Jorge Eduardo Arellano
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La vida ha sido la responsable de colocarnos ciertas cosas, muchas veces diferentes en contra y a favor de nuestras voluntades. Entre las cuales están los ídolos, aquellos que han sido causas de nuestras creencias o no. Esos ídolos, para la inmensa mayoría de nosotros, en términos raquíticamente humano, son imagen de una deidad, objeto de culto, persona o cosa amada y admirada con exaltación. Construidos por la misma humanidad y su evolución histórica, durante millones de año. Muchas veces nos ha liberado menos y esclavizado más al mismo tiempo.

La Biblia acertadamente sobre los ídolos dice: “Los ídolos son de plata y oro, obra de manos de hombres. Tiene boca mas no hablan, tienen ojos mas no ven, orejas tienen mas no oyen, tienen narices mas no huelen, manos tienen mas no palpan, tienen pies mas no andan, no hablan con su garganta, semejante a ellos son los que los hacen y los adoran, y cualquiera que confía en ellos”. Salmo 115. Todos esos nefastos fetiches, los mismos tienen diferentes composiciones y formas, unos son más que otros imaginarios que reales. Aunque también los hay espirituales, de carne y hueso y hasta del sexo femenino. Todos por ahí, variedades producto del tiempo, lugar y espacio, y porqué no del gusto también. O simplemente de la fuerza del mercado, (consumo y demanda). Dinámica que los hace a unos y otros finitos e infinitos. A pesar de la suma de todos, esas efigies; (dinero, placer, poder, tiranías, personajes, etc.) nos conducen al mismo camino, el largamente ansiado, el que nos pertenece y somos libres de escoger al final. Y aun encontrando lo que anhelamos y deseamos, no siempre significa el cumplimiento pleno de lo que ambicionamos y pacientemente esperamos. Ni mucho menos una excelente combinación de certeza en nuestro destino. La forma de vivir y pensar nos ha deparado grandes hazañas en la vida, de las que siempre nos quejamos, pero en los resultados unas veces salimos beneficiados y en otras perjudicados. Por supuesto que la sumas de valores circunstanciales tiene un peso determinante en nuestra existencia y entre felicidad o infelicidad, y las mismas pesan de manera decisiva. Por ejemplo, nadie aceptaría que una tiranía o la guerra, pudiera traernos beneficios, aunque esté demostrado que al finalizar la misma todos hemos cambiado, para mal o para bien. Lo sorprendente de todo es que el sufrimiento humano sigue siendo tan resistente y reacio al dolor que continuará repudiado y temiendo a quienes se encarguen de hacerlo sufrir.

No importa qué tantas fuerzas tengan los ídolos, todos, uno por uno, caerán y pasarán de moda, como ciertos objetos en la historia.

Uno a uno desaparecerá para tranquilidad de nuestra conciencia, cuando logremos liberarnos de los mismos, o cuando otros nos liberen de ellos. Pero entre los ídolos existen unos que son tangibles y otros intangibles, algunos que tienen menos vida que otros, porque sencillamente son finitos. Estos encarnan a las personas comunes y corrientes, como ciertos personajes que la historia universal los coloca en esas categorías; Sabiamente ha sido la vida misma la que se ha encargado de ilustrar y mostrarnos en toda su real dimensión que bien o mal formada era ésa imagen divina o no, para nosotros, según sea el caso. “El crepúsculo de los ídolos”, libro escrito por Nietzsche entre 1888 y 1889, describe en primer término cómo los ritos Apolonios y Dionisiacos se debaten constantemente en la vida de los seres humanos, más que como una simple figura cualquiera. como una realidad entre el bien y el mal. El ídolo y la tragedia sobreviven, pero relativamente. La realidad se encargara de desenmascararlo y desaparecerlo.

Muchos ídolos y monumentos todavía nos lamentamos de que estén en pies. Otros han caído. Y los falsos héroes, las estrellas de masas, los líderes más populares. Esperan el pago de nuestras monedas para que los veamos actuar. Y los que no tienen moneda ofrecen sus almas, aunque sea por televisión para que nuestras deidades, como dioses se pasen la vida hablando, engañado y remplazándonos a todos en todo. Actuando y pensando por nosotros. Gracias que de muchos lugares del planeta han sido arrancados, han caídos sus cabezas y colgados algunos en la soga de la historia. Deberíamos arrancarlo para siempre y por completo. Aprovechando la revolución del conocimiento, el nuevo avance de la expansión de la información. Así como cayeron los ídolos de la guerra Fría, podrían caer ahora otros como: El partido Comunista Chino, que reprime actualmente al pueblo pacífico del Tibet. Hugo Chávez que explosivamente lleva a Venezuela quién sabe a que sacrificio. Bush para que deje de llevarnos a guerras innecesaria y salga de Irak. Fidel Castro a quien el pueblo Cubano cada día que pasa le ofrece su gratitud y agradecimiento, pero igual le solicita que les conceda la libertad con dignidad. O Daniel Ortega que ofuscado por su retorno al poder inventa de todo menos la armonía que necesitamos los nicaragüenses para salir de la pobreza. Entonces…… Los ídolos también caen.

*Abogado, Notario Público
Coronel ®