Jorge Eduardo Arellano
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De pronto, y sin que tuviéramos un gallinero cerca, el kirikikííí de un gallo se escuchó sonoro y nítido en toda la sala, interrumpiendo al académico extranjero que en ese momento disertaba sobre el orgasmo de los cerdos (¡treinta minutos!) haciendo que todos los presentes giráramos las testas hacia el lugar de donde provenía aquel canto, perdiéndonos el momento en que el académico sentaba una de sus hipótesis sobre dicha proeza porcina.

Desde ese momento y como si ese canto hubiese sido una señal previamente concertada comenzaron a sonar, por acá y por allá, por el norte y por el sur, por el este y el oeste, y por todos los cruces en diagonal posibles, melodías de todos los géneros musicales –incluyendo el infaltable reggaeton,-(“ a ella le gusta pasear en Mercedes Benz, que la tengan desnudita como Eva en el Edén…”), llantos de niños, voces femeninas de mujer –vale la aclaración-, el relincho de un caballo, el sonido de un avión supersónico, y hasta un bostezo en estéreo, de decenas de celulares presentes.

Aquel ambiente se volvió esquizofrénico: Shakira cantaba con su voz de gorgorito atravesado en la garganta mientras El Potrillo le hacía la competencia con una de sus románticas baladas rancheras, que hacen llorar por la emoción a las jovencitas y a unas cuantas damas arriba de los cuarenta, (solo faltó que alguien lanzará un sostén) mientras en el asiento vecino un sonido como de martillo golpeando un yunque anunciaba la llegada de un nuevo correo, seguramente enviado con carácter de urgencia para preguntar : ¿ hola amor, qué estás haciendo?
Como si fuera imperativo contestar, y después de dejarnos “disfrutar” por varios segundos de sus particulares cartas de presentación, uno a uno los usuarios fueron contestando sus respectivas llamadas. Si nos guiamos por lo que les escuchamos decir como respuestas a sus interlocutores, podemos afirmar que el noventa por ciento de dichas llamadas era producida por motivos insulsos o banales; es decir, para nada urgentes o de tal trascendencia que ameritaran incurrir en la descortesía y falta de educación de las personas receptoras, manifestadas al ponerse a conversar tonterías, para con el resto de los participantes en la actividad en referencia.

El comportamiento es igual en los cines, iglesias, reuniones de trabajo, universidades o en cualquier actividad cerrada. No hay forma de escapar al paso arrollador de los avances tecnológicos, convertidos en creciente necesidad y, cada día más, en irritante perturbación debida a la compulsión de los usuarios de los teléfonos móviles. De poco o nada sirve que el maestro de ceremonia ruegue que los presentes apaguen sus celulares o que un grupo de simpáticas ranitas y su orquesta nos inviten, a través de una bonita pieza de rock, a hacer lo mismo antes de comenzar la función en cualquiera de los cines del país. Hace poco, en uno de estos cines, cuando más emocionante estaba la cinta y a punto de que el guionista nos diera la pista para descubrir la trama del film, sonó uno de estos benditos aparatos escuchándose a continuación la voz de una joven anunciando: “llamada en directo desde La Habana de parte del Comandante Fidel Castro, en conferencia”. De inmediato volteamos la vista hacia el destinatario de tan importante llamada; era un chavalo de unos dieciséis años, con el pelo alborotado y una camiseta dos números mayores que las de su talla. Todos nos quedamos intrigados por aquella misteriosa llamada y especulando cuál podría ser su contenido. ¿Será que como El Comandante Castro tiene más de año y medio de no recibir a Daniel, (¿?), está llamando a uno de sus agentes secretos para que le informe sobre la situación en Nicaragua? El chavalo del celular se apresuró a contestar la llamada, agachando la cabeza y cubriéndose celosamente la boca con la mano izquierda para evitar que escucháramos su conversación con El Comandante, pero fue infructuosa la medida, ya que la curiosidad había hecho que levantáramos las orejas y aguzáramos el oído. Ya no nos quedaron dudas de que estaba hablando con Fidel y de que le estaba informando de cuántas mujeres habían muerto hasta ese día, por causa de la prohibición propiciada por el gobierno del Presidente Ortega y su esposa, para que se les practique el aborto terapéutico cuando están en riesgo sus vidas, cuando le escuchamos decir: son unas cuantas decenas que están “pilas” comanche, son unas cuantas decenas.

Disculpen, está timbrando mi celular: “¿Por qué no te callas?” Aló amor… los tengo que dejar, hasta la próxima.