Jorge Eduardo Arellano
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El papa Benedicto XVI mencionó a Juan Pablo II, el “apóstol de la divina misericordia”, en vísperas del tercer aniversario de la muerte de su predecesor, el sábado 2 de abril de 2005.

Cuando Joseph Ratzinger recibió junto con su hermano Georg el sacramento de la orden sacerdotal en la catedral de Freising el 29 de junio de 1951, absolutamente nadie se imaginó que ese metódico y perfeccionista alemán, hijo de un policía católico de Baviera, sería el papa Benedicto XVI. Igualmente, a persona alguna se le ocurrió pensar que cuando él ingresó como profesor en la universidad de Bonn, en 1959, este religioso devendría en uno de los más prominentes teólogos de la iglesia católica de las últimas décadas. En unas de sus tantas conferencias inaugurales ofrecidas en diversas universidades, creo que fue en la primera, que abordó acerca de “El Dios de la fe y el Dios de la filosofía”, quizás desde ese momento, ya estaba advirtiendo al mundo que con esos extraordinarios dotes de intelectualidad y sencillez para abordar los problemas de la fe se catapultaría para ser reconocido como uno de los teólogos más respetados y dogmáticos de nuestra época.

Creo que pocas personas sabemos que este papa no quería ser papa, antes quiso renunciar y retirarse, para viajar y conocer más lugares que no conoce, principalmente, según dice el mismo Ratzinger, la cuidad de Roma. Que desde 1981, Juan Pablo II, lo eligió para dirigir la Congregación para la Doctrina de la Fe, organismo que desde que lo asumió el “Mozart de la teología” los críticos le llamaron la Santa Inquisición. A pesar de todas las críticas en su contra, todos le reconocen su profunda agudeza para abordar los problemas religiosos, de esa forma fue sumando poder hasta convertirse en la mano derecha de Juan Pablo II. Desde mucho antes de la muerte del carismático papa “Peregrino”, sus pensamientos fueron de los más influyentes, por tal razón solo la fuerza de los hombres rompería la voluntad de Dios de nombrarlo el papa número 265, en la institución más antigua que la humanidad ha conocido.

Hoy en día el Papa Benedicto XVI es un Monarca y preside una Monarquía absoluta del Estado de la Cuidad de Roma. Su idioma oficial es el latín, su pasaporte está hecho en esa lengua, no paga impuestos. Tiene el Ejército más pequeño del mundo, con 110 soldados Suizos. Tiene tantos poderes que entre otras cosas podría ordenar en cualquier momento hasta la creación de una flota marítima con su propia bandera. También esos mismos poderes le han arrastrado por años la fama de duro y ortodoxo, en el pasado se mantuvo durante sus 24 años al mando como guardián de la Fe de la Iglesia Católica, su labor ha sido tan polémica que sus detractores lo han comparado con el trozo del muro de Berlín que se encuentra depositado en un sitio privilegiado del Vaticano. Sin embargo, su apariencia que no intimida, y su voz suave y fina entran en contraste con sus palabras contundentes de prefecto de la fe.

No obstante, siempre tiene quienes lo defienden, como es el caso del arzobispo de Colonia, uno de los más cercanos y fieles amigos del nuevo Pontífice, Cardenal Joachim Meisner, el cual en el año 2005 acuñó el apelativo de “Mozart de la teología” para el Papa Benedicto XVI. Según explicó la razón: “significa que el Santo Padre es entre los teólogos como Mozart entre los músicos. Su teología es verdadera y es bonita. Es como la música de Mozart”. Aunque tiene para los mismos religiosos una reputación de conservador que calan los huesos, de rezar mucho y de ser un feroz aficionado de la música clásica. A pesar de su labor sacerdotal, ha escrito unos 60 libros, la mitad traducidos al castellano y más de 300 artículos. Sirvió como profesor de dogmática en muchas facultades, sus temas predilectos de estudio han sido liturgia y misión, escatología y encarnación, dogmática y mística, piedad y liturgia, fraternidad cristiana e institución jerárquica.

El papa, se destaca por su rigor, claridad, precisión y contundencia. La estética es tan importante para él, como la ética. Nunca aceptó la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Juan Luis Segundo y Jon Sobrino. Siempre ha creído que está impregnada de marxismo y diablismo. La Iglesia Popular le parece un “cuento chino” latinoamericano inaceptable. El rechazo de Ratzinger es tan viejo que en septiembre de 1984, cuando la Comisión para la Doctrina de la Fe, presidida por él, afirmó que “no se reconocería ningún teólogo serio en América Latina”. Para muchos a razón de sanciones asentó el centralismo del Vaticano. Eso le ganó grandes detractores y apodos como “el gran inquisidor”, por su ortodoxia frente a propuestas como el sacerdocio femenino, el fin del celibato y la comunión de los divorciados vueltos a casar…...Al final lo de “suavidad” y “dureza” del papa especialista en teología no está en la música clásica de Mozart, ni en las duras paredes del Vaticano, sino en sus absolutos y monárquicos poderes.

*Abogado, Notario Público
Coronel ®