Jorge Eduardo Arellano
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La violencia social había comenzado algunos años antes. Los medios de comunicación colombianos reportaban cifras espeluznantes de muertos, entre cincuenta y cien diarios, con un total de víctimas estimadas en quince mil, desde 1946. A nivel de guerra civil.

Eran los años inmediatos del fin de la segunda guerra mundial (1945), que tantas expectativas de libertad había despertado en los pueblos de América Latina y El Caribe. Un subproducto no deseado de la alianza del imperialismo norteamericano con la Unión Soviética en la lucha contra el nazifacismo, que impulsó las fuerzas progresistas de la región.

A partir de la 1944, iniciándose con la revolución guatemalteca, la democracia se convirtió en el objetivo de las luchas populares en América Latina y el Caribe. Un movimiento que desembocó en la creación de la Legión del Caribe (1948), con el apoyo decidido del gobierno revolucionario de Guatemala. El saldo de estas luchas por la democracia fue positivo.

En Centroamérica, por ejemplo, la caída de (Hernández) Martínez en El Salvador, de Carías en Honduras, el tambaleo de Somoza, el primero, en Nicaragua, y la frustrada revolución costarricense. En el Sur, el derrocamiento de Isaías Medina Angarita y la elección de Rómulo Gallegos, en Venezuela, y la llegada de Perón y el surgimiento del peronismo en Argentina. Y en el resto de los países grandes avances en las luchas populares, incluyendo en los dos controlados militarmente por los Estados Unidos: Panamá, donde el pueblo enarbola la bandera de la devolución del Canal, y Puerto Rico, donde da un gran salto la lucha por la independencia.

Colombia no podía ser la excepción. La oligarquía conservadora recurrió a todo tipo de crímenes para conservar el poder, organizando fuerzas de choque contra el pueblo y dirigentes políticos del Partido Liberal. Entonces surge un nuevo liderazgo liberal que propone acabar con la situación de virtual guerra civil resolviendo sus causas, principalmente el problema de la tierra. También una demanda popular de la época.

Un nuevo liderazgo que se organiza alrededor de un mestizo aindiado, tanto que le llamaban el negro, pero con nombre de patricio: Jorge Eliécer Gaitán, cuyo carisma potencia su discurso doctrinario, radical para la época, así como su credibilidad y su capacidad de convocatoria. El liberalismo, que había prendido desde la elección de Alfonso López Pumarejo, en 1934, se potencia y se riega como pólvora por todo el país, colocando a Gaitán como ganador de las siguientes elecciones generales, programadas para el primer semestre de 1948.

La situación de efervescencia política en la región, sin embargo, nunca fue sorpresa para Washington. Fue más bien un costo consciente de la consolidación de su poder mundial de posguerra, en dos frentes, para garantizarse el control de ambas frente a la URSS, el otro polo de poder surgido de la segunda guerra: la creación de la Organización de Naciones Unidas y la reconstrucción de Europa.

Simultáneamente y con el mismo propósito Washington echó a andar los mecanismos para la recuperación absoluta de América Latina y el Caribe, a través de la ya añeja institución de la Conferencias Interamericana, que tanto éxito le había reportado después de ocho conferencias desde 1898. Esta vez, sin embargo, con la variante provisional de Conferencia Específica.

Entonces Washington organizó dos conferencias específicas. La de Chapultepec (21 de febrero-8 de marzo de 1945), que fue la fundacional de la nueva organización político-militar; y la de Río dos años después (15 de agosto-2 de septiembre de 1947), que concretó la organización militar con la suscripción del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, para la defensa de cada Estado miembro contra ataques extranjeros del mundo comunista. Otros dos años después convocó a la IX Conferencia Interamericana, para concretar la organización política, mediante la suscripción de la carta de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Por el mismo ambiente político de la región, la IX Conferencia despertó el interés de la mayoría de los jefes de estado, pero principalmente de Juan José Arévalo, presidente del gobierno revolucionario de Guatemala, y de Juan Domingo Perón, presidente de Argentina, quien se propuso disputarle a Washington el liderazgo de la Conferencia.

Coyunturalmente, la decisión de Washington de celebrar la Conferencia en Bogotá (30 de marzo/2 de mayo de 1948) fue un apoyo al gobierno conservador, en contra del nuevo liderazgo político liberal. Pero históricamente fue un reconocimiento a la obsecuencia de la oligarquía colombiana, que arranca con el apoyo para frustrar el Congreso Anfictiónico (22 de junio-15 de julio de 1826), y que en esta ocasión, falsificando la historia y traicionando la memoria del Libertador, le permitía reivindicar aquella asamblea fundacional de la unidad regional como antecedente histórico de la nueva organización hemisférica. Fue un apoyo productivo.

Alrededor de las 12:45 del día viernes 9 de abril de 1948 —un día como hoy hace sesenta años—, en medio de la efervescencia política que se había arraigado en el país y que se había disparado en Bogotá en ocasión de la IX Conferencia, el pueblo capitalino, en desbandada, gritaba: ¡mataron a Gaitán!, ¡mataron a Gaitán!, ¡mataron a Gaitán!. Luego fue la anarquía. Parte de la Policía bogotana se rebeló, y el ejército aprovechó para descabezar el movimiento liberal y matar a mansalva a cuanto ciudadano anónimo encontraba por las calles, presumiendo que lo respaldaba. Una matanza que pasa a la historia como el “Bogotazo”.

«A Gaitán pudo matarlo la CIA (…) el imperialismo pudo haber matado a Gaitán, es una teoría que tiene lógica. A Gaitán pudo haberlo matado la oligarquía, es lo más probable (…) La oligarquía mata porque organiza una conspiración para matar a alguien o porque organiza toda una campaña y crea condiciones psicológicas para que alguien mate a una figura política», dice Fidel Castro, que estaba ahí. Porque coincidiendo con los estudiantes argentinos, y con el apoyo de los estudiantes de Venezuela, Panamá y Colombia, había decidido confrontar a la IX Conferencia, organizando lo que hubiese sido el primer Congreso Latinoamericano de Estudiantes.

Frente a la represión los liberales se alzaron en armas en los departamentos y municipios que ya controlaban políticamente, por lo menos desde 1946: Boyacá, Santander, Antioquia, Nariño, los Llanos Orientales, y el sur de Tolima. Así empieza la guerra civil en la cual participan cuadros importantes del Partido Comunista Colombiano, y que duraría entre seis y ochos años, hasta el desalzamiento de los principales líderes liberales, modificándose como consecuencia la naturaleza de la guerra, convirtiéndola en una verdadera guerra de liberación.

Luego vendría el Pacto de Sigses (26 de julio de 1957), el “Pacto de la fundación de la segunda república”, como le llamaron la oligarquía conservadora y la emergente oligarquía liberal que se le sumó, para alternarse en el poder por dieciséis años, pero que se prolongó hasta 1991.

Pero también, la institucionalización de la rebelión armada, la guerra de liberación nacional, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, desde entonces bajo la conducción de Manuel Marulanda Vélez, Tiro fijo.