Jorge Eduardo Arellano
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Desde 1995 hasta diciembre de 2007, la Academia Nicaragüense de la Lengua ha editado -sin incluir los números de su revista- 55 libros y folletos, distribuidos en nueve series: Crítica y ensayo (10), Naturaleza (1), Homenajes (5), Discursos de ingreso (4), Lexicografía y lingüística (9), Serie rubendariana (9), Creación (poesía y narrativa: 11), Raíces (9) y Biografía (1). Pues bien, el último título publicado correspondió al volumen décimo de la primera serie: un ensayo de índole filosófica, el primero en esa temática.

De hecho, el ensayo filosófico ha tenido en Nicaragua -durante las últimas décadas- escasos representantes. El más fecundo, reconocido internacionalmente y consagrado a reflexionar sobre América Latina y las crisis permanentes de Nicaragua, es el académico Alejandro Serrano Caldera. La unidad en la diversidad ha sido el concepto clave que ha manejado y La Nicaragua posible su propuesta.

En torno a Serrano Caldera surgieron otros ensayistas que es necesario destacar. Ante todo, Freddy Quezada: un sociólogo aficionado a la filosofía postmoderna, exégeta de la teoría del caos y autor de un manual –ejemplo de condensación- sobre el pensamiento contemporáneo. Además, Quezada ha resumido ese pensamiento en Nicaragua y aplicado “Diez tesis poderiales” –el neologismo es de su invención- acerca del subcontinente.

A principios de los años 90, Edwin Silva publicó una antología de textos, con la colaboración Karlos Navarro, para divulgar la filosofía latinoamericana. Sin embargo, si el primero concentraría su atención en los derechos humanos y la educación ambiental -además de trazar perfiles de cuatro humanistas nicaragüenses-, el segundo centró su interés en la violencia, el poder y la historia, las ideologías trasmutadas y demás aspectos similares.

Otros han incursionado en el género: desde Jaime Perezalonso, quien ha meditado sobre el yo y el hombre, adscribiéndose al esoterismo; pasando por Ricardo Pasos y Álvaro Urtecho, hasta Pablo Kraudy, el único que ha formulado una historia social de la ideas en el país a partir de la primera mitad del siglo XVI. Y no sólo eso. También se ha apropiado de la especialidad como experiencia metodológica.

Al margen de los referidos, Plutarco Cortez (San Francisco, municipio de Santa Teresa, departamento de Carazo, 15 enero de 1947) ha escrito el ensayo: “Postmodernidad y pensamiento ágil”, que patrocinó nuestra corporación como estímulo al autor y para aportar un grano de arena a los debates filosóficos postmodernos. En realidad, “el caso” de Plutarco siempre me ha interesado: un autodidacta que aprendió a leer, por su propia cuenta, a los 17 años, en una hacienda bananera de Chinandega y que, incorporado a la ciudad ejerciendo varios oficios –el ultimo en el área de la construcción- se entregó a la literatura en el año axial de 1979.

Dos poemarios y una novela corta constituyen sus búsquedas. El primero, Bajo el agua vertical (1994), se desarrolla en un ámbito de contenido genésico, cósmico y visceral, “como si el universo estuviera creándose permanentemente, pero a la vez destruyéndose y volviéndose a crear en una dialéctica de negatividad eterna”, según Álvaro Urtecho (1951-2007), su prologuista, amigo y maestro, lector e interlocutor. En el segundo, Víspera del diluvio (1995), Plutarco adquiera una conciencia plena de que su obra se halla ubicada dentro de los parámetros de la postmodernidad. Y fue en su novela La mala digestión (1994, corregida y aumentada en 2003), también prologada por Urtecho, donde proyectó explícitamente esa conciencia.

Ahora, en su referido ensayo expone y comenta las ideas básicas del filósofo estadounidense Richard Rorty (1931-2007), uno de los representantes del neopragmatismo de su país y figura del postmodernismo mundial. Este su contenido: “Un yo contingente”/ “Se acabó la metafísica” / “El hombre y el tiempo” / “Todo es memoria” / “La palabra nombra y da forma” / “Sólo la creación salva” / “Por una nueva actitud estética” / “Por una pluralidad a todos los órdenes”/ y “El humanismo en la postmodernidad”. Si Plutarco asimila y está de acuerdo con Rorty –al compartir la pura contingencia, la poética heideggeriana y la tradición lúdica de origen nietzscheano-, también aporta conceptos personales, terminando su trabajo con una serie de aforismos titulada “Sensibilidad y predisposición”. “Vivimos al borde del misterio. Es preciso que nos convirtamos en acróbatas y es importante también que aprendamos a trasmutar nuestro lenguaje” –dice en uno de ellos-
Plutarco –nuestro amigo tiene nombre de filósofo- no ha leído todo Rorty, por ejemplo su autobiografía Trotsky y las Orquídeas salvajes; pero lo conoce a fondo y cree que la democracia y el capitalismo son los peores sistemas –a excepción de los otros- creados hasta hoy. Y considera, sobre todo, que la literatura es una rama del conocimiento con mayor capacidad que la filosofía para describir la realidad del hombre. “El problema –plantea Rorty- no es entender mejor la naturaleza humana, sino hacer que los seres humanos sean más felices. La literatura es más útil que la filosofía, porque para lograr este último objetivo hay formas de sufrimiento humano que la literatura puede hacer vívidas de una forma que la filosofía no puede”.

En fin, Plutarco Cortez concibe y logra su identidad como un acto de autocreación, afirmando la importancia de la libertad individual. Por eso afirma en otro de sus aforismos: “Vamos a erradicar de la cabeza del hombre la noción delimite. No hay distancia que no pueda ser recorrida por la imaginación del hombre”. Y en otro sostiene: “En la perspectiva de los hombres superiores no hay punto medio; se elevan hasta el cielo o se hunden en las profundidades del infierno”.

*El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.