Jorge Eduardo Arellano
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Hace unos días visité el cementerio para trasladar los restos de mis abuelos, fallecidos hace treinta y un años. Al entrar me vinieron a la memoria las aventuras necrofílicas de San Ambrosio de Milán, quien desenterraba cadáveres y los declaraba santos para construir sobre sus sepulcros monumentales templos en el siglo IV de nuestra era. Albergaba la esperanza de encontrar a mis abuelos en estado incorrupto, emulando al “Padre de la Iglesia”, Ambrosio, quien con tanta destreza encontraba cadáveres por doquier y en ese estado, en tiempos inmemoriales. Mi esperanza se fundaba en que la pareja que en el sepulcro descansaba era un ejemplo de amor conyugal contagiante; mérito suficiente para declarar su santidad laica.

Cuando llegué los restos de mi abuela ya habían sido desenterrados. Observaba a mi madre que con el cariño de hija miraba la triste realidad de todos los mortales; los huesos que atestiguan nuestra finita existencia. De pronto el obrero que desenterraba el féretro encontró a los pies de mi abuela toda su parafernalia de cosméticos en intacta conservación. Mi madre dijo: “ésa fue la Tina bandida que se los metió, pues ella sabía que mi mamá era vanidosa y siempre le gustaba lucir espléndida”. La mentada Tina, a la sazón enfermera de mi abuela, repitió así la misma Fe pía que desde los egipcios muchos seres humanos han venido creyendo, la esperanza de la resurrección de los muertos; pues mi abuela tenía que estar presentable para tan magno evento.

La expectativa no había terminado, pues mi madre manifestaba que quizás mi abuelo se encontraba en mejor estado de conservación, pues la naturaleza de su muerte, de una aneurisma, hizo menos estragos a su cuerpo que la larga enfermedad de mi abuela. El momento había llegado, el sepulturero abrió el féretro y de pronto mi infancia se me vino encima al ver al lado de sus huesos la imagen de un cristo roto que mi abuelo veneraba. ¡El cristo roto!- le grite a mi madre- y ella me respondió: “Sí, con él lo enterramos, era su adoración”.

Mientras los obreros recogían los restos de mis abuelos para meterlos en un ataúd miniatura, les pregunte: ¿Ustedes son católicos? Al unísono me respondieron que sí ¿Entonces ustedes creen que cuando regrese Jesús, estos huesos se encarnaran y resucitarán? Las respuestas empezaron a hacerse dubitativas y hasta esquivas. Por último dijeron que eso era muy complicado, había que preguntárselo a los curas. Lo cual me hizo reflexionar en lo que el historiador británico, Paul Johson , califica como “cristianos mecánicos”. Estos abundan dentro de la Iglesia Católica, pues el pensar sobre estas cosas se lo delegan a los curas, ellos piensan y los devotos obedecen. Sin embargo es justo destacar que sobre la resurrección futura de los muertos todavía existe un gran debate dentro del clero.

Me fui a mi casa con la gran inquietud de lo que significaba una imagen de un cristo roto, el cual no tenían cruz, le faltaba un brazo, una pierna y el rostro. Más me intrigaba la veneración de mi abuelo al cristo de humanidad incompleta. Mi abuelo lo había comprado junto a un disco donde una persona narraba la historia del cristo doblemente martirizado. Encontré el relato que oía mi abuelo en Internet. La historia comienza cuando un sacerdote lo encuentra en un anticuario todo destruido y marginado dentro de un calachero de objetos sin valor. Le gustó tanto que lo compró sintiendo cierto remordimiento al regatear el precio al tendero, desvalorando la imagen sacra por su ingrato cuido. Lo que más me impresionó de la historia fue cuando una voz le habla al sacerdote, la voz del cristo roto mismo, y establece un diálogo profundo con él. El sacerdote le preguntó por qué no quería que lo restaurara, pues verlo así le dolía, y la imagen le contestó: “Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara porque les han quitado la honra. Todos nos olvidan y les vuelven la espalda. ¡No restaures, a ver si viéndome así te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes. Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y
estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un Cristo Bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse de la huída del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso ¡deberían tener
más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia en su segunda pasión, en mis hermanos los hombres!
Es evidente la gran lección de esta historia, pues una religión no se puede fundamentar en el temor a una deidad sino en la empatía para con nuestro prójimo. Ponerse en los zapatos de los más débiles en esta tierra nos estimula más a la acción piadosa que visitar templos fríos, besar iconografía sacra o seguir los ritos y requisitos mecánicos de Jerarquías manipuladoras.

Mucho agradezco a mis abuelos por la gran lección que desde sus restos mortales me comunicaron. Pude comprender que el verdadero sentido de la resurrección de los muertos no es la mitología Paulina de una Iglesia fría y llena de supersticiones. La verdadera resurrección está en las obras que dejamos en este mundo y principalmente el relevo generacional en nuestros hijos. El cielo está aquí y no en el más allá, imaginería arquitectónica inventada como arma disuasiva-de dudosa eficacia para abrir los corazones- por los que comercian con las esperanzas del prójimo.


rcardisa@ibw.com.ni