Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

PARÍS
“¡No mezclen los deportes con la política!” El grito desafiante de los gobernantes chinos a las amenazas de un boicot a los Juegos Olímpicos de este verano en Beijing no resiste la prueba de la realidad. El deporte y la política siempre han estado estrechamente vinculados.

Abundan los ejemplos obvios. Los Juegos Olímpicos de 1936, en Berlín, estuvieron tan marcados por la propaganda nazi como por los eventos atléticos. Durante la Guerra Fría, “la diplomacia del ping pong” ayudó a revivir las relaciones oficiales entre China y Estados Unidos. En 1990, Alemania armó un solo equipo olímpico antes de que el país se reunificara.

Afirmar que la política y el deporte pueden estar más separados en la época mediática actual que como lo estuvieron en el pasado es particularmente ingenuo. Beijing recibió los Juegos Olímpicos por una combinación de razones económicas y políticas, y China deseó albergarlos por las mismas razones. La tensión actual entre China y (principalmente) la opinión pública occidental en vísperas de los Juegos es el resultado de incompetencia, hipocresía y una indignación legítima pero potencialmente contraproducente.

La incompetencia de China en su manera de abordar la crisis en el Tíbet no es ninguna sorpresa. Sencillamente, el régimen chino es víctima de su propia incapacidad de reformarse. China vio en los Juegos Olímpicos una oportunidad simbólica de consolidar y celebrar su nuevo estatus en el mundo. Tomada por sorpresa en el Tíbet y por virulencia y la popularidad de lo que han descrito como sentimientos “antichinos”, los gobernantes chinos han recurrido a las herramientas tradicionales de los regímenes autoritarios, tornando el profundo nacionalismo y la sensación de humillación de sus ciudadanos hacia los críticos occidentales.

Hoy los chinos suenan casi tan asombrados por el supuesto maltrato a la antorcha olímpica en Londres, París y San Francisco, como lo estaban los estadounidenses en el año 2001: “¿Por qué nos odian tanto? ¿Qué les hemos hecho?” Aislado, por obra propia, de las realidades políticas globales e incapaz de comprender el significado de una “sociedad civil”, el régimen chino azuza a su público en expresiones de desafío a todo lo que “no respete a China”, lo que sólo refuerza las reacciones negativas.

Sin embargo, la hipocresía de Occidente casi iguala la incompetencia del régimen chino. En el momento mismo que la comunidad internacional “confirió” los Juegos Olímpicos a China, Occidente demostró lo poco que en realidad le importan los derechos humanos y la democracia. La idea de que el régimen chino iba a reformar rápidamente el país para convertirlo en un gigante abierto, moderado y benevolente fue un fraude, un enorme error de percepción, o bien puras ilusiones.

El dilema que plantea China a los regímenes democráticos es comprensible. Atrapados entre su necesidad desesperada de fondos y mercados y su necesidad de responder a los sentimientos de sus ciudadanos, oscilan entre la condena y el apoyo a China, intentando con dificultades encontrar un camino coherente que defienda los principios de Occidente sin afectar sus intereses económicos.

Ahora Occidente cree haber encontrado una “tercera vía” al amenazar con boicotear la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, pero no la competición misma. Así, el pueblo chino, los atletas del mundo y un planeta hambriento de “pan y circo” no quedarán privados de lo que esperan y los gobernantes chinos no quedarán impunes por su desprecio a los derechos humanos y a la opinión pública internacional. El problema es que una opción así exige la absoluta determinación de los gobiernos de demostrar con hechos sus palabras.

El poder de indignación es un componente necesario de un mundo transparente e interdependiente que ha perdido el privilegio de la ignorancia, pero las respuestas selectivas a las acciones de las dictaduras pueden resultar siendo problemáticas y contraproducentes. China, para bien y para mal, es una potencia conservadora del status quo que no quiere grandes cambios en el sistema internacional: una potencia en gran parte satisfecha con su nuevo estatus, pero que no desea ver transformado su régimen, especialmente si es a través de presiones externas.

No nos hagamos ilusiones: ninguna “condición” impuesta desde fuera creará la “China que merecemos” de la manera en que, después de la Segunda Guerra Mundial, logramos la “Alemania que merecemos”, a través de un proceso de integración y reconciliación. Si los chinos reforman su sistema político y mejoran su historial de derechos humanos, no será por nada que Occidente haga ni diga, sino porque se dan cuenta de que la ausencia del imperio de la ley pone en riesgo su ambición de largo plazo de ser fuertes y respetados.

Dominique Moisi, fundador y asesor senior del Ifri (Instituto Francés de Relaciones Internacionales), actualmente es catedrático en el Colegio de Europa en Natolin, Varsovia.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

www.project-syndicate.org