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Mientras el mundo reacciona ante las medidas de fuerza de China en el Tíbet, un país se destaca tanto por su centralidad con respecto al drama como por su reticencia a enfrentarlo. La India, tierra de asilo del Dalai Lama y de los iracundos y fanáticos jóvenes del Congreso de la Juventud Tibetana, se encuentra frente a un dilema.

Por un lado, la India es una democracia con una larga tradición de permitir la protesta pacífica, incluso contra los países extranjeros cuando sus líderes están de visita. Ofreció refugio al Dalai Lama cuando huyó de la ocupación china del Tíbet en 1959, otorgó asilo (y finalmente ciudadanía india) a más de 110.000 refugiados tibetanos y les permitió crear un gobierno en el exilio (a pesar de que la India no lo reconoce) en la pintoresca ciudad montañosa de Dharamsala, en el Himalaya.

Por otro lado, la India viene cultivando mejores relaciones con China, a quien la India humilló en una breve guerra fronteriza en 1962. Si bien su amarga disputa fronteriza sigue sin resolverse, y China ha sido un aliado y un proveedor militar vital para los enemigos de la India en Pakistán, las relaciones bilaterales se han vuelto más calurosas en los últimos años.

El comercio se duplicó en cada uno de los últimos tres años, a un estimado de 40.000 millones de dólares este año; China ya superó a Estados Unidos como el socio comercial más importante de la India. El turismo, especialmente de peregrinos indios a un importante sitio sagrado hindú en el Tíbet, es próspero. Las empresas indias de tecnología de la información abrieron oficinas en Shanghai y la sede central de Infosys en Bangalore contrató a nueve chinos este año. La India no tiene ninguna intención de poner nada de esto en peligro.

El gobierno de la India intentó trazar una distinción entre sus obligaciones humanitarias como país que brinda asilo y sus responsabilidades políticas como amigo de China. El Dalai Lama y sus seguidores reciben un lugar respetado, pero tienen instrucciones de no realizar “actividades políticas” en suelo indio.

Cuando los jóvenes radicales tibetanos montaron una marcha a Lhasa desde suelo indio, la policía india los frenó mucho antes de que llegaran a la frontera tibetana, y detuvieron a 100 de ellos. Cuando los manifestantes tibetanos en la puerta de la embajada china en Nueva Delhi atacaron las instalaciones, el gobierno indio aumentó su protección para los diplomáticos chinos. El ministro de Relaciones Exteriores indio, Pranab Mukherjee -que fue ostensiblemente menos abierto sobre el Tíbet que su contraparte norteamericano durante una conferencia de prensa con la secretaria de Estado Condoleezza Rice-, advirtió públicamente al Dalai Lama que no hiciera nada que pudiera tener un “impacto negativo en las relaciones sino-indias”.

La curiosa postura del Dalai Lama complicó la danza diplomática de la India con China. Es el líder espiritual más visible de una comunidad mundial de creyentes, un papel que la India honra, y al mismo tiempo es un líder político, un papel que la India permite pero rechaza en su trato con él.

Como budista, el Dalai Lama predica el desapego, la realización personal, el desarrollo interior y no violencia; como tibetano es admirado por un pueblo ferozmente apegado a su tierra natal, cuya mayoría busca su independencia de China y gran parte del cual está decidido a pelear por ella. Es el símbolo mundial más reconocido de un país que no ha visto durante casi cinco décadas.

El mensaje de paz, amor y reconciliación del Dalai Lama encontró adherentes entre las estrellas cinematográficas de Hollywood, los hippies de pelo largo, los músicos de rock irlandeses y los políticos indios. Pero no incursionó en absoluto en el régimen que gobierna su tierra natal, y no pudo impedir la inexorable transformación del Tíbet en una provincia china. Sus sermones llenan estadios de fútbol y ha ganado un premio Nobel de la Paz, pero los líderes políticos de todo el mundo evitan reunirse con él abiertamente, por miedo a ofender a China.

Los indios son profundamente conscientes de que, sobre este tema, los chinos se ofenden fácilmente. Si bien la India facilitó la visita sumamente publicitada de Nancy Pelosi, vocero de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, al Dalai Lama en Dharamsala el mes pasado, casi simultáneamente canceló una reunión programada entre él y el vicepresidente indio, Mohammed Hamid Ansari.

Cuando China convocó al embajador de la India en Beijing al Ministerio de Relaciones Exteriores a las 2 de la madrugada para un esclarecimiento sobre las protestas tibetanas en Nueva Delhi, la India dócilmente aceptó el insulto. Aunque el primer ministro Manmohan Singh ha declarado públicamente que el Dalai Lama es la “personificación de la no violencia”, la India hizo saber que no respalda sus objetivos políticos. El Tíbet, dice el gobierno de la India, es una parte integral de China y la India no brinda ningún apoyo a quienes estén dispuestos a desafiar esa condición.

Esa postura tiene detractores. El opositor Partido Bharatiya Janata (BJP, que encabezó el gobierno previo) criticó a la actual administración por no “expresar preocupación por el uso de la fuerza por parte del gobierno chino” y en cambio “adoptar una política de apaciguamiento hacia China con escaso respeto del honor nacional del país y la independencia de la política exterior”. Pero son pocos los observadores que creen que el BJP se habría comportado de manera diferente.

La cruda verdad es que la India no tiene opción en esta materia. No puede minar sus propios principios democráticos y cercenar la libertad de expresión de los tibetanos en su suelo. Tampoco puede permitirse distanciarse de su principal socio comercial, un vecino y una superpotencia global emergente, conocido por su sensibilidad ante cualquier presunto menosprecio de su soberanía sobre el Tíbet. La India continuará transitando un delicado equilibrio sobre su cuerda floja tibetana.


Shashi Tharoor, aclamado novelista y comentarista, fue subsecretario general de las Naciones Unidas.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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