Jorge Eduardo Arellano
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Todavía puedo verle en las mañanas, con la camisa impecablemente planchada y el pelo recién peinado con un maletín bajo el brazo y subiéndose al bus camino de clase. Todavía puedo verle con la mirada inquieta y a la vez retirada. El mejor estudiante de su grupo. Y al regreso, correr a hacer las prácticas, a estudiar, subiéndose de nuevo al bus y rifándose un angosto lugar en medio del bullicio bajo la barra metálica a la que se aferraban decenas de manos de estudiantes que salían a última hora.

Todavía puedo escuchar los rumores que no dejaron de seguirle los pasos, en forma de siseos. Murmullos sobre su vida, sus gustos, sus afectos.

Todavía puedo escucharle cuando contestó a mis condolencias por la muerte de su papá: “el problema no es que se haya muerto”, me dijo, “todos somos de la muerte; el problema es que no dejó ciertos asuntos ordenados y resueltos”.

Todavía puedo recordar los comentarios que de él decían. Todo mundo haciendo conjeturas de con quién iba y con quién venía. Todavía y con dolor se pueden sentir las risas; todavía y con dolor se pueden sentir los juicios. En boca de todos, las vidas de todos. Porque en realidad es tan fácil. Digo, ver a alguien caminar y saber dos o tres cosas de esas que se hacen hacia afuera, y entonces decir, ahí va fulanito, es tal y tal y tal. Tan fácil es decir de alguien lo que es y lo que no es, aunque nada de eso sea o aunque todo eso fuera.

Todavía, también puedo recordar a un profesor de mi escuela que un día nos planteó un dilema:
“Si a alguno de ustedes le preguntaran de improvisto y ahora mismo quién es…” y en eso se fue donde Madero, un compañero que tenía la desgracia de que los profesores lo escogían para todo lo bueno y todo lo malo (sobre todo salir a la pizarra sin haberse estudiado la lección), y cuando estuvo más cerca de él le preguntó: “por ejemplo, Madero, ¿puedes decirme quién eres? No contestes con tu nombre, ni con lo que haces, sino quién eres de verdad y qué opinas de ti mismo”. Pero Madero hizo lo de siempre, mirar al resto del grupo, pero en el resto del grupo se hacía también lo de siempre, unos cabeceaban para otro lado y otros se reían por lo bajo. No era sólo Madero. En verdad, aquella respuesta ninguno de nosotros se la sabía. El profesor continuó explicando:
“Ahora bien, si te preguntase quién es tu compañero, el que se sienta a tu lado, seguramente no titubearías tanto, y al menos sabrías decirme cuatro o cinco cosas que lo definieran. Y si yo le preguntase a tu compañero de al lado si estaba de acuerdo con aquella definición, seguramente habrías acertado, pongamos en un cincuenta por ciento, y probablemente ninguno de los dos estaría en lo cierto. Si tan difícil es saber explicar cómo somos, y cómo podemos ser en frente de las cosas, cuánto más debería serlo para opinar sobre los otros. Si apenas podemos llegar a decir quiénes somos, si apenas nos da miedo entrar en lo más profundo de nosotros, cómo nos atrevemos a decir, describir a otro más lejos que uno mismo”

Pero quién no compite en este Deporte Nacional por excelencia: el chisme, soltar la sin hueso, meternos a cribar en vida ajena lo que creemos que está bien y lo que no está bien. Y realmente, parece sabroso sentarse a la mesa a la hora de cenar y degustar las vidas, enterarnos del vecino con el morbo parecido a las cámaras de los noticieros que se acercan a los heridos y muestran sus vísceras, si es preciso. Alimentarnos de los demás, de la vida que creemos que es la vida que viven y no otra. Quién no compite a saber más y decir más, en una violación de la intimidad que es a veces más lesivo y dañino que el que va contra la propiedad.

“No des de qué hablar a la gente”, le decía una abuelita a su nieto, un consejo que es un reflejo de todos nosotros. Como si lo importante fuese no lo que hagás sino que la gente lo sepa. He oído a novias decirle a sus novios, si alguna vez me los “ponés” (ya saben a qué me refiero), procurá que no se entere nadie. Terrible, si uno lo piensa bien.

Hay miles de ejemplos en los que si hubiéramos callado, si hubiéramos otorgado la misericordia del silencio, la benevolencia de pensar que lo que sabemos de otra persona no es probablemente ni la milésima parte de un sinfín de historias, y es mucho más pequeño que lo que sabemos de nosotros. Un silencio de respeto ante algo sagrado, o al menos tan respetable como el corazón humano. Y yo mismo me confieso en estas líneas, porque a los periodistas ya saben que este vicio nos viene por añadidura en ocasiones.

Recuerdo la hermosa metáfora de aquella enfermera que Roa Bastos, en su novela Hijo de Hombre, describía dando sus servicios durante la cruenta guerra del Chaco. La enfermera había sido anteriormente algo parecido a una prostituta. Cuando ejercía, nadie le criticaba. Lo empezaron a hacer cuando cambió de profesión y se hizo enfermera. Entonces no dejaron nunca de recordarle su pasado. La benevolencia del silencio, del pensar que en el fondo, poco o casi nada sabemos, nadie de nadie. La vida no es sólo lo que vemos u oímos.

Así que todavía puedo recordar aquella tarde que al volver me dijeron que el muchacho, el mejor estudiante de su clase, había muerto en extrañas circunstancias, un modo de sugerir otras cosas. Un muchacho, como les gusta decir a los maestros, con “un porvenir brillante”, que sin embargo interrumpió una vida cuya carga probablemente le resultó sofocante. El silencio de su despedida selló muchos labios, y nos cayó a todos. No supimos nunca qué ocurrió ni por qué. No supimos nunca quién era. Tampoco, quizá, queríamos saberlo. Pero si al menos le hubiésemos otorgado cierto silencio.

franciscosancho@hotmail.com