Jorge Eduardo Arellano
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A este lado del Caribe estamos nosotros, los del Pacífico. Los descendientes de los nagrandanos, los que estamos bien. Del otro lado están los mulatos, miskitos, sumos y ramas, en la selva virgen del paraíso nicaragüense. Donde se baila palo de mayo, se come rondón y el sol brilla intensamente en las pieles caobas de nuestros hermanos costeños. De este lado estamos empantanados en el subdesarrollo, del otro lado están en el umbral del infierno. Es la mera verdad.

La Costa Caribe tiene una historia particular, llena de sangre, dolor y desesperanza. Es una prueba emblemática de lo fragmentado que estamos y de la corta visión de los gobernantes de turno. De ellos, de los caribeños, no sólo nos separan ríos y agrestes montañas, sino una gigantesca barrera cultural e idiomática que pesa varios siglos. Nunca nos hemos entendido. Ellos viven de la caza, la pesca y la coca, porque no hay empleo y nadie se preocupa por su situación. Los del Pacífico vivimos del café, de la carne, de la maquila, del comercio y de las divisas que nos envían desde el exterior. Y gracias a un Estado pigmeo, hemos desarrollado una infraestructura urbana, donde se ha asentado una clase media en crisis. Ellos, abandonados por el Estado y las instituciones, han buscado cómo sobrevivir pescando en el mar lo que puedan cazar con el anzuelo: peces, tiburones y hasta paquetes de droga que dejan los narcos.

Ésta es la triste historia del Caribe. Nosotros, los del Pacífico, los tenemos marginados. Sólo nos acordamos de ellos cuando escuchamos su contagiante música, o cuando nos comemos unos deliciosos chacalines o unos afrodisíacos cocteles de langosta. Y decimos, sin ofender, qué buena es la música y la comida costeña. O cuando los vemos en televisión salir despavoridos de sus casitas de tambo, huyendo de un huracán. O cuando se pierden en el mar y los encuentran muertos, con los ojos mirando hacia el cielo, flotando en las oscuras aguas del Atlántico.

A veces cuando escucho a mis hermanos de la Costa hablar de separatismo y de ruptura con los que vivimos en el Pacífico, no dejan de tener razón. Incluso, he observado que cuando un miskito anda en la zona del Pacífico no se siente en su hábitat. Es un extraño, aún cuando lo cobije la misma bandera y lo proteja la misma Constitución. Pese a que nuestro idioma oficial es el español, ellos se sienten mejor hablando sus lenguas maternas. De ahí que se sientan autónomos, a veces hondureños, otras veces colombianos, otras veces nómadas, menos nicaragüenses. En sus ojos hay nostalgia y rencor por el olvido. En sus corazones hay dramas y pesadillas. Pocas esperanzas y alegrías. Y a pesar de que somos hermanos y que compartimos el mismo cielo, que estamos dentro del trapecio, Puerto Cabezas sigue siendo una base de narcos y un pueblo tan pobre y tan triste como esos que usted mira en las películas del Oeste. Tierra de nadie y de sombras. En Puerto la vida no vale mucho. La noche y el día forman parte de una oscuridad histórica. Y Bluefields sigue siendo una ciudadela triste, olorosa a pan de coco, a la espera de un Estado con visión integradora que la convierta en un verdadero parador turístico.

La Costa Caribe sigue siendo el paraíso perdido de Nicaragua. Tiene oro, piedras preciosas y madera. Sus etnias son un capital cultural incalculable. Sus habitantes son pobres porque no han sido integrados institucionalmente y han sobrevivido gracias a las bondades y maldades del mar. Mientras esto ha sucedido, los del Pacífico seguimos viendo esta zona con alma de piratas, de aves de rapiña que sobrevuelan el lugar en busca de tesoros perdidos. Empresarios nicas y extranjeros viajan a la Costa para sondear negocios. Obtienen las ganancias y se llevan la plusvalía. Sin embargo, la naturaleza es tan generosa e infinita que el tesoro sigue allí, casi intacto, a la vista de todos, pero preferimos verlo de largo, observar sus bailes, disfrutar de sus mujeres mulatas, de su paisaje y su comida, de su cultura y sus costumbres, como que si se tratara de un lugar que no estuviera en Nicaragua. Pero la clase política se ha equivocado. La Costa Caribe es Nicaragua. Es el gigante que algún día no muy lejano despertará para sacarnos de la pobreza y el subdesarrollo. El día que ese gigante invada Nicaragua las cosas cambiarán de este lado del caribe. Ya no hablaremos de nicaragüenses de primera y segunda clase. El tambor olvidado sonará en nuestros oídos y la sangre mulata que todos llevamos en nuestras venas despertará de su largo letargo para redimirnos como una sola nación.