Jorge Eduardo Arellano
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“Con el sudor de tu frente, comerás el pan…” (Génesis, 3:17) Con esta sentencia, antes del primer esfuerzo fue estigmatizado el trabajo. Desde el origen, este supuesto castigo pesa sobre las y los seres humanos, y muy especialmente sobre las y los nicaragüenses.

Durante los dos últimos siglos, con la industrialización y más recientemente con la llegada de la globalización, el concepto del trabajo pasa a ocupar un lugar privilegiado en el terreno de la reflexión. ¿Necesitamos repensar el trabajo? ¿Intentaremos erradicar a través del hedonismo o de la justicia social el sudor de la frente para adquirir el pan, que no siempre se gana?
¿Qué pensar del tradicional concepto que coloca al trabajo en lo más alto de la escala axiológica, versus el desprecio por el mismo? ¿Es el trabajo dignificante y revestido de valor social y culturalmente positivo o por el contrario, merece desprecio como una actividad innoble? Esas dos posturas, la que lo ensalza y la que lo denigra, reflejan las visiones contrapuestas sobre el trabajo que dominaban en las sociedades antiguas. Los ricos no tenían que trabajar y vivían del trabajo que otros hacían. Al trabajo, visto de esta manera, le caía bien el concepto bíblico del castigo. En esta situación es difícil ver el trabajo como un foco de humanización que da sentido a la vida y satisfacción por el resultado.

El producto del trabajo de uno arrebatado por el otro, sin que el trabajador pudiera gozar de su esfuerzo, se hizo más real para las y los obreros en la era de la industrialización, lo que constituía una fuente de alienación. Estas dos posiciones antagónicas han traído como resultado progreso y sometimiento, creatividad y embotamiento, oportunidades y frustraciones, riqueza y pobreza. ¿El trabajo libera al ser humano o le hace esclavo? ¿El trabajo produce felicidad o es una pesada cruz?
Que no quepa la menor duda de que si hay algo que dignifica al ser humano y le da una verdadera razón a su existencia, ése es el trabajo.

En Nicaragua conviven distintos tiempos históricos, desde la premodernidad hasta la posmodernidad. Por un lado, trabajo de alta tecnología y por otro, campesinos que utilizan su propia energía humana para mantener una mínima agricultura de supervivencia.

¿Qué es lo que se conmemora el Día Internacional de Trabajo, el 1 de mayo de cada año? ¿Es simplemente la lucha de los trabajadores de Chicago que lograron finalmente la instauración de la jornada de trabajo de ocho horas, el hacer valer la máxima, ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa? En este contexto se produjeron varios movimientos; en 1829 se formó uno para solicitar a la legislatura de Nueva York la jornada de ocho horas. Anteriormente, existía una ley que prohibía trabajar más de 18 horas, salvo caso de necesidad.

En 1886, el presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó la llamada Ley Ingersoll, que establecía las ocho horas de trabajo diarias. Al poco tiempo, 19 estados sancionaron leyes que permitían trabajar jornadas máximas de 8 y 10 horas (aunque siempre con cláusulas que permitían hacer trabajar a los obreros entre 14 y 18 horas).

El 1 de mayo de 1886; 200.000 trabajadores iniciaron la huelga mientras que otros 200.000 obtenían esa conquista con la simple amenaza de paro. En Chicago, donde las condiciones de los trabajadores eran mucho peor que en otras ciudades del país, las movilizaciones siguieron los días 2 y 3 de mayo. Cuando los rompehuelgas de la fábrica McCormick se enfrentaron con el plantón de obreros huelguistas dando origen a una pelea campal. Un escuadrón de policías procedió a disparar a quemarropa sobre la gente con el trágico resultado de seis muertos y varias decenas de heridos.

En la actualidad, casi todos los países democráticos rememoran el 1 de mayo como el día que dio origen al movimiento obrero moderno.


*Nutricionista
Información, Educación y Comunicación (IEC)
Asociación Soya de Nicaragua
SOYNICA
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