Jorge Eduardo Arellano
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Mi compañero de grupo literario entre 1962 y 1964, colega de la Academia Nicaragüense de la Lengua y pariente próximo (su abuelo materno fue primo hermano de mi padre), Francisco de Asís Fernández Arellano, será declarado hoy “Hijo Predilecto de Granada”. Dos grandes méritos tiene a su favor “Chichí” (hipocorístico de Asís, con el cual se le identifica “en todo el orbe cristiano y musulmán” --diría un granadino) para recibir este reconocimiento.

El primero, es claro, corresponde a la iniciativa de convocar --y mantenerlo sobre su liderazgo con inusitado éxito-- el Festival Internacional de Poesía en Granada, que en sus cuatro ediciones ha convertido a nuestra ciudad --durante una semana de febrero-- en la capital de la poesía del mundo, proyectando una imagen positiva del país. Imagen, naturalmente, que no se le debe sólo a él, sino a un esfuerzo conjunto de gobiernos, empresa privada y sociedad civil; de los y las poetas que lo apoyan, y las ciudadanas y ciudadanos comprometidos con la promoción cultural y el desarrollo turístico.

Por su lado, el segundo mérito es igualmente importante: su obra en verso, la cual ha tenido de sujeto a un yo, capaz de ejercer --con una energía controlada, sostenida y lúcida-- una pasión poética: la única prueba que justifica su existencia. “El que carece de pasión carece de razón”, decía el ensayista español José Bergamín, aunque pueda tener razones, es decir, intereses profanos o prosaicos. Y si de esos intereses “Chichí” ----como “El Buscón” de Quevedo-- ha sido promotor --como todo hombre menesterosos-- lo que ha predominado en su talante es su talento. Mejor dicho: la intuición e inteligencia, el optimismo y la gracia juveniles de su inagotable creación escritural.

De ahí que haya reflexionado, como pocos en el istmo centroamericano, sobre la poesía y la gratuidad, definiéndola como producto del matrimonio entre la imaginación, la sensibilidad y la cultura; como la armonía entre la lírica del espíritu y las bajezas del alma. “En el Universo de la poesía –puntualiza-- viven ángeles y demonios, y todos ellos deben expresarse, por lo que el lenguaje de la poesía debe contener la riqueza y la complejidad del cielo y del infierno”. Y termina con un aforismo: “En la poesía, el dolor del alma siempre es una criatura verbal del orgullo y la razón”.

Ahí está la estética que articula su obra, apreciable en Celebración de la inocencia / Poesía reunida: 1962-2000 (2001). Esta suma ofrece selecciones de sus poemarios A principios de cuentas (1968), síntesis y liquidación de su gozosa adolescencia, no exento de prospecciones metafísicas; La sangre constante (1974), signado por el testimonio político y la militancia correspondiente; En el cambio de estaciones (1981), donde amplía --no sin panegerismo panfletario-- la línea anterior; Pasión de la memoria (1986), glorificación del Sexo y reflexión sobre el deterioro y la presencia de los fantasmas familiares; Friso de la poesía, el amor y la muerte (1997), uno de los grandes poemas extensos de nuestra literatura; y Árbol de la vida (1998), prologado por Gioconda Belli, en el que propone la belleza como razón vital.

A esta media docena de títulos debe incorporarse Espejo del artista (2005), cuyos poemas enriquecen su obra interior e irradian una luz transmitida de uno a otro libro --sostiene su prologuista Edwin Yllescas, con quien comparto las especificidades que observa: “los placeres y roñerías del hombre y la mujer, la vida cumplida de la manera que se pudo, el escarnio de la pasión como Eros, y menos que Eros, el sarcasmo de los Sueños Grandes y los Sueños Pequeños; la muerte como nada y menos que nada; el rostro de la esperanza y la desesperanza, del afecto y el desafecto, de la negación y la afirmación, de la maldad y la virtud igualmente malignas; las verrugas de la voluntad inseparables de sus flaquezas; la fascinación y la repugnancia en un solo átomo; la mordacidad, la risa y la sorna”. Es decir: el contenido de un sentimiento nuevo y renovador en la poesía de Nicaragua a partir de Darío y Salomón de la Selva.

Resulta mucho más apreciable este aporte personal de “Chichí” en su reciente antología Orquídeas salvajes (2007), con texto en la contracubierta también de Gioconda Belli, lanzada en Madrid por Visor de Jesús Sánchez, la colección de poesía más prestigiosa en lengua española. Como era de esperarse, se presentó en el IV Festival, siendo uno de sus eventos especiales con el “Homenaje a la Poesía Iberoamericana” que se me asignó como Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Él mismo es una de las vigorosas figuras actuales de esa Poesía. Sus Orquídeas salvajes son la prueba más contundente. He aquí algunos de sus versos memorables, escogidos al azar, de aliento whitmaniano, experimentados en el ars amandi, conscientes de la transitoriedad del ser humano por el mundo: “Amé tanto y voy a desaparecer”. “Mi amor por la vida es una rosa gigante /con penas vivas y penas muertas”. “Yo quiero llegar hasta donde me lleven los pájaros de mis pensamientos/ y quiero llegar a la muerte sin ninguna aridez en el corazón”.

Todo un derroche de fantasía mesurada es Orquídeas salvajes. Un libro de poemas unitario y abierto, como Leaves of Grass de Whitman, fiel a la estirpe granadina de su autor, a su niñez que trasmuta en mañana luminosa, al poder redentor de la poesía que no excluye a los seres menos agraciados: “Todos somos sapos encantados cantándole a la luna”. Un poemario maduro y celebratorio, reflexivo y devoto de la fascinación por la vida, que tampoco excluye la siguiente convicción realista: “En esta tierra etérea del desencanto / toda verdad es Quimera; / el sueño encuentra puñal en la cuenca de la mano; la política es estéril: / seca el pozo dulce de la fecundidad / de las plumas y de los animales, / destroza entre sus dedos la mística / del amor del hombre y la mujer, / hace tiranos y ladrones”. Un poemario que, para mí, es el mejor que ha publicado un poeta nicaragüense en el siglo XXI.

En fin, un poemario que es sensitiva autobiografía y autorretrato sincero, como lo demuestra en este breve poema: “Yo fui un bello muchacho libertino / que tuvo hasta la saciedad / una eterna borrachera delirante / por la felicidad del alma. // Pero tuvo el dolor apasionado de darse cuenta de todo en el mundo, / como si su piel fuera un imán sentimental / al que se le va pegando el desperdicio de la vida”.