Jorge Eduardo Arellano
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Los ganadores del gran impulso de la globalización de los años 1990 fueron los estados pequeños como Nueva Zelanda, Chile, Dubai, Finlandia, Irlanda, las Repúblicas Bálticas, Eslovenia y Eslovaquia. Los tigres del este asiático que presionaron para ubicarse en el centro de la escena de la economía mundial eran unidades pequeñas y, en algunos casos, como Singapur, Taiwan o Hong Kong, ni siquiera eran tratados como estados. Incluso, Corea del Sur, que en comparación es un gigante, era solamente medio país.

Este tipo de estados son vulnerables y el pasado está sembrado de globalizadores pequeños y exitosos que fueron derrotados por la política del poder: las ciudades-estados italianas del Renacimiento, la República Holandesa o, en el siglo XX, el Líbano y Kuwait. Los estados pequeños frecuentemente se convirtieron en las víctimas de vecinos más grandes, pero más pobres envidiosos de su éxito y ansiosos por apoderarse de sus activos, pero olvidando al mismo tiempo que un ataque de este tipo, en realidad, destruye la fuente de riqueza y dinamismo.

En el mundo de la globalización pura, a los estados pequeños les va mejor, porque son más flexibles y pueden adaptarse más fácilmente a los mercados de rápida evolución. Los estados pequeños tienen mejores resultados a la hora de ajustar las políticas públicas, liberar los mercados laborales, establecer un marco sólido para la competencia y facilitar las fusiones y adquisiciones internacionales.

La urgencia de un programa de esta naturaleza ha sido subrayada en muchos análisis recientes sobre el desempeño deficiente de las principales economías de Europa continental –Francia, Alemania e Italia-, comparado con el de economías más pequeñas y mucho más dinámicas del norte y centro de Europa. Pero, al mismo tiempo, los estados pequeños también tienen más probabilidades de triunfar cuando se trata de defender los aspectos cruciales del estado benefactor.

Un estado más grande inevitablemente puede tomar más medidas para controlar la economía y, por ende, está expuesto a la costosa tentación de intervenir en respuesta a la presión política de intereses establecidos. En el marco de un estado pequeño, la imposición de una densa red de controles probablemente conduzca a la pérdida de factores móviles de producción, mientras que en un estado grande es más difícil que haya una fuga de mano de obra o capital.

En el escenario internacional, los estados grandes intentan establecer reglas internacionales, y muchas veces construyen su legitimidad interna en base a su argumento de que son capaces de definir un mundo más grande: piensan en términos de lo que los pensadores franceses llaman “aprovechar la globalización”. En lugar de aceptar el sistema internacional como es, con todas sus imperfecciones, piensan que pueden usar su peso para alterar las reglas –a su favor.

El nerviosismo y el miedo de los estados pequeños empezaron a aumentar alrededor del 2000. La guerra de Irak, la búsqueda por parte de China de fuentes de energía en los países en desarrollo y la agresividad de Rusia en materia de política exterior e interior pusieron de manifiesto las nuevas realidades políticas.

En el mundo de hoy, pareciera que los nuevos ganadores son los estados grandes con poblaciones importantes y crecimiento rápido: Brasil, Rusia, India y China (BRICs), además de Estados Unidos. Estos gigantes dinámicos aterrorizan a las poblaciones adineradas del mundo industrializado con el potencial poder de su competencia de bajo costo, sus productos baratos y su tercerización de servicios.

Los BRICs --podríamos reescribir el término como Países Grandes y Realmente Imperiales (NdeT.: correspondiente al inglés Big and Really Imperial Countries)- proyectan poder con más facilidad, pero también necesitan proyectar poder para compensar sus debilidades. Tienen sus propios problemas, pero al mismo tiempo es probable que se comporten más como los grandes estados tradicionales e intenten reformular la globalización en lugar de aceptarla simplemente como un proceso inevitable.

Existen al menos tres defectos obvios que afligen a estos grandes globalizadores mucho más que a los pequeños globalizadores que habían tenido tan buen desempeño anteriormente. Primero, los países altamente poblados deben integrar su subclase pobre y analfabeta (en China y la India, principalmente rural) cuando participan en los mercados mundiales.

Segundo, China y Rusia tienen sistemas financieros que carecen de transparencia, mientras que Brasil y la India son financieramente subdesarrollados, lo que pone en riesgo una mayor integración en la economía mundial y aumenta las perspectivas de una crisis financiera.

Tercero, Rusia ya enfrenta una caída demográfica masiva y una población que envejece y se enferma; China enfrenta la casi certeza de un bajón demográfico al estilo japonés a partir de la década de 2040 en adelante, un legado tardío de su política de un solo hijo.

Los gigantes geopolíticos defectuosos en el pasado han sido fuente de inestabilidad (Alemania antes de la Primera Guerra Mundial es una analogía obvia) y existen buenas razones para ver que presentan un mayor riesgo en el siglo XXI. Pero, por el momento, son incuestionablemente poderosos.

El resultado es que los BRICs buscarán poder de compensación, e influencia y prestigio militar y estratégico, como una manera de solucionar los problemas internos. Atrás quedaron los años 1990, cuando por un período breve inmediatamente después del fin de la Guerra Fría, parecía que el mundo iba a ser permanentemente pacífico y desinteresado en el poder.

Esa esperanza pronto resultó ilusoria. A muchos analistas, de hecho, los sorprendió la rapidez con que regresaron las tensiones al sistema internacional. Mientras que muchos culpan al comportamiento estadounidense, estas tensiones, en realidad, se han visto alimentadas por el despliegue de una nueva lógica en la política internacional.


Harold James es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y autor de The Roman Predicament.


Copyright: Project Syndicate, 2007.

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