Jorge Eduardo Arellano
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Desde que tengo uso de razón, me han venido asaltando una serie de dudas que con el tiempo he calificado de razonables. Razonables porque no encuentran la verdad. Dudas sobre el origen de la vida, la creación del mundo y el propósito vano y azaroso de nuestra existencia. Debo decir, sin embargo, que estas dudas me han acompañado toda mi vida, han influido en mi destino, y estoy seguro de que sobrevivirán a mi muerte.

Entre estas dudas razonables la que más me perturba es la existencia de un Dios omnipotente y omnipresente en nuestras vidas, que lo puede todo y está en todas partes. Un Dios que nos restringe y nos libera. Que escribe nuestros destinos con una mano invisible. Ese Dios se ha venido disputando su credibilidad con una ciencia que avanza a pasos lentos y que a veces desconcierta. Por más que pretendo avalar la teoría científica de la evolución de las especies, con la que me siento cómodo, aunque no totalmente convencido, creo que existe algo más allá que está vedado a nuestra razón y entendimiento. Una especie de tercer ojo que administra el reloj del mundo y de nuestras vidas. Un ser superior que la religión ha divinizado y lo ha hecho coincidir históricamente con la muerte de Jesucristo, ocurrida hace más de dos mil años. Desde entonces, nuestras dudas navegan entre la fe y la razón, en ese enorme vacío que la ciencia no ha podido explicar.

Mi ignorancia pregunta: ¿Qué ha pasado con la conquista del espacio? Lo hemos conquistado a través de la ficción cinematográfica, produciendo centenares de películas futuristas, pero en la realidad creo que estamos estancados. Hasta el momento, nuestra presencia en la luna es tímida. Y si nos referimos a la conquista del planeta Marte, según he leído, los esfuerzos científicos se han limitado a explorarlo a través de sondas, sin poder aún poner un pie en el planeta rojo. Tengo entendido que los gobiernos de Estados
Unidos y Rusia gastan millones de dólares en las investigaciones especiales, sin ningún resultado satisfactorio. Desconozco las razones científicas por las que el hombre no ha podido conquistar el espacio, y desgraciadamente fortalece mi creencia de que la vida, el mundo y todo lo que existe en nuestro alrededor sigue siendo un misterio fascinante que nos invita a la fe.

Sin embargo, debo admitir que la ciencia nos ha otorgado muchos premios de consolación: los aviones comerciales que surcan los cielos terrenales, acortando las distancias; los Challenger que han viajado a los contornos de la Luna, sin nada novedoso; las clonaciones exitosas de ovejas y otros animales que no nos salvan de la muerte; la Internet y la computadora, que han globalizado la comunicación, con sus limitaciones, etc. Todo esto es una prueba de la ingeniosidad humana, pero también de sus límites. Han transcurrido casi veintiún siglos, y la ciencia no ha podido descubrir el secreto de la inmortalidad y los misterios del universo. Mientras la ciencia no lo haga, los hombres seguirán encontrando en Dios la respuesta temporal a sus misterios. Dios se convierte, entonces, en el tercer ojo que todo lo ve, que todo lo puede, y a quien se le consulta nuestro destino.

Por eso cada día que pasa la fe se impone a la razón. Los hombres nacemos con un único propósito cierto: la muerte. Los demás propósitos alguien parece escribirlos en una agenda secreta. Nadie conoce su destino. Podemos planear a lo sumo, un treinta por ciento de nuestras actividades. Pero el destino sigue siendo azaroso. Mientras el hombre siga siendo víctima de la muerte, y un conocedor parcial de su destino, Dios seguirá siendo el controlador de nuestras vidas. Pero esto tiene sus ventajas. ¿Se ha preguntado alguna vez qué desagradable sería vivir una vida infinita, aburrida, sin emociones ni misterios que nos perturben o angustien? Debe ser horrible conocer nuestro destino. Es mejor que cada día nos sorprenda con sus misterios.

De ahí que creo que dudar es vivir. La duda es poesía. Entre asumir una vida llena de fe y otra pletórica de razón, prefiero la primera. Si la fe es la certeza de lo que no se ve, como dicen los cristianos, la razón es la certeza de lo que se ve. De tal manera que prefiero soñar con lo que quiero ver y creer, antes que resignarme con lo que la realidad pobremente me presenta.

Por eso es que seguiré dudando. Si al final de mi vida Dios existe, qué agradable fue conocerlo. Y si no existe nada ni nadie, que lo dudo, qué razonable fue dudar de él.


*felixnavarrete_23@yahoo.com