Jorge Eduardo Arellano
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Todas las mañanas los veo. Contemplo sus cuerpos acostados en las bancas de los parques, sus pies mugrosos de tanto recorrer la ciudad y un saco de bramante donde guardan desperdicios de comida, latas de cerveza, botellas plásticas y alguno que otro objeto de valor que encontraron en los botes de basura. Sus sábanas son periódicos y cartones viejos. Su reloj es el sol y la luna. Sueñan con estrellas lejanas. Esperan el amanecer para dormirse y luego desaparecen como fantasmas.

Me refiero a los indigentes. A los miles que pululan en los parques, andenes y calles de nuestras ciudades, con sus sacos al hombro, revisando basuras, llenándose de estiércol y de mugre, de malos hábitos porque el mundo es malo. No tienen techo, ni trabajo, ni cama, ni alimento, ni siquiera un cartón viejo en donde reposar sus huesos. Tienen días y quizás meses de no bañarse ni comer bien. Y sus ropas se le adhieren a sus cuerpos como calcomanías.

Nadie habla de ellos. De vez en cuando, algunos Medios de Comunicación Social publican conmovedoras historias sobre el drama de estas personas que buscan como denunciar sus tristezas en el espejo mediático. Otras veces, algunos organismos no gubernamentales inventan proyectos de ayuda, con el propósito de reinsertarlos a la vida. Pero esto es apenas una panacea para estos indigentes. Cuando los veo, con sus zapatos rotos, sus pantalones raídos, sus camisetas transparentes y sus ojos llenos de muerte, me convenzo de que el infierno está aquí, en los parques, en los lugares deshabitados, en la penumbra de la noche, en los miles de hombres y mujeres que la pobreza ha reducido a espectros ambulantes, la mayoría de ellos candidatos a delincuentes callejeros, criminales, porque el hambre no tiene ética ni normas.

Me pregunto: ¿Quién se acuerda de estos indigentes? Nadie. Quizás Dios, pero el diablo los alimenta. La gente los ignora y los discrimina. Cuando se topan accidentalmente con ellos en algunas calles o parques, evaden la mirada y evitan pasar cerca como si tuvieran lepra. Nadie los quiere. Son los hijos de la noche y de la pobreza. Los olvidados por todos. Estoy seguro que muchos de ellos hubieran sido excelentes técnicos y profesionales, buenos padres de familia, buenos hijos y hasta buenos líderes políticos, pero la pobreza y el sistema los discriminó y ante la falta de oportunidades, los envió a las calles a sobrevivir, a robar para poder comer, a dormir en lugares peligrosos donde aprendieron a pulir todos sus instintos, a construir un lenguaje grupal, a y acampar en los parques o en casas derruidas y solitarias donde descansan y hurgan en sus sacos de bramantes algún resto de comida vieja que encontraron en su recorrido por los elegantes suburbios de la capital.

La otra mañana, mientras caminaba en el parque, vi a una niña de ojos verdes buscando afanosamente agua en una fuente. Por su tamaño, su boca apenas alcanzaba a rozar el chorro de agua. Cuando me miró, se puso nerviosa. Luego me di cuenta que su madre estaba dormida en una banca y con un trapo viejo protegía su cara de la luz de la mañana. Me acordé de Luis Buñuel y sus maravillosas imágenes de los olvidados. La mujer se levantó, regañó a la niña y se puso a reír conmigo, dejando ver su amarillenta dentadura. Su rostro era extraño. Era joven, pero sus ojos secos y su cabello desgreñado la hacían verse vieja. Parecía hermana o prima de la muerte. A lo mejor. No estoy seguro. Luego comenzó a sacar de su saco unas latas viejas de cerveza, y abrió un paquete donde había un coctel de comida amanecida. Quién sabe de qué bote de basura lo había sacado. Y comenzó a comer sin asco, con placer, sin importarle si los frijoles ya estaban descompuestos por el tiempo, o si los perros habían probado previamente esa comida. Ella comía instintivamente, sin importarle la calidad y el sabor de los alimentos. Quería sentirse llena. Comer para seguir deambulando por las calles de Managua en busca de más comida.

Esta es la triste vida de los indigentes de Nicaragua. Sé que usted los ha visto y se ha apartado de ellos. Es obvio: les tiene lástima y miedo. Son miles. Son un ejército de hombres, mujeres y niños que se dispersan en las madrugadas por todos los barrios de Managua, buscando en los botes y paquetes de basura, comida, o cualquier camisa vieja que usted desechó, o algún objeto útil que ellos puedan canjear o vender para poder sobrevivir. Y así pasan la vida, hasta que todos hagamos algo por ellos y los saquemos de la indigencia para mostrarles el amanecer.


felixnavarrete_23@yahoo.com