Jorge Eduardo Arellano
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Después de la presentación del libro de María López Vigil, “Cinco Noches Arrechas”, quedó flotando en el ambiente el tema de la muerte y lo que aterroriza a algunos que se quieren pasar de vivos. A la presentación fuimos el de Managua y el de Masatepe; Roberto Currie; Caresol disfrazado de antítesis mortuoria; Luis Javier, para comer algodón de azúcar color negro; Sanjinés y Enrique Alvarado, sin necesidad alguna, vestidos de Quirinas; y Watson, como le corresponde de por vida, de riguroso luto. Quico Báez hizo una presentación tan buena que Víctor Tirado comentó que bien podría cambiar de profesión y convertirse en un elegante y acaudalado propietario de funeraria. Incluso entre aquella indescriptible y tétrica multitud de cadáveres, alguien aseguró que la de Quico se llamaría “Funeraria La Feliz”, con el lema de: “Pagar impuestos, ni en la otra vida”. Levitando, como siempre, apareció Bayardo Altamirano, comentando a ese respecto que en Nicaragua el pago de impuestos sólo se aplica a los babosos, porque los que no lo son están en la cúpula del poder, sea como monarcas, magistrados o diputados, y para no pagar lo que realmente les corresponde, pues sencillamente se hacen los muertos. “Con lo que se deduce --dijo Watson-- que hay muertos que son bien vivos, y que si la corrupción fuese una señora, habría que decirle: Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”. Por supuesto que todos coreamos: “¡Elemental, nuestro querido Watson!”.

Así es como hoy, Día Internacional de los Trabajadores, a una semana de aquel evento en el Parque Japonés, la muerte seguía palpitando en nuestra conversación. “Yo soy como Woody Allen --dijo el de Masatepe-- quien escribió: No es que le tema a la muerte; es que no quiero estar aquí cuando llegue. Y también comparto lo que dijo una vez el de Managua: Prefiero aceptar la mentira de que existe otra vida, antes que aceptar la verdad de que no existe”. Provocado por la alusión de mi otro yo, intervine: “Antes que nada hay que felicitar al Alcalde Nicho Marenco y entre sus funcionarios muy especialmente a Roberto Sánchez, por hacer posible estos encuentros culturales en un lugar tan cómodo y precioso como lo es este cuidadísimo Parque Japonés. Ya he asistido a varias presentaciones de libros, como los de Bayardo Altamirano, Gioconda Belli y el de María López Vigil, que ha inspirado esta plática, y ya no digamos la muy bien montada Feria del Libro. Está bueno este lugar, que ojalá nunca se ocupe para imponer a granel las Órdenes de la Independencia Cultural Rubén Darío. No únicamente porque su imposición significa todo lo contrario de Independencia, sino porque se dice que quién sabe porqué artilugio sus recipiendarios en poco tiempo obtienen un pasaporte a la eternidad. Serán supersticiones, pero mejor cuidarse. A propósito de muertos en vida, les quería recordar la extraordinaria película de Akira Kurosawa, Vivir (1952?), en donde un burócrata, por culpa de la misma burocracia, está prácticamente muerto en vida, sepultado en inoperantes pilas de papeles que distribuye entre otros burócratas a quienes también se les acumulan. La moraleja está en que éste burócrata recupera la vida y el deseo de ser útil a la sociedad, cuando descubre que es víctima de un cáncer terminal. Nunca es tarde para rebelarse, aún cuando sea a las puertas de la muerte. Y esta lección que les deja a sus compañeros de trabajo, subordinados y superiores, éste abatido y sensible personaje en sus últimos días, no es suficiente para provocar en ellos la insurrección colectiva por la dignidad. El temor a perder sus puestos de trabajo es un lastre que acaba pesando más que perder lenta e inútilmente la vida.”

“Esto probablemente --continuó el de Managua-- tenga poco que ver con el espíritu festivo de la presentación de Cinco noches arrechas, pero necesitaba decir que el ser humano, bajo ninguna circunstancia, puede resignarse a convertirse en un muerto en vida. Los ciudadanos nicaragüenses somos seres humanos con el derecho a rebelarnos ante la burocracia, igual que contra el secretismo dentro del que nos pretenden hacer agonizar los gobernantes a quienes elegimos para que en cualquier momento que queramos, como servidores nuestros que son, nos digan la verdad, y si mienten o prefieren vivir en el ocultismo porque piensan que su vida es tanto más eterna como efímera la nuestra, tenemos la obligación de la insurrección. El que nuestros monarcas no sepan hacer otra cosa que no sea mandar, no nos puede convertir en esclavos voluntarios. ¿Si mañana a la reencarnación de la esposa de Mao se le antoja hacer su Revolución Cultural y mandarnos a su Guardia Roja, o CPC, para que nos lapiden o para trepanarnos y extraer nuestros pensamientos hasta dejarnos vacíos los cerebros, lo vamos a permitir? No sólo tenemos derecho, tenemos la obligación, y desde este mismo momento, a oponernos con todo cuanto podamos, y dejar bien claro que si por ese gallardo y legítimo gesto morimos, ha sido por no aceptar morirnos lentamente como esclavos, y mucho menos de rodillas. Al fin y al cabo vivir como serviles es la peor de las muertes. Castrados de espíritu sucumbiríamos a ser viles cortesanos del poder. ¿Entonces?”


luisrochaurtecho@yahoo.com