Jorge Eduardo Arellano
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La inmensa mayoría de la población nuestramericana, por no decir casi la totalidad, incluso la de más alto nivel de escolaridad, cree que la independencia de América fue producto de luchas compartimentadas, país por país. Con poca o ninguna relación entre sí, mucho menos de carácter orgánico.

Una convicción que en honor a la verdad no refleja ignorancia sino dependencia inducida. Entrega de la conciencia nacional al extranjero. Porque así ha sido enseñada la historia. El pensum escolar y académico ha sido elaborado desde siempre para profundizar cada vez con mayor hondura la falsa idea de la división natural de los países americanos.

Una decisión entreguista facilitada por el descomunal desorden territorial-administrativo que heredaron de España las nuevas naciones. Hábilmente exacerbado por la rapiña extranjera sobre sus riquezas naturales, obligándolas a enfrentarse desde la independencia por cuestiones limítrofes, para someterlas más fácilmente. Caldo de cultivo del nacionalismo chauvinista.

El resultado de esta distorsión deliberada es que las naciones americanas terminaron sintiéndose extrañas entre sí, internacionalizando sus relaciones. Desarrollando pomposamente el llamado derecho internacional americano. Contradiciendo su propio origen, su naturaleza de nación de repúblicas, en la feliz definición de Simón Bolívar.

Pero la historia americana es exactamente al revés de cómo ha sido relatada oficialmente. Los independentistas plantearon la independencia de América como un todo, simplemente porque se percibían a sí mismo como nacionales de este inmenso territorio. Como americanos, a pesar de la insistencia de la corona española de llamarlo Indias Occidentales.

Así actuaron Bolívar y San Martín en los ámbitos militar, político-ideológico, y jurídico sobre todo el territorio sudamericano —excepto Brasil, entonces parte de la Santa Alianza—, aunque Bolívar mantenía contactos con sus pares mexicanos. Aquí mismo en Centroamérica hubo esa visión de independencia general de América. En febrero de 1822 José Cecilio del Valle convocó a “Congreso General, más expectable que el de Viena”, que incluía a Norteamérica.

Y actualmente en la víspera histórica de la conmemoración del bicentenario, otra vez con el liderazgo de la América Meridional, principalmente de Caracas —como entonces lo fue—, y ahora incluyendo Brasil, los pueblos retoman la lucha revolucionaria por su independencia. Esta vez la segunda, que pretende ser definitiva. Pero ahora sustentando su unidad política en su unidad económica. Un gigantesco salto cualitativo.

Una revolución que se da en un contexto de profunda y generalizada crisis mundial, que anuncia cambios también radicales en la organización del mundo —ojalá librándose de la guerra que ha sido la norma histórica del cambio. Reivindicando plenamente al Estado como institución idónea para resolverla, tal como lo ha sido a la largo de la historia.

En el Norte para que el Estado cumpla su rol tradicional de garantizar la reproducción del capitalismo, especialmente en medio de las crisis profundas, como la actual. Y en el Sur para que el Estado supere los amplísimos rezagos históricos producidos por el capitalismo, recuperando y haciendo de sus riquezas naturales la base de su programa de desarrollo económico y social. Produciendo así una equitativa redistribución del ingreso regional, base del gigantesco salto cualitativo.

Y no es un ingreso despreciable, por el contrario es abundante, y además estratégico. Proviene de inmensos recursos energéticos, minerales, y alimentarios, parte fundamental de la actual crisis global; y con industrias desarrolladas en campos también estratégicos, como la aeronáutica, de cabotaje, y de generación eléctrica, por ejemplo.

Una nueva revolución independentista que está creando instituciones apropiadas para el sostenimiento de este gigantesco cambio cualitativo y cuantitativo en la región. Siempre sobre la base de su unidad. Reafirmando la nación de repúblicas. Dando paso a la constitución de las instituciones previstas por el Libertador en torno a las Relaciones Exteriores, Guerra, y Hacienda. Restableciendo la naturaleza intranacional de sus relaciones, como naciones parte de un mismo todo. Reivindicando en fin el proyecto originario, el de la primera independencia.

Si no se comprende esta realidad jamás se entenderá en términos históricos lo que está pasando en la región. Ni a las nuevas instituciones intranacionales. Ni su impacto positivo sobre la crisis global. Ni su naturaleza revolucionaria. Ni sus inmensas posibilidades de éxito. Mucho menos la sentida necesidad de su unidad geopolítica para lograr un peso específico propio que le permita gravitar en la geopolítica mundial, tal como lo demandaron los líderes fundadores.

Por otra parte, ignorar esta realidad produce la ilusión de que es posible revertirla fácilmente —y quizás hasta necesario, porque se la considera una lucha inútil contra la solución capitalista de la crisis. Peor aún, quienes así asumen el cambio en la región, no solamente no rechazan la violenta reacción del Norte en su contra, sino que se suman a ella entusiastamente. Más aún, la demandan urgentemente.

Sin embargo, si bien la violencia del Norte contra la nueva revolución independentista unifica a la vieja dirigencia política ligada a la explotación extranjera, también hace lo propio con el pueblo, para su liberación definitiva, que es el sentido de la historia.

Así ha sido y sin duda seguirá siendo la historia de nuestra América. Y la de todos los pueblos de la Tierra.