Jorge Eduardo Arellano
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El Papa no es desconocido entre los católicos de ese país. Antes de serlo visitó Estados Unidos para excomulgar a disidentes de izquierda de su religión. Cuando era jefe de la Congregación de la Doctrina de la Fe el cardenal Ratzinger fue apodado Rotweiller de Dios. Los sectores progresistas lo recuerdan como el arquitecto de la estrategia de Juan Pablo II para restaurar un modelo conservador y dogmático de la Iglesia que había desaparecido con el Concilio Vaticano II. No dudó en emplear tácticas de intimidación y castigo contra pensadores disidentes, particularmente con los inspirados por la teología de la liberación. Recuerden que Ratzinger fue quien obligó a callarse al brasileño Leonardo Boff, uno de los más prominentes teólogos de esta corriente.

Ratzinger estuvo cinco veces antes en USA, casi todas como policía de la ortodoxia y al igual que en América Latina trató de suprimir la teología de la liberación y otras tendencias progresistas. Disciplinó a prominentes teólogos como el padre Charles Curran, que abogaba por el derecho a la disidencia pública de las enseñanzas oficiales de la iglesia y cuya carrera académica en la Universidad Católica USA fue destruida por la intervención de Ratzinger en los 80. También al padre Matthew Fox, conocido por su trabajo sobre la espiritualidad de la creación que tuvo que abandonar la Iglesia Católica. Amonestó a varios líderes católicos, entre otros al arzobispo de Seattle, Raymond Hunthausen, por tolerar la homosexualidad y por participar en causas políticas progresistas. Hay muchos casos más guardados en secreto.

Siendo Papa ha mantenido su rechazo tajante al aborto, la participación igualitaria de las mujeres en la Iglesia, la homosexualidad y todo lo que considere “manchado” de marxismo. Las corrientes progresistas en USA tienen una larga historia dentro de la Iglesia Católica. De aquí surgió el movimiento progresista de Católica Worker, y sus reconocidos representantes, los hermanos Philip y Daniel Berrigan, que encabezaron las acciones más recordadas contra la guerra de Vietnam.

Unos tres mil líderes y trabajadores católicos de corrientes progresistas le enviaron una carta abierta en la cual lo instaban a no reunirse con Bush en protesta por la guerra contra Irak. Pedían el fin inmediato de la guerra y añadían “si usted se arrodilla en señal de pesar e indignación ante la cruz del Cristo ¿puede ofrecer su bendición a un jefe de gobierno que justifica los abusos más terribles de mentes y cuerpos humanos como algo legal?” Uno de los firmantes, el obispo Gumbleton, de Detroit, ha sido líder progresista en varios asuntos y con varios obispos más se ha sumado a la lucha por la dignidad y la defensa de los inmigrantes, de los pobres, de los discriminados, de los encarcelados. Clama por reformas a fondo, por justicia económica y social y por el fin de la pena de muerte. También está el padre Roy Bourgeois, quien se ha dedicado incansablemente a la campaña para clausurar la Escuela de las Américas, donde se capacitan los peores militares latinoamericanos responsables de golpes de Estado, tortura y matanzas en toda la región, con asesoría yanqui. Otro es el padre Jerry, quien desde hace décadas busca cómo alimentar a los más pobres de Chicago; vestido de civil, el padre Jerry responde a quienes le preguntan dónde trabajaba, que es un burócrata de la empresa transnacional más antigua del mundo: la Iglesia Católica.

Pero ésta es la iglesia de abajo y su programa no incluyó reuniones con quienes no eran de la cúpula política o religiosa de ese país. Su misión fue dar un espaldarazo a Bush.