no, sino, ¿cuál es el carácter de clase de las FARC? ¿Y si éstas son revolucionarias o no?, en función del efecto que su política ejerce en la lucha de clases del proletariado.

La lucha de las FARC es, probablemente, la más dramática expresión de una sociedad en descomposición, desarticulada violentamente desde el asesinato de Gaitán por parte de los conservadores, en 1948. Una sociedad en la cual las clases dominantes se han mostrado incapaces, por el rol que les ha impuesto el capitalismo mundial, de llevar a término las transformaciones necesarias de la burguesía nacional, para conducir al país a un modelo de desarrollo capitalista indepen-
diente.

En esta contradicción insoluble del desarrollo nacional dentro del modelo capitalista, las FARC no son ni por su carácter de clase ni por sus métodos de lucha, la respuesta política, revolucionaria, que conduzca a la superación de la contradicción por la vía del socialismo en Colombia (con una clase proletaria en ascenso que encabece un nuevo modelo de producción).

La revolución es un proceso histórico objetivo que surge de la lógica de las contradicciones sociales, no a voluntad de ningún grupo, supuestamente de vanguardia. Es a través de incesantes batallas teóricas y políticas que la clase obrera en ascenso se vuelve consciente de esas contradicciones, y que lucha a fondo por el poder. El rol del partido obrero es el de despejar el camino que lleva desde la madurez objetiva hasta la madurez subjetiva, consciente.

La revolución, para los marxistas revolucionarios, sólo puede surgir de la agudización de la lucha de clases, la cual pasa por la huelga política de masas, la insurrección armada y la conquista del poder estatal.

La clave del problema, para los marxistas, es el rol de la clase obrera en la revolución. La hegemonía del proletariado en la revolución social, a la cabeza de las otras clases oprimidas. Este rol está determinado, objetivamente, por el grado de desarrollo de la producción, por la alineación de las fuerzas de cada clase, por el peso social del proletariado.

Por ello, sólo cuando millones de trabajadores están organizados y llega la hora de una crisis decisiva, los revolucionarios impulsan la sublevación de las masas y se recurre al alzamiento armado en función de la composición social del ejército, que es el factor decisivo para la toma del poder en el momento de la insurrección.

En el plano político, las FARC no adelantan ninguna línea que busque la liberación definitiva de la esclavitud asalariada, que es la esencia del programa socialista. De manera que nadie puede pensar que el terrorismo de las FARC sea un método efectivo para lograr una transformación social.

Para realizar los secuestros que practican las FARC no es necesario contar con las masas organizadas. Las operaciones terroristas de este grupo militar, en esencia, son una cara más del burocratismo, que no confía en las masas y que trata de sustituirlas siempre.

La política militar de las FARC intenta compensar, con los secuestros, su falta de presencia en el seno de los trabajadores. Pero, a la vez, reduce en la conciencia de las masas el rol histórico de su propia participación política y, de esta forma, fortalece la dominación ideológica del liberalismo en Colombia. Con lo cual, cumplen un rol político contrarrevolucionario.

*Ingeniero Eléctrico
(1) A este propósito, resulta absurda desde el punto de vista militar la afirmación que hiciera el señor Humberto Ortega en un llamado reciente a la concertación nacional, de que la guardia de Somoza había derrotado a la guerrilla rural del sandinismo, pero, a la vez, estaba perdiendo la batalla psicológica. El objetivo estratégico de la guerra psicológica, de impedirle formular y adelantar planes de combate al enemigo, no puede conseguirlo una tropa derrotada, y está fuera de tiempo ante un ejército victorioso.