Jorge Eduardo Arellano
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En una de las tradicionales y últimas cenas de gala que el presidente Bush tenía que cumplimentar al final de su mandato, tomó una batuta y dirigió con el entusiasmo de un loco a una orquesta. En esa cena de gala se prodigó en chistes cortos y zafios, demasiado evidentes, y todos los presentes le corearon la gracia.

Era una vergüenza ver cómo termina este mandato, quizá, el peor presidente de la historia de Estados Unidos, y uno de los peores de la humanidad. Su gestión inauguró el siglo XX inventándose la guerra de Irak y la justificación de cientos de miles de muertes por una asquerosa mentira. Se inventó Al Qaeda, y si bien ya existía él hizo que adquiriese cierta dimensión bajo el liderazgo de un antiguo aliado a quien Estados Unidos preparó y armó como Bin Laden. Y terminó su mandato con un alza incomparable en los precios del petróleo y de los alimentos básicos, a pesar de estar sacando a precio de ganga y sangre el petróleo de Irak sin miramientos. Su batuta se movía al compás de una crisis global, de la que no es el único culpable. NO le cabe tanto, pero sí uno de sus promotores, y no sé si lo peor o lo mejor de todo es que ni siquiera lo pretendía. Puede incluso que no sea consciente de lo que ha hecho.

Pero de esa vergüenza no están lejos esa cohorte de seres que pulularon estos años, como el tal Rumsfield, o el controvertido Cheney, o Condoleeza Rice, esa mujer que según dicen se levanta a las cuatro de la mañana para darse una paliza en el gimnasio antes de hacer la diplomacia de Bush. Sus conversaciones e intentos de paz en Israel se saldaron hace poco con un misil israelí sobre la vida de una madre y cuatro niñas. La vergüenza es también para el servicio diplomático, incluyendo embajadores y embajadoras, que no sólo representaban al pueblo de Estados Unidos, sino a una línea política, de la que, como en otros tiempo ominosos se les reclamó a quienes ampararon una mente criminal, que debieron haber dimitido. Y hablando de pueblo, también es una vergüenza para ese pueblo de Estados Unidos que votó sabiendo, aunque una parte pudiera negarse a creer, ese pueblo de Estados Unidos que se mofó del mundo en el segundo mandato de este títere de la batuta que confirma la máxima de la democracia norteamericana: que cualquier ciudadano puede llegar a ser presidente de Estados Unidos. Sí, es cualquiera. En sí, revalida el elitismo platónico, y hace perder la esperanza.

Es el fin de una época, y el final de la saga de los Bush, que aún tienen una larga sombra en Estados Unidos y en sus intereses que crecerán todavía en dividendos, imagino.

Vergüenza de una época que nos tocó vivir a todos, de una guerra que no pudimos detener, y hasta que algunos apoyaron enviando tropas de respaldo. Vergüenza de vivir abiertamente en la mentira sin tapujos, vergüenza de no honrar a quienes dieron la vida por algo más en el más sangriento siglo de la historia, que fue el XX. Vergüenza de no leer las palabras que nos dejaron, vergüenza de nuestra laxitud, de nuestra poca fuerza, de dejarnos engañar por cualquier caudillo, vergüenza un poco de todos, como si ya no nos importara nada.

Y a lo mejor es eso. Es que hemos perdido tanto la creencia en que desde el sistema político se puedan resolver algunas cosas, que ya nos da igual quien nos gobierne, si un desquiciado, un loco, un mediocre o un caudillo. A lo mejor es eso: que es mejor dejarlos que jueguen con el poder que nunca nos facilitará las cosas, pero al menos así se evita un conflicto más.

Vergüenza porque sólo miramos para nuestros intereses, vergüenza de acostumbrarnos a la injusticia rabiosa de una corrupción que deja sin nada a los que nada tuvieron, vergüenza de estar callados cuando a callar nos mandan. Vergüenza por no dejar de hacer por mí lo que no hacía por otros.

Nos mirarán alguna vez, como nosotros miramos otros tiempos de la historia, y nos preguntarán ¿por qué demonios callamos tanto? Ya sabíamos que todas las revoluciones están perdidas, nos lo enseñó Nicaragua, se pierde por fuera y por dentro, como en los sueños, pero también sabíamos que no hay nada más hermoso que levantarse siendo chico, que la dignidad de esa derrota, eso mejor que este silencio ante quienes manejan la batuta de la vergüenza, y no me refiero sólo a ese pobre hombre, Bush, que significa arbusto en español.


franciscosancho@hotmail.com