Jorge Eduardo Arellano
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Marcelino Areas Poveda nació en Telica, el 3 de junio de 1909. A los ocho años se trasladó a León, y a los 16 impartió clases en el Colegio Tridentino San Ramón. Después de estudios en Venezuela y Colombia, monseñor Nicolás Tijerino y Loáisiga lo ordenó como sacerdote, el 7 de marzo de 1936. Fue cura párroco de El Calvario y de El Sagrario, en Catedral; Vicario General de la Diócesis de León, miembro del Consejo de Consultores, del Consejo Presbiteral y del Consejo Económico Diocesano, Director del Colegio Tridentino San Ramón durante veinte años.

Hombre docto, erudito, amante de la lectura, que escribió varios libros de religión; músico, director de coro, solfeaba desde los diez años; hablaba latín, francés, inglés y su lengua natural; a veces era mal hablado y tenía aires de europeo. Hubiera sido Obispo si no es por su origen de hijo natural, según dicen algunos. Se jactaba con honradez de haber confesado a Somoza en sus mejores tiempos. Por sus dotes, le llamaban El padre de la disciplina, El hombre de la cultura y de la ciencia.

En sus clases de Literatura y de Religión fue muy estricto, pues sus cátedras en las materias relacionadas eran eruditas conferencias con pleno dominio y conocimientos. Los que lo trataron de cerca cuentan que leía todo papel que hallaba en la calle y hasta enseñaba cómo debían comerse un banano maduro, usando correctamente los utensilios. Hacerlo de otro modo, decía, era parecerse a los monos devorando la sabrosa fruta.

Monseñor Isaac Marcelino Areas Poveda, como realmente se llamaba, era hijo del señor Juan Ramón Poveda García y de la señora Leonarda Areas Alvarado, del municipio de Telica, donde vivían sus hermanas, Concepción, Santos, Matilde y Estela Areas Poveda. El padre Areas entregó su vida al Creador, allí en los corredores del colegio donde vivió sus últimos 23 años, un 4 de diciembre de 1994.

Días antes de su fallecimiento, un grupo de jóvenes sacerdotes lo visitó en su lecho de enfermo en el Colegio Tridentino San Ramón, en la ciudad de León. Después de los saludos de rigor, los abrazos y comentarios sobre su célebre personalidad y ya casi para retirarse el grupo de su habitación, uno de los avezados y jóvenes sacerdotes, le dijo:
- ¡Padre Areas, no queremos retirarnos sin que usted nos dé sus consejos y algo de su sabiduría!
El padre Marcelino Areas Poveda levantó la cabeza y con cierto ímpetu, le respondió:
-¿Cómo que les dé? ¡Ahí están los libros! ¡Vayan a leerlos!
El grupo de jóvenes salió del recinto, sin saber, tal vez, cuánta sabiduría expresó el sacerdote en aquellas palabras de amor hacia los libros.