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Representantes de los Estados Iberoamericanos se han reunido en San Salvador para analizar los contenidos generales de su XVIII Cumbre del próximo octubre. El tema es “Juventud y Desarrollo”.

América Latina alcanzará hacia 2015 su máximo de dotación de jóvenes, entre 15 y 24 años. En cierto sentido nuestra región nunca ha sido tan joven. Simultáneamente las naciones europeas de dicha comunidad ven decrecer el número de sus jóvenes, a pesar de los flujos migratorios que reciben.

La Cumbre se desarrollará cuando en la región latinoamericana priman los gobiernos democráticos. Sin embargo, se trata de repúblicas heridas por la desigualdad: en este siglo el 10% de los latinoamericanos más ricos son dueños de entre 34% y 47% de todo mientras que al 20% de los más pobres les toca entre 2% y 5%, dependiendo de los países. Democracias saludables no se desarrollan en dicho contexto; más bien las circunstancias actuales pueden ser caldo de cultivo para la germinación de serias amenazas a los regímenes de libertades que se han venido construyendo.

Parece pertinente que la próxima Cumbre profundice en la gobernabilidad democrática y la tarea que en ello le cabe a la juventud así como en el rol que, para el fortalecimiento de la democracia tanto como para la construcción del desarrollo, tiene la promoción del trabajo decente.

En América Latina y en Europa los jóvenes son los que más sufren el desempleo y la precariedad laboral. El 17.5% de los europeos entre 15 y 24 años no tiene trabajo y casi el 40% del total de desocupados de la Unión Europea es menor de 30 años. En Latinoamérica casi 22 millones de jóvenes no estudian ni trabajan y en Europa uno de cada cuatro jóvenes se encuentra en riesgo de marginalidad al no tener las calificaciones para acceder al mercado laboral.

No es sostenible un desarrollo que no se construya a partir de la más amplia participación de los ciudadanos, en edad de producir, en los mercados de trabajo. Además entre las mejores políticas para combatir la desigualdad están la promoción de más y mejores empleos y la formación en las capacidades para acceder a ellos o para generar el propio puesto de trabajo.

Usualmente la primera votación, para la gran mayoría de latinoamericanas y latinoamericanos, coincide con el ingreso al mercado laboral. Votar la primera vez como desocupado, expresando la voluntad política de que las cosas cambien para mejor, y volver a hacerlo en una segunda o tercera oportunidades en la misma condición o como informal no es saludable para la democracia ni bueno para la gente y sus sociedades.

En 2005, cuatro de cada diez jóvenes encuestados en la región (entre 18 y 29 años) expresaban indiferencia en materia de régimen de gobierno. Señalaban que “en algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático” o “nos da lo mismo un régimen democrático que uno no democrático”.

Los jóvenes de una democracia latinoamericana señalan que insuficientes oportunidades de trabajo es uno de sus problemas fundamentales. Para quienes ello constituye su principal problema la confianza en su futuro personal es baja y consideran que la democracia o no existe o hay que perfeccionarla.


Contar con jóvenes que, adecuadamente capacitados, trabajen y puedan así colaborar en la construcción de desarrollo -en democracia- parece ser una meta indispensable para que Iberoamérica consiga una inserción cada vez más ventajosa en la globalización.

100 millones de jóvenes con empleos productivos y trabajo decente pueden colaborar, en América Latina, con la construcción de un tipo de desarrollo que merezca el calificativo de humano y de una gobernabilidad democrática que facilite la superación de la desigualdad que hiere a nuestras sociedades.


*Director de la OIT para Centroamérica, Haití, Panamá y República Dominicana.

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