Jorge Eduardo Arellano
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Uno de los asistentes a la presentación de la novela “El infinito en la palma de la mano”, de Gioconda Belli, se mostró escéptico cuando le dijeron que el destacado filósofo Alejandro Serrano Caldera presentaría la obra en el inmejorable escenario del parque japonés de Managua, que es un verdadero edén botánico. Levantó sus hombros y dijo: --Qué tiene que hacer Serrano Caldera aquí…
El tipo de tan despectivo comentario tendría que tragarse sus palabras minutos después, cuando el comentarista nos ofreció una exploración magistral de la novela, comenzando con un parangón con el poema “El Paraíso Perdido”, de John Milton, que cuenta el paso de la historia sagrada a la historia humana, a partir de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Señaló que mientras éste es una meditación sobre la culpa y el pecado, “El Infinito…” es una narración maestra sobre la libertad y la transgresión. Más adelante diría que ante la prohibición que encadena está la transgresión que libera.

Contrario a la obra de Milton, en la novela de Gioconda --dice Serrano-- la Serpiente no es la encarnación del mal, sino un interlocutor del que extrae Eva las primeras noticias sobre el conocimiento y la libertad de asumir el drama de la existencia, el destino, con todas las posibilidades del bien y del mal. La Serpiente le dice a Eva que una sola prohibición anula la libertad, que sin libertad absoluta no hay felicidad verdadera. Añade que para la autora el ser humano es una pasión permanente, hija de la sed de conocimiento y del afán de libertad.

Por eso, Alejandro Serrano nos trajo la frase de Sartre, “el hombre está condenado a la libertad”, después recordó a Carlos Marx y su planteamiento sobre la felicidad del trabajo libre (en contraposición del trabajo que enajena), y luego nos condujo de la mano a la creación del mundo según el “Popol Vuh”, donde hay un diluvio universal, pero no un Paraíso ni el pecado original, sino la lucha por vivir y sobrevivir.

Una vez que Eva prueba el higo, la fruta prohibida, renuncia a la eternidad y a la felicidad sin incertidumbres, y se da el acto fundacional de la humanidad, el inicio de la Historia, de la duda y el dolor. El filósofo afirma que Eva sacrificó la eternidad por el saber, el conocimiento y la libertad e inauguró así la especie humana que se debate desde entonces entre la naturaleza y la historia, la razón y la fe. Serrano recuerda entonces que la condición de la humanidad no la da únicamente la muerte, sino, además, y sobre todo, la conciencia de la muerte, y subraya ese hecho tan dramático de que el ser humano es el único ser viviente que está consciente de que debe morir.

Después que Eva y Adán muerden y saborean la fruta prohibida, el Paraíso Terrenal se desvanece en la novela de Gioconda Belli y, según Serrano Caldera, en su lugar se va conformando el mundo humano con sus pasiones y razones, con sus pecados y virtudes, con sus ambiciones y renunciaciones. Han muerto los semidioses del Paraíso Terrenal y ha nacido el ser humano. El ser viviente de la naturaleza, el ser biológico, nace cuando, junto con la vida, nace el destino inexorable de la muerte.

Continúa Alejandro: El humano es un ser desgarrado y finito que se debate entre las contradicciones internas y externas, el bien y el mal, el amor y el odio… Y añade: El fin del Paraíso Terrenal es el principio de la lucha por la vida individual y colectiva, de la persona y de la especie humana en su totalidad y con ello se inicia la historia humana en el tiempo y en el esfuerzo permanente por encontrar la virtud, el bien, el amor y la felicidad, en medio del vicio, el mal, el odio y la angustia. En el relato de Gioconda --continúa el filósofo--, Eva crea el mundo, no el paraíso, sino el mundo desgarrado y restaurado por la acción libre del ser humano.

En uno de los momentos en que con expresiones de complicidad el público se metió de lleno con el expositor, Serrano Caldera recordó que en la novela, la Serpiente le dice a Eva: “Tendrán una vida efímera, pero les aseguro que no se aburrirán. Al no tener vida eterna tendrán que reproducirse y sobrevivir, y eso los mantendrá ocupados. Confabulación de los asistentes con lo de estar muy ocupados tratando de reproducirnos. Siempre sucede que lo sexual es tan atractivo.

He participado en varias presentaciones de libros, y suele haber de todo: comentaristas responsables, aduladores, condescendientes, técnicos o profesionales, también irreverentes y críticos, así como estafadores que dicen cualquier cosa sin haber leído la obra, pero en la presentación de “El infinito en la palma de la mano” fue un privilegio escuchar y disfrutar de la lucidez y erudición de Alejandro Serrano Caldera, que con su sapiencia lo convierte todo en sencillez atractiva y luminosa, pese a que urde, fragua, teje y entreteje un mundo complejo de cosmovisiones, teorías, códigos y personajes, y logra conducirnos por un mundo lleno de descubrimientos y revelaciones.

Casi al finalizar, el filósofo rescata de la novela de Gioconda Belli una pregunta perturbadora que le hace Eva a la Serpiente, refiriéndose a las generaciones futuras, quizás a nosotros: ¿Volverán al Paraíso? ¿Se aburrirán? Y la Serpiente responde: Quizás no. No sufrirán la ceguera de la inocencia, el anhelo de saber de la ignorancia. No necesitarán morder frutas prohibidas para conocer el Bien y el Mal. Lo llevarán con ellos. Sabrán que el único Paraíso donde es real la existencia es aquél donde posean la libertad y el conocimiento.

Eva renunció a la eternidad por la libertad. ¿Renunciaremos nosotros a la libertad por el autoritarismo?
*Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com