Jorge Eduardo Arellano
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Georget al Jalabi --quien trabaja en la librería del antiguo monasterio de San Sergio y San Baco, en Maalula, al norte de Siria-- informó a EFE, en una entrevista, que el arameo, la lengua que hablaba Cristo, está al borde de la extinción, pues cuenta apenas con unos dieciocho mil hablantes. El templo católico de Maalula --agrega el entrevistado-- es uno de los pocos lugares del planeta donde se puede escuchar el “Padre Nuestro” en arameo. Pero es el único momento de la liturgia, ya que el resto se dice en árabe, y también las biblias que usan los feligreses están en árabe.

¿Qué significado tiene la lengua árabe para los hispanohablantes? ¿Se puede hablar de una presencia del árabe en nuestro idioma? Veamos.

Aparte del inicial legado del latín (y recientemente de la gran influencia del inglés) los dos aportes más enriquecedores al léxico del español han sido, en épocas muy diferentes, los del árabe y los del francés.

En el año 711 (siglo VIII), los árabes iniciaron la conquista de la Península Ibérica. Su avance fue vertiginoso. En sólo siete años ocuparon toda la Península, y permanecieron hasta 1492, cuando se logra la total expulsión de los musulmanes. Fueron en total siete siglos de convivencia, lo que significó una incorporación masiva de palabras árabes a las diversas lenguas hispánicas. Incluso, después del final de la reconquista, muchas morerías (barrios en donde habitaban los árabes) no se despoblaron si no que sus habitantes (llamados a partir de entonces los moros), forzados, tomaron la religión católica y ligaron ambos idiomas para siempre.

Ramón Menéndez Pidal afirma que durante la época de esplendor del califato (período histórico de los califas o soberanos descendientes de Mahoma, que gobernaban a los musulmanes de todo el imperio musulmán) que los moros eran superiores a los cristianos no sólo en la guerra sino en la cultura general. Esto explica en parte la presencia de más de cuatro mil arabismos perfectamente hispanizados y asentados en el uso común en nuestro idioma.

Como sabemos, muchas palabras que se inician con al- son de origen árabe. Así nos encontramos con plantas, como albahaca; dulces, como alfajor, almíbar y alfeñique.; funcionarios, como alcalde, alcaide y alguacil; compuestos químicos, como alcohol y alcanfor; herramientas, como alicate; flores, como alhelí; árboles y frutos, como albaricoque; condimentos, como alcaparra; arácnidos, como alacrán; joyas, como alhaja; olores, como almizcle; acueductos, como albañal y alcantarilla; pequeños poblados, como aldea; criaderos de plantas y vegetales, como almácigo; aves bullangueras, como alcaraván; colores de animales, como alazán; estanques, como alberca; utensilios para ahorrar dinero, como alcancía; piezas para asegurar puertas, como aldaba; registros o catálogos de los días y los meses del año, como almanaque; dormitorios, como alcoba; tienda de artículos, como almacén; maderos para la armazón de una construcción, como alfajía; colchón para reclinar la cabeza, como almohada; plantas malváceas, como el algodón; fabricantes de vasijas de barro, como alfarero; operaciones matemáticas, como álgebra; la química mágica medieval, como la alquimia; tejidos de lana y de otras materias, como la alfombra; la remotísima alcahueta de los tiempos de La Celestina, de Fernando de Rojas; el albacea de los testadores; la albarda y la alforja de los campistos chontaleños; o el alambique que don Juan Valera insertó en el espaldarazo a nuestro Rubén Darío: “Usted lo ha puesto todo a cocer dentro del alambique de su cerebro y ha sacado de ello una rara quintaesencia”.

Pero hay también arabismos no necesariamente con al-. He aquí una lista de términos muy usuales que comienzan con a: azotea (terraza), azote, azúcar, adalid (caudillo o jefe), ademán, adobe (masa de barro empleada en construcción), adoquín, ajuar (enseres y objetos personales), arancel (tabla de precios oficiales), argolla, arrecife (banco marino de piedras y otros materiales), arroba, arrabal (barrio), asesino, atabal (tamboril o tambor pequeño), atracar (arrimar una embarcación a tierra), atún, arroz, acequia (zanja o canal por donde se conducen o retienen las aguas), azucena, azufre y aduana (oficina de registro público en las fronteras).

Y hay otras muchas de uso común también como berenjena, sandía, zaguán y estas tres medidas de capacidad: quintal, arroba y fanega. “Contentose con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo”, dice Cervantes en el capítulo IX de la primera parte de El Quijote.

Al respecto, nos dice don Alberto Vogl Baldizón, en su Nicaragua con amor y humor: “Las medidas en Nicaragua pueden definirse en dos zonas: donde el transporte se hace en carreta y donde impera el transporte a lomo de mula. En la faja del Pacífico, el límite de peso de unidad es lo que un hombre puede levantar para acomodarlo en la carreta. En los departamentos del norte de los lagos, lo que la mula puede cargar. Por eso usamos aquí (en Matagalpa) como medida normal, la fanega de veinticuatro medios. No es la antigua fanega de veinticuatro medidas de un pie cúbico español, que aún rige en Costa Rica, para transacciones de café maduro, sino una fanega de veinticuatro medios de 600 pulgadas inglesas cúbicas cada uno. . Es pues, un cruce o un injerto creado y arreglado así por muchos motivos”.


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